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Política feminista/ Por una política del cuidado: hacia un pacto social violeta II/III. Autora: Aleida Hernández Cervantes

Foto: Xinhua

La pandemia por el Covid-19 ha colocado contra las cuerdas a la humanidad. No es la primera vez en la historia que esto sucede. Múltiples sucesos naturales o provocados por la intervención humana como las dos guerras mundiales han puesto en jaque los principios con los que las sociedades humanas organizan su vida social y económica hasta ese momento. De esta puesta en jaque, en algunas ocasiones se ha logrado salir con una respuesta transformadora sustantiva. Pero no siempre. En el periodo de entreguerras Inglaterra le pidió a uno de sus especializados economistas William Beveridge que elaborara un diagnóstico sobre los seguros sociales y programas sociales que existían a la fecha en ese país con la finalidad de preparar a la nación cuando terminara la guerra. Habría devastación, huérfanos, familias destrozadas, desempleo, personas mutiladas y con necesidades de atención médica; habría en suma, mucho qué atender desde las políticas y los presupuestos públicos, y habría entonces que economizar y pensar integralmente la respuesta a esta debacle. Beveridge entregó el conocido informe que lleva su apellido y con él se sentaron las bases de la moderna idea de seguridad social. Integrar en una política social de amplio espectro a todos los seguros sociales fragmentados que existían así como a los programas de subvenciones desarticulados por aquí y por allá. Esa idea de seguridad social, de dar protección social desde la cuna hasta la tumba a toda personaa través del principio de solidaridad intergeneracional fue replicada en sus distintos formatos y alcances en muchos países del mundo. La respuesta a la devastación social que dejaron las dos guerras mundiales, fue una solidaridad articulada desde el Estado a través de las distintas vías de aportaciones tributarias que cada persona hace durante toda su vida a cambio de que éstas regresaran en forma de protección social: seguros a madres solteras, seguros a niños y niñas huérfanos, seguros por desempleo, seguros de atención médica, seguros por vejez y retiro, entre otros. Esta respuesta fue una especie de pacto social de posguerra y vio la luz en los años cuarenta del Siglo XX. Tal vez por la época en la que fue pensado, tuvo una visión androcéntrica y antropocéntrica, es decir, no atendió desigualdades de género ni tampoco pensó la relación entre el ser humano y la Naturaleza.

Por eso ahora me pregunto ¿cuál y cómo será la respuesta que nuestras sociedades serán capaces de articular ante la crisis en la que nos ha colocado la pandemia, e incluso las condiciones previas a la misma?

La respuesta no puede repetir los mismos patrones ni la misma visión de antaño. Tiene que mejorarla por mucho. Un pacto social violeta nos puede proporcionar otra forma de politicidad social, basada en una ética del cuidado, del deber de cuidar y ser cuidadas y cuidados. De cuidarnos como comunidad y de cuidar de la Naturaleza no desde la jerarquía y la soberbia humana, sino comprendiéndonos integrados ecosistémicamente.

Este pacto social es violeta porque es construido con las gafas violetas, es decir, desde un enfoque feminista y de género, que mira con agudeza las desigualdades sociales, especialmente las de género, porque éstas atraviesan todas las relaciones y estructuras sociales en las que vivimos y nos reproducimos. 

Retoma como principio el concepto de sostenibilidad de la vida. El concepto de sostenibilidad de la vida pone en el centro, por supuesto, el valor de la vida, de los seres humanos y de la Naturaleza; de la generación de condiciones para la reproducción social. Visibiliza el conflicto capital-trabajo, y consiste también en ubicar la reproducción ampliada de la vida como eje de los procesos económicos. Esto lo han estudiado a profundidad economistas feministas como Valeria Esquivel, Amaia Pérez Orozco, Alma Espino, Lucía Pérez Fragoso, Corina Rodríguez Enríquez, Soledad Salvador, Alison Vásconez entre muchas otras.

El pacto social violeta propone desplazar al mercado como eje de la organización social y de la vida en común, fortaleciendo una economía orientada más a considerar la vida de manera sostenible en el tiempo: por ejemplo, a través de las economías más cooperativas, solidarias y campesinas.

Pone a la comunidad en el centro del pacto político y de la regulación jurídica, retomando también la rectoría del Estado en la economía, fortaleciendo lo público y lo común. Tendríamos que desandar el camino de reformas estructurales que privatizaron lo público, los servicios y los bienes; que desregularon al mercado, permitiendo y legalizando el despojo de territorios, bienes comunes como los recursos naturales al mismo tiempo que se despojaron de derechos a muchas personas y poblaciones como los pueblos indígenas.

El eje de este pacto social Violeta es la comunidad, lo cual plantea la importancia de establecer relaciones vinculares; que fortalezcan las prácticas sociales en las que la sanidad del tejido social depende de la calidad de los vínculos que tenemos unas y otros. ¿En qué medida y cómo me vinculo con los otros y las otras? Es una pregunta cuya respuesta nos llevará al tipo de comunidad que deseamos.

Retoma una economía con enfoque de interdependencia, es decir, aquella que considera a los sujetos de la economía no como individuos aislados y egoístas, sino como sujetos interdependientes que se miran desde una vulnerabilidad compartida;

Visibiliza y le da valor social a los trabajos de cuidados y del hogar remunerados y no remunerados. Por ejemplo: la limpieza del hogar, la elaboración de alimentos, lavado de ropa, pero también todo aquello que tiene que ver con el seguimiento de las actividades escolares y algo que no se puede cuantificar que es la atención directa a otros seres humanos, que pasa, muchas veces, por relaciones afectivas. Los cuidados por ello, son todas ellas actividades y tareas necesarias para que los seres humanos podamos subsistir y realizar todas las demás actividades de tipo laboral, social, académica, económica, entre otras. Eso ha sido socialmente infravalorado. La pandemia evidencia y potencia la crisis de los cuidados. Según la Cepal, son las mujeres quienes de forma remunerada y no remunerada realizan la mayor cantidad de tareas de cuidado. En condiciones como las actuales por el Covid-19, donde alrededor de 37 países y territorios de la región han cerrado escuelas a nivel nacional según la Unesco, 113 millones de niños niñas y adolescentes se encuentran en sus casas, son las mujeres las que sostienen y atienden a estos millones de niños, pues si antes del Covid-19 en AL las mujeres destinaban al trabajo del hogar y de cuidados entre 22 y 42 horas semanales, imagínense ahora que están todo el día y todos los días en casa. En México se estima que mientras las mujeres y niñas, en promedio, realizan 48 horas de trabajo no remunerado a la semana, los hombres reportan 19. La diferencia es prácticamente de 29 horas. Otro dato: se estimó que el valor monetario de los cuidados de salud brindados en el hogar equivalía a 85.5% del valor de los servicios hospitalarios y que las mujeres aportaban con su trabajo 72.2% de ese valor monetario (Cepal, 2017). Tendríamos que desfeminizar los trabajos de cuidados. Propone diseñar institucionalmente el derecho de cuidar y ser cuidados incorporando de lleno a los hombres en estas tareas, incluso como medida de prevención de la violencia contra las mujeres.   

Retomando a la economista feminista Amaia Pérez Orozco: “Necesitamos desplazar el eje analítico desde los procesos de valorización de capital hacia los procesos de sostenibilidad de la vida, entendiendo la socioeconomía como un circuito integrado producción-reproducción, trabajo remunerado-trabajo no remunerado, mercado-Estado-hogares; valorando en qué medida genera condiciones para una vida que merezca ser vivida; y comprendiendo cómo las relaciones de poder se reconstruyen mediante su funcionamiento“.

Todo lo anterior tendría que hacerse de forma aparejada a la pacificación de la vida de las mujeres, transformando las condiciones de desigualdad estructural que viven. No habrá ningún pacto social posible si las mujeres y las niñas no tienen una vida libre de violencia. El paisaje de crueldad, como diría la antropóloga Rita Segato, en la que está inscrita la violencia contra las mujeres, se ha extendido a lo largo de varias décadas ya, en nuestro país y no solo en el nuestro, debe ser transformado profundamente a través de otro tipo de enfoques políticos que elaboren políticamente la afectividad y las emociones.

Y se podrán preguntar, cuál es el papel del derecho en la formulación del pacto social violeta. De eso hablaremos en la tercera y última entrega de esta propuesta.

Aleida Hernández Cervantes
@CerAleida
Investigadora del Centro de Investigaciones
Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades
de la UNAM y profesora de la División de Estudios de Posgrado
de la Facultad de Derecho

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