Por nosotras hablará el espíritu. Autora: Bibiana Saavedra Romero

Imagen ilustrativa.

Por: Bibiana Saavedra Romero.

El Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, declaró que el feminicidio, es decir, la privación de la vida a una mujer por razones de género (Cógico Penal Federal, 2014), aumentó en un 137% en tan sólo cinco años. Esta cifra, que de por sí es alarmante e interpelante, constituye la prueba más contundente del desbordado índice de violencia que, como práctica socialmente aceptada, cotidianamente se ejerce contra las mujeres en nuestro país. Este delito es la expresión más brutal del hegemónico sistema patriarcal que desprecia la vida de las mujeres y constituye el último eslabón de una larga cadena de violencias a la que ha sido y está siendo sometida más de la mitad de la población de este país, a saber: las mujeres, tanto niñas como adultas.

Es en este con-texto y pre-texto nacional en el que se inscribe el texto local de las protestas feministas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). No hay que equivocarse en su interpretación: la protesta crítica de las universitarias no es fin en sí misma sino un procedimiento, una forma de acción vinculada a un ejercicio de racionalidad no sólo estratégico-instrumental sino también ético-crítico que busca hacerle justicia a una legítima demanda, a saber: la denuncia de y el castigo a los agresores que, como estudiantes, docentes, directivos, administrativos y trabajadores, cotidianamente las violentan sexualmente en el mundo de la vida universitaria, es decir en cualquiera de sus espacios.

La protesta de las universitarias ha dejado en claro que la violenta atmósfera machista permea, en diferentes grados y niveles, todos los ámbitos universitarios. Ninguna persona que se diga universitaria puede, en ese sentido, presumir inocencia. Se es responsable por acción (agresor) o por omisión (indiferencia ante las agresiones), es decir, no sólo ejerce violencia el agresor, sino también la comunidad que se lo tolera y permite.

Quizá uno de los casos más extremos de esa complicidad y encubrimiento colectivo machista sea el de Lesvy Berlin Osorio, en el cual se optó por revictimizar y negar hasta el absurdo las circunstancias, se responsabilizó a la víctima, se le expuso públicamente para invisibilizar la aberración que el crimen representaba, todo en conjunción con la indolencia de las autoridades y los cuerpos de seguridad de la universidad y, por supuesto, con la connivencia de la inmensa mayoría de la comunidad universitaria. Se aceitaban así una vez más los engranes del sistema patriarcal que mandata a las mujeres: la cosificación, la despersonalización y la mansedumbre.

La UNAM, según el QS World University Rankings 2020, ocupa el segundo lugar entre las mejores universidades de América Latina, se le considera el espacio propicio para la construcción de conocimientos, donde se pueden generar las rutas más adecuadas en términos sociales, económicos, políticos, científicos e incluso culturales para el desarrollo nacional, es el espacio por antonomasia del debate de ideas y de los problemas públicos. Es decir, continúa siendo un referente en el que se espera encontrar los catalizadores para construir un mejor país, lo que implica construir un país que no tolere la violencia machista.

Las mujeres en la Nacional Autónoma de México representan el 51.1% de sus estudiantes y el 44.6% de su plantilla docente (http://www.estadistica.unam.mx) por ello es un imperativo categórico el que las autoridades atiendan las demandas legítimas de las universitarias, que se sancione a los agresores, que se les expulse de las aulas universitarias a quienes sean estudiantes y se separe de sus cargos a quienes sean trabajadores o funcionarios, el mensaje debe ser que ningún agresor tiene un espacio en la máxima casa de estudios de nuestro país.

Debe de dejar de someterse a las universitarias a la revictimización y evitar a toda costa que abandonen sus estudios o trabajos para evitar convivir con los agresores, quienes continúan en sus espacios sin que exista ninguna señal social que les muestre que sus actos son inadmisibles y no serán más tolerados.

El movimiento feminista universitario logró posicionar el tema. La comunidad universitaria ha sido interpelada y dicha interpelación exige una respuesta ético-política crítica que esté a la altura de las preocupantes circunstancias actuales que vive la UNAM.

Pero ese grito de justicia a favor de las mujeres y en contra de la violencia sexual va más allá del centro educativo universitario, pues su eco resuena en todo el país y es un deber del movimiento progresista respaldar a las universitarias, es el tiempo propicio pues las violentas oligarquías se vieron rebasadas en las urnas, la promesa del cambio verdadero atraviesa por erradicar cualquier forma de violencia contra las mujeres dentro de la Universidad y transitar hacia la construcción de espacios para el libre desarrollo de todas las universitarias, incluidas además de las estudiantes las profesoras y las trabajadoras.

Es momento de un diálogo honesto, en el que el problema de la violencia contra las mujeres se debata y discuta, se escuche a las personas afectadas por este lastre, se diseñen estrategias que de ningún modo obliguen a las víctimas a conciliar con su agresor, violando todas las normas internacionales en la materia, y por lo tanto, en las que la voz de las víctimas tenga un valor preponderante. La Universidad Nacional Autónoma de México y toda su comunidad deben disponerse a atender el grito de ¡YA BASTA! Es necesario escuchar, atender y dar cursos de acción para evitar que los espacios universitarios continúen albergando machismo y misoginia, porque por NOSOTRAS hablará el espíritu.

*Con aportes invaluables del Dr. Juan Manuel Contreras Colín.

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