@jos_redo
—¡Así que eres rey! —le dijo Pilato.
—Eres tú quien dice que soy rey —respondió Jesús—. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz.
—¿Y qué es la verdad? —preguntó Pilato.
Dicho esto, salió otra vez a ver a los judíos.
—Yo no encuentro que éste sea culpable de nada —declaró.
En este célebre pasaje del Evangelio según San Juan, la pregunta de Pilato revela la diferencia sustancial entre política y religión, entre el poder y la Verdad. Nietzsche, dice que “la noble ironía de un romano como Pilato, ante el cual se ha hecho un cínico abuso de la palabra verdad, enriquece el Evangelio y la vitalidad humana”. Que Jesús y los jerarcas judíos disputaran hasta extremos de fanatismo por la posesión de la verdad divina, era entendible, pero tales pasiones no deben contaminar la política con ninguna verdad. Por eso Pilato declaró inocente a Jesús de cualquier delito.
¿Qué busca el presidente López Obrador con su “Quién es quién en las mentiras”? Ya declaró que no posee ni aspira a tener el monopolio de la verdad absoluta, sin embargo, también dijo que la verdad es revolucionaria, transformadora, como el movimiento que encabeza. Se desprende de esto que busca salvaguardar la verdad, denunciar las mentiras que la acosan. Pero, retomando a Pilato: ¿qué es la verdad?, o mejor aún: ¿para qué sirve la verdad en la política? Realmente, la verdad es poco útil.
De hecho, la mentira, en sus múltiples formas, es más consustancial a la política que la verdad. La verdad es elusiva. En el plano filosófico, la discusión sobre la verdad es infinita e inacabada. En el terreno religioso la verdad habita de forma más cómoda, pues no requiere ser demostrada, solo necesita, exige, ser defendida como verdad única, incuestionable y divina. Por eso Jesús valoraba en grado superlativo la verdad. Al separarse los ámbitos del Estado y la religión, en la era moderna, la verdad dejó de ser funcional a la política, o al menos dejó de tener el peso que tuvo durante la Edad Media.
En apariencia, en el Quién es quién de AMLO se intenta desmentir a medios y periodistas, es decir defender la verdad. Sin embargo, los desmentidos con datos y argumentos por parte del gobierno han sido muy pocos; más aún: en la segunda edición de este ejercicio ya no solo se intentó desmentir información presuntamente errónea, también se echó mano de interpretaciones para suponer o adivinar las intenciones de los periodistas. Por eso, la tentación de la verdad es poco funcional a la política, porque necesariamente el celo guardián se expande hasta la condena de todo lo que no encaja con la verdad del juzgador, y eso es incompatible con el ejercicio del poder que requiere, frecuentemente y de todos los actores, maquillar realidades para mantener cohesionada a la comunidad.
En una cruzada por la verdad, llega un momento en que ya no importan los números, los datos o los argumentos; incluso, en cierto punto ya no importan ni las intenciones de los mentirosos. Una escalada de esta naturaleza lleva que, en el extremo, lo único que importa es salvaguardar la verdad, o, mejor dicho, la verdad del juzgador. Y, ante los crecientes cuestionamientos, se necesita proclamar la infalibilidad del juzgador para fortalecer su verdad (mientras que en la política lo que el gobernante necesita es legitimidad; no ser infalible, sino legítimo, con eso basta al político). Defender la verdad desde cualquier poder, pero sobre todo desde el poder político, implica dos elementos indeseables: la exigencia de fe y la expectativa de castigo a los mentirosos y los infieles.
El Quién es quién en las mentiras no convence a los periodistas que simpatizan con López Obrador, al menos no a todos, como lo han expresado Jorge Zepeda Patterson o Hernán Gómez, entre otros. Por razones no religiosas sino políticas: los medios son la expresión de intereses específicos, todos, en menor o mayor grado, tienden a manipular la información; son subjetivos, a veces militan, abierta o soterradamente, en contra o a favor de un Presidente, un partido o una ideología. Medios y periodistas difunden información y opinión, no buscan la verdad, no están obligados a ello; solo tienen un código de ética, casi siempre muy laxo. Descubrir ahora que los medios manipulan y apoyan o atacan a un régimen, es descubrir el hilo negro.
¿Está bien que los medios y los periodistas manipulen información o mientan? Desde luego que no. Pero el ejercicio de desmentirlos o rectificarlos es poco útil, muy desgastante y escasamente efectivo. Por ello, los gobiernos solo desmienten oficialmente cuando los medios difunden información imprecisa sobre asuntos delicados que afectan la estabilidad. Esto así, porque desmentir una información solo puede hacerse con datos o con argumentos y no siempre se tienen. Desmentir una opinión es improcedente. Sobre todo, en el ámbito político-ideológico, todo mundo sabe que los datos, las imprecisiones y las mentiras, por sí mismos, tienen una relevancia relativa; su significado depende del posicionamiento político de los actores.
Se le llama comunicación política a eso: a la generación de percepciones favorables a partir de datos y realidades más o menos precisas, más o menos cuantificables. Incluso, las verdades a medias y hasta las mentiras son también insumos que alimentan la comunicación política de un gobierno y de sus opositores. Más que el ejercicio del poder y sus resultados, la comunicación política se ocupa de la imagen del poder, de sembrar en el imaginario social la imagen de un poder o de un gobernante exitoso.
Dice Jonathan Swift, en `El arte de la mentira política´, que ésta consiste en “hacer creer al pueblo falsedades saludables con vistas a un buen fin. Hay tres tipos de mentira política: La mentira calumniosa que disminuye los méritos de un hombre público, la mentira por aumento que los infla y la mentira por traslación que los traslada de un personaje a otro. En todos estos casos debe imperar una irrenunciable regla de oro: la verosimilitud” Todos los políticos, sea en el poder, sea en la oposición, utilizan falsedades saludables; los medios y los periodistas a veces son el canal de esas falsedades, y a veces son autores directos de las mismas.
La clave de las falsedades mediáticas y políticas, entonces, es la verosimilitud. Si son verosímiles penetrarán de forma importante en la opinión pública, si no son verosímiles caerán por su propio peso. Pero la forma de combatirlas es a través de la comunicación política, de le generación de percepciones que favorezcan la imagen del gobernante o del actor político en cuestión. Intentar combatir las falsedades a partir de la expedición de certificados de verdad es incompatible con el ejercicio del poder público, es una práctica más propia de la religión que de la política y, en todo caso, deriva en inquisiciones.
Por lo demás, al presidente López Obrador no le hace falta exponerse al desgaste excesivo del Quién es quién en las mentiras, porque su comunicación política basada en las conferencias mañaneras y el mensaje de combate a la corrupción y preferencia por los pobres le ha dado muy buenos resultados, hasta ahora. Quien lo convenció de ese ejercicio, no le expuso el lado oscuro que, para un jefe de Estado, conlleva toda cruzada por la verdad.







