Desde hace varios años busco la respuesta a esa pregunta, de forma intermitente. Con frecuencia, también me hacen la misma pregunta con sus distintas variantes: ¿a qué se debe el aumento de los feminicidios en nuestro país? ¿por qué se recrudece la brutalidad con la que se cometen? A medida que más me adentro en el tema de la violencia contra las mujeres, me doy cuenta que las respuestas fáciles y simplificadas no ayudan. Es necesario pensarlas, estudiarlas, articularlas con el pasado remoto, con el pasado reciente y con el presente persistente. Me intentaré explicar.
Cuando el problema es estructural, hay que entender primero de qué está hecha la estructura. La violencia contra las mujeres es estructural, en tanto expresa una serie de elementos que estructuran a nuestra sociedad. Mencionaré algunos. Sociedades como la nuestra, están organizadas en clases sociales, género, raza, etnia, entre otros marcadores sociales. Y en cada uno de ellos opera la jerarquía. En el caso del género, que es un concepto o una categoría analítica, nos sirve para mirar y explicar críticamente las relaciones entre hombres y mujeres, las condiciones de opresión de unos sobre otras, las asimetrías de poder y el por qué históricamente las mujeres han vivido subordinadas a los designios de otros, en tanto “seres-para-los-otros” (Simone de Beauvoir); y en ello va el ejercicio del control de la vida de las mujeres por otros, por los hombres. En esa estructura del orden de género, todo lo femenino y asociado a las mujeres, ha sido socialmente considerado inferior frente a lo masculino y asociado a los hombres. La expresión de los sentimientos asociado a lo femenino y a las mujeres, se rechaza, es muestra de debilidad, de inferioridad del ser. La expresión de la fuerza, incluso física y bruta, asociada a lo masculino y a los hombres, se enaltece, es muestra de una superioridad del ser. Desde la más ínfima expresión de la cultura a la más alta o elaborada, se muestran este tipo de criterios en la jerarquía de valores sobre las mujeres y los hombres. En el cine, las novelas, los programas televisivos, las caricaturas, los libros, los ejemplos en los contenidos educativos, van mostrando que lo “superior” es lo masculino y que lo inferior es lo femenino. Con mayor frecuencia los referentes de personajes considerados ilustres y modelos a seguir, son hombres, no mujeres. No nos enseñan a admirar a las mujeres, no nos enseñan a darle autoridad a la voz de las mujeres. Por el contrario. Es así, como poco a poco, desde pequeñ@s nos socializan en el menosprecio a lo femenino y a las mujeres. Así se va configurando la misoginia (de la raíz griega miseo, que significa odiar y gyne, cuya traducción significa mujer) y que es el odio y el menosprecio a las mujeres y a todo lo asociado a lo femenino.
Con esto llevamos dos elementos estructurantes de nuestras sociedades: por un lado, el orden social de género que jerarquiza y subordina la vida de las mujeres a los hombres; y por el otro, la misoginia, odio y menosprecio a las mujeres y todo lo asociado a lo femenino. Esto es hablar del pasado remoto, reciente y el presente. Son una pequeña capa de toda la cebolla.
Vayamos ahora, a la estructura económica y social de los últimos tiempos, es decir, al pasado reciente y el presente persistente.
Desde hace varias décadas el país ha vivido una descomposición social provocada por múltiples factores: las políticas neoliberales que han profundizado la desigualdad, la pobreza y la precarización laboral. A finales de los años ochenta y principios de los noventa México siguió una política de intervenir para dejar de intervenir: retiro del estado en la protección social como seguir avanzando en la inclusión de más población en la cobertura de seguridad social, de la mejoría en los salarios y la privatización del sistema de salud y la desatención a la educación pública. Al mismo tiempo, se dejó avanzar a las organizaciones del narcotráfico y no solo. También se les apoyó, como hoy se demuestra con varios personajes de la alta política y milicia mexicana acusados de trabajar en conjunto y para ellas. En esa disputa por los territorios, en esas disputas entre mafias del narcotráfico y partes del gobierno mexicano asociado con ellas, se empezó a operar una enseñanza de la violencia extrema. Cuerpos desmembrados, encobijados, colgados en los puentes, embolsados, enterrados o calcinados, desaparecidos, torturados, empezaron a ser la regla por todo el país y empezó a tomar lugar con mayor fuerza y frecuencia a partir de la supuesta guerra contra el narcotráfico con Felipe Calderón a la cabeza del gobierno.
Pero un laboratorio de esa crueldad ya había mostrado sus fauces y fue a través de los cuerpos y vidas de las mujeres. Fue en los años noventa en Ciudad Juárez, Chihuahua, la ciudad fronteriza con EU, donde empezaron a “aparecer” en lugares baldíos, basurales o deshabitados cuerpos de mujeres, asesinadas y torturadas sexualmente. Sus cuerpos eran arrojados y expuestos desnudos o semidesnudos, mostrando su vulnerabilidad al máximo. Empezó a cobrar significado lo que Rocío Santistéban llama basurización de la vida, en este caso de la vida y cuerpo de las mujeres, como una cosa que se puede desechar y tirar como si fuese basura. También a partir de todo este fenómeno que causó un gran dolor a cientos de familias enteras, así como a una gran parte de la sociedad mexicana que da valor central a la vida de las mujeres, se tipificó en los códigos penales el feminicidio, que es el asesinato de una mujer por razones de género (varias de las cuales hablamos arriba). ¿Pero a qué se debía tal violencia contra las mujeres, que mostraba la crueldad contra ellas con una frecuencia nunca antes vista? Colectivos de madres, hermanas, amigas, familiares, periodistas, activistas, académicas y defensores de derechos humanos, se preguntaban e investigaban sin descanso, mientras la mayoría de las autoridades e instituciones producían y reproducían la impunidad. Diana Washington (Cosecha de mujeres) y Sergio González Rodríguez (Huesos en el desierto) fueron dos de los periodistas que pusieron incluso en riesgo su vida, en investigaciones sobre los feminicidios en Ciudad Juárez. En las explicaciones, se inscribió una que me ha resonado siempre, la de la antropóloga feminista Rita Segato quien plantea que este fenómeno –ahora un fenómeno que se ha extendido por todo el país y que no obedece a la disputa entre las fratrías (hermandad entre varones) mafiosas, es violencia expresiva. Es violencia expresiva a diferencia de la violencia instrumental (cuyo móvil es muy claro), en ésta la finalidad es la expresión del control absoluto de una voluntad sobre otra, se trata de expresar que se tiene en las manos la voluntad del otro. Y aquí se puede entender el acto del feminicidio, ese acto violento, como mensaje, “como una lengua capaz de funcionar eficazmente para los entendidos, los avisados, los que hablan, aun cuando no participen directamente en la acción enunciativa. Es por eso que, cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala, es muy difícil desinstalarlo, eliminarlo. La violencia constituida y cristalizada en forma de sistema de comunicación se transforma en un lenguaje estable y para a comportarse con el casi automatismo de cualquier idioma”[1].
Desde esta idea, el lenguaje de la violencia extrema contra las mujeres ya está instalado. De 10 a 11 feminicidios diarios ocurren contra las mujeres en nuestro país. Éstos ocurren en una gran ciudad o en un pequeño pueblo; en el entorno de una familia de clase alta o de una familia de clase trabajadora; contra una mujer universitaria o contra una mujer de la maquila, contra una niña o contra una adulta mayor; puede haber violencia sexual, golpes y agresiones brutales; su cuerpo puede haberse tirado en un baldío o enterrado en el patio de su propia casa; puede haberse cometido por un hombre cercano, pareja o ex pareja, o por alguien que va pasando; puede haberse exhibido su cuerpo desnudo o semidesnudo, puede haberse tirado en bolsas negras de plástico o haberse dejado en un hotel con el grifo de agua caliente cayendo sobre su cuerpo inerte. Puede haber mil maneras en las que un hombre aprende el lenguaje de la violencia extrema contra las mujeres: aprendiendo primero que la vida de las mujeres vale menos que la de un hombre, aprendiendo que está permitido socialmente que controle la vida de una o varias mujeres, aprendiendo que habrá otros hombres que lo protejan, que existen instituciones que solapen su actuar; y que, incluso en este momento, puede fácilmente decir en las redes al leer estas líneas, que las mujeres que fueron asesinadas por otros hombres, se lo merecían, que la brutalidad con la que las asesinaron fue su culpa. Si usted es de los que ya está pensando eso, es porque ya aprendió a hablar y pensar en el lenguaje de esa violencia contra las mujeres. El lenguaje ya está instalado.
Entonces, volviendo a la pregunta ¿por qué suceden esos feminicidios? ¿Por qué aumenta cada vez más la crueldad y el desprecio con el que se cometen los feminicidios? ¿Por qué aumenta cada día la violencia extrema contra las mujeres en nuestro país? Con un pequeño asomo a las estructuras, al orden de género (subordinación, misoginia), a la precariedad de la vida, la descomposición social y cruzamos el aumento de la violencia y las formas brutales del ejercicio de la violencia, me parece que podemos ir encontrando algunas respuestas. Una de ellas: el peor de los mundos posibles para las mujeres.
Pero algo tenemos qué hacer.
[1] Segato, Laura Rita, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, 1a. ed, Buenos Aires, Tinta Limón, 2013.




