
José Reyes Doria | @jos_redo
En el terreno político, la presidenta Claudia Sheinbaum cierra su primer año de gobierno de forma exitosa. En octubre de 2024 el escenario político estaba cargado de indicios que podían reducir el margen de maniobra política de la Presidenta, debido a presuntas intenciones del ex presidente de influir en las decisiones del nuevo gobierno. recordemos que, AMLO propuso a casi la mitad de los integrantes del gabinete de Sheinbaum.
La herencia de tantos personajes políticos de un gobierno a otro, y en posiciones estratégicas, es inusual en la historia política mexicana, excepto en el Maximato. Pero en 2024, repitió casi la mitad del gabinete anterior, y en posiciones determinantes como Gobernación, Hacienda, Bienestar o Relaciones Exteriores.
Además, AMLO impulsó sus reformas constitucionales de gran calado, que incluyó cambios telúricos como la reforma judicial. Estas reformas, implementadas en los primeros meses del gobierno de Sheinbaum, redujeron significativamente capacidad inmediata para construir alianzas propias e imponer un toque personal a su administración. López Obrador también promovió a personajes suyos a las coordinaciones parlamentarias en el Congreso, y en el poderoso partido gobernante, Morena, colocó en la cartera de organización a su hijo.
En el círculo cercano a la Presidenta, y en general en la clase política gobernante, siempre se ha manejado la idea de que todo eso no implicaba la pretensión del ex presidente de influir fuertemente en las decisiones fundamentales del gobierno de Claudia Sheinbaum. Que la continuidad de tantos miembros del gabinete y las reformas obedecían a que, tanto López Obrador como Sheinbaum, comulgaban con el mismo proyecto y la misma ideología.
Sin embargo, en el periodo del PRI-Gobierno, a pesar de que también comulgaban doctrinariamente no ocurrió algo parecido. En el caso del PAN, en la transición de Vicente Fox a Felipe Calderón, tampoco se dio esa continuidad masiva en el gabinete, a pesar de que en la derecha comulgan con más fuerza con las ideologías conservadoras. Que repitieran tantos cercanos al expresidente, se interpretó como: o que AMLO dudaba de la lealtad del nuevo gobierno, o que no confiaba en la capacidad de otros personajes ajenos a su círculo.
En todo caso, en octubre de 2024 predominó la percepción de que, López Obrador contaba con alfiles suficientes para determinar los movimientos estratégicos de la nueva administración.
Sin embargo, como se dijo al inicio de esta columna, la Presidenta se ha ido sacudiendo, cada vez con más energía, esas influencias, y sin necesidad de destituir o cambiar a ningún Secretario de Estado o algún coordinador parlamentario (el relevo en Hacienda estaba pactado y programado).
En mi opinión, lo que ha ocurrido en este primer año de gobierno de Sheinbaum, es un fenómeno políticamente natural: en la disputa de poder en la transición de un gobierno a otro, la balanza tiende a inclinarse en favor de quien lo detenta constitucional y legítimamente. La Presidenta ganó arrolladoramente la elección presidencial de 2024, con un caudal de votos muy superior a los obtenidos por AMLO en 2018. Ese triunfo aplastante le otorga a Claudia Sheinbaum un capital político de grandes dimensiones, pues además de robustecer la legitimidad democrática de la investidura, la hace dueña de un poderoso mandato popular.
Era cuestión de tiempo para que la Presidenta fuera imponiendo su poder y su autoridad. Los Secretarios de Estado, los líderes parlamentarios, los gobernadores, tienen olfato y sentido político, y saben que la titular del Ejecutivo federal es la máxima autoridad institucional del país, que cuenta con todo el caudal de recursos constitucionales, materiales, presupuestales, fiscales, de inteligencia, de investigación y de fuerza. Si llegase a presentarse una eventual contradicción entre las instrucciones de la Presidenta y los intereses de un grupo político, por poderoso que sea éste, el sentido de responsabilidad y legalidad del gabinete lo orillaría a la lealtad constitucional.
El factor Donald Trump, con las agresiones y amenazas insolentes que lastiman la soberanía nacional y ponen en serio riesgo nuestra economía, requería una respuesta digna, seria y eficiente de la presidenta Claudia Sheinbaum. La Presidenta ha actuado de esa forma, lo cual le ha valido el reconocimiento dentro y fuera de México, y le dio margen para construir un liderazgo incuestionable. De forma inexorable, los factores reales de poder del país, independientemente de su filiación político-personal, han mostrado el siguiente comportamiento en estos meses: unos, han reafirmado su respaldo a la Presidenta; otros, han dejado atrás su ambivalencia para manifestarle su reconocimiento como máxima autoridad institucional y política del país.
Algunos de esos personajes que, por la razón que sea, se negaban a reconocer la supremacía de la investidura presidencial, han sido convencidos por una serie de demostraciones de los alcances del poder presidencial y por las consecuencias que podrían experimentar si mantenían una postura de desacato. Al respecto, se pueden mencionar como ejemplo los casos de la filtración de imágenes y evidencias de conductas de despilfarro, insensibilidad o insolencia de connotados personajes que, casualmente, son identificados como cercanos a López Obrador. Al constatar que, en los intentos de revirar, se toparon con la apabullante popularidad, y el creciente poder y prestigio de Claudia Sheinbaum, esos personajes, dentro y fuera del bloque gobernante, optaron prudentemente por reconocer el mandato de la Presidenta.
Desde luego, al día de hoy algunos grupos y personajes políticos persisten en francas actitudes de no reconocimiento de la autoridad de la Presidenta, pero van perdiendo apoyos y, por acción o inducción del aparato de gobierno, se hunden cada vez más en situaciones indefendibles.
Otro factor que explica el éxito político del primer año de Claudia Sheinbaum, es el golpe de timón en la estrategia de combate a la delincuencia organizada y en la política de combate a la corrupción. Ambos temas van de la mano, pues uno no existe sin el otro. Es verdad que en gran medida estas acciones son motivadas por presiones de Estados Unidos, pero lo cierto es que el gobierno actual lo ha hecho con contundencia.
El caso más emblemático es el del huachicol fiscal, pues ha implicado la detención de servidores públicos de altísimo nivel como vicealmirantes de la Marina, directores de aduanas, y otros funcionarios que ramifican las sospechas hasta niveles más altos como Secretarios de Estado del anterior gobierno, e incluso del actual.
O la captura de Hernán Bermúdez, jefe del grupo delictivo de La Barredora en Tabasco cuando el actual coordinador de los senadores de Morena era gobernador de ese estado. Este caso, junto con el caso del huachicol fiscal y en general la estrategia de combate a los carteles del narcotráfico, constituye una demostración de que el gobierno de Sheinbaum ha decidido actuar contra la corrupción, las complicidades y los excesos del crimen organizado. Sin inhibirse ante la posibilidad de que ello contraste con la actuación del gobierno de AMLO, sin detenerse a considerar si ello daña a la 4T, y sin frenarse ante la posibilidad de que altísimos funcionarios cercanos al ex presidente salgan implicados.
El gobierno de Sheinbaum, gracias a la paulatina recuperación del espacio político institucional que solo es y debe ser del poder constitucionalmente legítimo de la Presidencia de la República, ha podido ir imprimiendo su sello en áreas cruciales de su gestión. Por ejemplo, en la implementación de una auténtica política industrial y de crecimiento económico, inexistente en gobiernos anteriores, a través de la estrategia de su Plan México. Pero también se pueden observar incipientes acciones propiamente “claudistas” en salud, educación, y otras áreas, que pueden ser eficientes o fallidas, pero ya son de la Presidenta.
En fin, este primer año de gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que escenificar aquella figura de que, los proyectos como la 4T tienen que cortar cabezas adversarias para instalares en el poder, pero para consolidarse deben cortar cabezas propias.
Más allá de valoraciones de moral política, que serían objeto de otra reflexión, puede calificarse como exitoso el proceso de acumulación de poder formal y real por parte de la Presidenta durante este su primer año. Sus adversarios dentro del bloque gobernante, no es que los vaya a aplastar o aniquilar, sencillamente se trata de que, sin renunciar a sus bases de poder y sus intereses, reconozcan incondicionalmente su autoridad y acepten la supremacía de la Presidencia en la conducción estratégica del país. Por poderosos que sean, por intocables que se sientan. Poco a poco, pero da la impresión de que Claudia lo va logrando.
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