Política feminista/ Votar para existir políticamente. Autora: Aleida Hernández Cervantes

En 1878 en la pequeña ciudad de Motul, cercana a Mérida, capital de Yucatán, nació una niña llamada Elvia Carrillo Puerto. Hacía de maestra rural, organizaba a las mujeres en grupos para discutir sobre la situación del país y, por supuesto de su condición de mujeres. Sabía el idioma maya y fue de las primeras en organizar congresos feministas en el país, por allá en el año de 1916 junto con otras compañeras de lucha, que fueron apoyadas en estas ideas por el gobernador en turno, el general Salvador Alvarado, hombre de ideas progresistas para su tiempo. De sus trece hermanos, tuvo uno en especial con el que compartió ideas y acciones políticas, Felipe Carrillo Puerto revolucionario y socialista, muy comprometido con causas sociales, quien llegó a ser gobernador de Yucatán por dos años hasta que fue asesinado. Elvia Carrillo Puerto, Rosa Torres, Herlinda Galindo, Julia Nava, Elena Torres, María del Refugio García, María Teresa Sánchez, Estela Carrasco, son algunas de las muchas mujeres que a lo largo del país fundaron clubes intelectuales, consejos nacionales de mujeres y feministas, dirigieron revistas y periódicos, ligas feministas y socialistas que tenían como propósito organizarse, discutir e impulsar transformaciones sociales para ellas y toda la población. En particular, los derechos al voto de las mujeres y su participación plena en la política, las estrategias para su emancipación a través de la alfabetización, el control de la natalidad e incluso, la opción del amor libre, es decir, la posibilidad de elegir libremente al esposo que se quisiera sin imposiciones familiares o legales, de ahí el impulso que le dieron a la ley del divorcio.

Pero hay que dejarlo claro, en el movimiento feminista nunca ha prevalecido sólo una visión de las cosas, de las mujeres y del mundo: por eso había siempre distintas posturas sobre los temas, desde las más radicales hasta las de visiones conservadoras. En ese momento de tanta efervescencia social y política que se vivía en México, después de la Revolución de 1910, las mujeres cada vez más politizadas y organizadas eran interlocutoras y aliadas de distintas posiciones políticas; las había magonistas, anarquistas, socialistas, carrancistas, antirreeleccionistas, lo que nos muestra que pensaban lo político y su tiempo, tanto como la condición de su género.

En los años veinte del siglo XX se logró el derecho al voto de la mujer en algunas entidades de la República como Yucatán (1920), Puebla (1920), San Luis Potosí (1924), Chiapas y Tabasco (1925). A nivel federal las mujeres organizadas trataron de convencer sobre este tema a varios presidentes de la República, entre ellos el general Lázaro Cárdenas. Él se mostraba ambivalente, por un lado reconocía que las mujeres debían participar plenamente en la vida política del país, como ya lo venían haciendo, sin embargo tenía temor –como muchos gobernantes siguieron alegando esto– de que las mujeres se dejaran influir por el clero y su voto se inclinara por la derecha. Su indecisión la llevó al punto de que autorizó la reforma al artículo 34 de la Constitución (los artículos 34 y 35 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se refieren a los derechos de ciudadanía), pero se quedó como un barco sin zarpar: jamás se publicó en el Diario Oficial esa reforma, por lo que esta reforma constitucional tuvo el veto más largo de su historia, quedándose detenida allí alrededor de 15 años.

Las mujeres no dejaron de insistir, de organizarse, de fundar organizaciones nacionales y locales, de convocar a encuentros para seguir discutiendo y pensando estrategias para incidir en las decisiones políticas fundamentales. Fue así que le plantearon al presidente Miguel Alemán que continuara lo que había dejado trunco el presidente Cárdenas. Alemán, conservador como era, sólo se animó a avanzar un poco, aceptó la reforma al artículo 115 constitucional referente a la organización de los municipios, otorgando el derecho a votar de las mujeres pero sólo en elecciones municipales. En las decisiones de los gobernantes mexicanos de seguir frenando el avance de los derechos políticos de las mujeres, se combinaban cálculo político electoral con mantenimiento del status quo de género. Pragmatismo político con conservadurismo moral. Pero eran como un portero que atranca la puerta con lo que puede, sabiendo que detrás están empujando miles. Será cuestión de minutos para que la puerta caiga. 

Cuando las grandes transformaciones están echadas a andar, ni gobernantes las pueden parar ya. No se podía retrasar más el derecho al voto para las mujeres en México, sin quedar mal hacia adentro y hacia fuera, habría costos políticos de un lado y de otro. Las presiones de otros países y de otras organizaciones internacionales no se hacían esperar; en Inglaterra, Estados Unidos, Argentina, Ecuador, Chile, Uruguay, entre otros países así como las entidades del país referidas, las mujeres ya gozaban de este derecho. Llegó el 17 octubre de 1953 cuando se publicó la reforma constitucional que el presidente Emilio Portes Gil había enviado al congreso. El 3 de julio de 1955 –hace 65 años– las mujeres ejercieron su derecho al voto en elecciones federales por primera vez en la historia de México. Votaron como si toda la vida: no derrocaron al Estado, no impusieron a un sacerdote de gobernante, ni el partido en el poder de ese momento, el PRI, se vio afectado. Pero eso sí, empezó un lento y nuevo camino del ejercicio de la ciudadanía por parte de las mujeres. No sólo estaban votando por primera vez, al mismo tiempo mostraban su existencia política plena. Habían entrado de lleno a la Constitución y al espacio público, nada más. Pero no menos.

@CerAleida

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