Política, fútbol y eliminación ¿estábamos mejor cuando estábamos peor? Autor: José Reyes Doria

Un aficionado de México ondea una bandera después del partido correspondiente al Grupo C entre Arabia Saudí y México en la Copa Mundial de la FIFA 2022, en el Estadio Lusail, en Lusail, Qatar, el 30 de noviembre de 2022. (Xinhua/Meng Dingbo).

José Reyes Doria.

Sabemos perfectamente que la Selección Nacional nunca nos va a llevar a la gloria de ganar una Copa del Mundo, pero cada cuatro años se renueva la esperanza de protagonizar alguna gesta heroica. El momento futbolístico y el ambiente político nacional, determinan el nivel de la esperanza ante cada Mundial. En los últimos siete Mundiales, de 1994 a 2018, nos acostumbramos a la alegría de pasar la fase de grupos y disputar el cuarto partido de octavos de final. Gran prodigio del Tri, pues solo Brasil ha podido logar lo mismo. Ni Alemania, ni Francia, ni Argentina, ni España mantuvieron esa regularidad. Solo México y Brasil. Claro, los amazónicos en ese período ganaron dos Copas del Mundo, llegaron a varias finales y semifinales, mientras que nosotros nos estancamos en octavos de final, lo que ocasionó que la alegría de superar la fase de grupos se convirtiera en una insatisfacción recurrente por no poder alcanzar cuando menos el quinto partido, es decir, llegar a cuartos de final.

Hoy, ante la eliminación en fase de grupos en Qatar, por primera vez desde el infierno que fue el Mundial de Argentina 78, nos damos cuenta de que esa insatisfacción era perversa, pues se alimentaba, en gran parte, de un hambre de gloria que nos impedía valorar y disfrutar humildemente la proeza de avanzar a octavos en siete Mundiales seguidos. Desde Estados Unidos 1994, Mundial tras Mundial, dábamos rienda suelta a nuestra frustración y arremetíamos de forma inmisericorde contra el entrenador y los jugadores por quedar eliminados en la misma fase de octavos. Sin ponderar que en esa fase nos aniquilaron potencias como Brasil, Alemania o Argentina, crucificábamos al entrenador en turno por no atreverse a un planteamiento agresivo y ganador. Apenas después de que nos eliminara Brasil en Rusia 2918, linchamos al entrenador colombiano Juan Carlos Osorio.

La eliminación en fase de grupos en Qatar 2022, abre la puerta a aquella mordaz sentencia de que “estábamos mejor cuando estábamos peor”. Las repetidas eliminaciones en octavos de final desde 1994, ante Bulgaria, Alemania, Estados Unidos, Argentina, Argentina otra vez, Holanda y Brasil, cambiaron el júbilo de superar la fase de grupos por la depresión de no avanzar más. Dicen que el sexo y la salud son como el aire: solo cuando hacen falta valoramos esos bienes indispensables. Hoy, quisiéramos recuperar la menospreciada alegría de clasificar a octavos de final. Ante la infamia del dizque entrenador Tata Martino, autor intelectual de la catástrofe 2022, le decimos a Osorio, repudiado en 2018: “perdónanos maestro, ojalá estuvieras aquí”.

El presidente López Obrador, en un genuino intento de reanimar a la Nación Futbolera, incurrió en un desliz imperdonable: recomendó, ante la tristeza por la eliminación mundialista, refugiarse en el oasis balsámico que, según él, constituye su segundo lugar entre los presidentes más populares del mundo. Si se dan cuanta, piensa el Presidente, deben sentir más júbilo de que yo sea el segundo mandatario más popular del planeta, que por calificar a octavos de final en un deporte que ni siquiera tiene pitcher, bases ni jonrones. Desde luego, el ánimo nacional no se excita, ni remotamente, con el subcampeonato de López Obrador en el Mundial de popularidades presidenciales. Del fútbol en el Mundial esperamos con pasión incontrolable lo que sabemos que es imposible, mientras que de la política esperamos siempre cosas malas, resignados a que desde el poder se materialice lo peor.

El Mundial ocurre en un interesante momento en que el presidente AMLO y sus adversarios libran su propia guerra de marchas y propaganda exacerbada. Con el INE como símbolo de la confrontación ideológica, claramente estamos entrando a la fase de octavos y cuartos de final en la batalla por el poder de 2024, misma que determinará el rumbo de la actual disputa por la Nación. Dos proyectos fuertemente confrontados desde 2018, entran en una fase de eliminación directa, donde ninguno de los dos bandos contempla la posibilidad del empate y muestran determinación de llegar hasta los penaltis si es necesario, con tal de aniquilar al enemigo.

Ambos bandos, obradoristas y opositores, recurren a la máxima de que estábamos mejor cuando estábamos peor. La oposición es una amalgama de proyectos, emociones, partidos, grupos de interés y millones de ciudadanos genuinamente descontentos con la llamada Cuarta Transformación. Ante la tendencia centralizadora, la militarización de la seguridad pública, la concentración de recursos en mega obras que quién sabe si funcionen algún día, el desdén hacia grupos sociales como las feministas o los ambientalistas, las pretensiones hegemónicas del obradorato, la oposición afirma que, aunque parezca increíble, estábamos mejor con Enrique Peña Nieto, a pesar de los excesos de corrupción, impunidad, negligencia e ineptitud de su sexenio: estábamos mejor cuando estábamos peor, dice la variopinta oposición ante el proyecto de dominación transexenal de AMLO.

Por su parte, AMLO descalifica absolutamente a esa oposición, los coloca en una misma canasta y los asocia con Santa Anna, Miramón y Huerta, traidores a la patria y al pueblo. La máxima expresión contemporánea de la maldad conservadora encarnó en el neoliberalismo satánico que imperó en México entre 1982 y 2018. Antes de 1982, a pesar de que en los sexenios de Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo preponderaron la represión, el saqueo, la debacle económica, el endeudamiento faraónico y el autoritarismo impúdico, en la exégesis histórica de la llamada 4T se trató de un periodo sin culpa de traición al pueblo. Por eso, para AMLO, aquellos gobiernos, si bien fueron nefastos en muchos aspectos, pueden ser perdonados ante la maldad del periodo neoliberal posterior: estábamos mejor cuando estábamos peor, dicen los obradoristas para distinguir el diabólico neoliberalismo del menos diabólico diazordacismo-echeverrrismo-lopezportillismo.

Cuál de las dos visiones se impondrá en 2024, es una cuestión difícil de prever ante la insurgencia de la oposición social, empresarial, mediática, académica, intelectual, sindical, que está cobrando articulación y visibilidad a partir del tema del INE, y está planteando un interesante desafío a la naciente hegemonía de la llamada 4T que parecía caminar sin sobresaltos rumbo a su ratificación.

En todo caso, esperemos que termine el Mundial de Qatar 2022 para regresar a la farragosa realidad de la disputa descarnada por el poder. Ojalá esa disputa se pudiera resolver a través de un partido de fútbol. AMLO sería el estratega del conjunto de los puros, que contaría entre sus filas a Adán “el mayordomo” López, Claudia, Marcelo, Chucho, Layda, el General, el Almirante y demás jugadores. Por el lado de los impuros, Claudio x González sería el entrenador, alineando a Lilly, Xóchitl, Ricardo “el Ricky Rickyn Canallín” Anaya, Alito, Colosio, Beatriz, y compañía. El INE sería el árbitro indiscutible, que garantizaría la aplicación de las reglas, a pesar de la curiosa desconfianza del equipo de los puros, que han ganado últimamente muchos partidos cruciales por goliza con ese árbitro que tanto abominan.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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