Patrono de los amorosos. Autora: Pilar Torres Anguiano

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Jaime Sabines

“Inquietum est cor nostrum donec requiescat in te”
(inquieto hasta que mi corazón descanse en ti).
San Agustín

“Dicébamus hesterna die” (como decíamos ayer…), dijo a sus alumnos, el profesor que retomaba su cátedra. Así hacen los profesores al iniciar cada clase, no tiene nada de extraño. La diferencia es que esto lo dijo Fray Luis de León, monje agustino, en 1577 al regresar a su clase de Teología en la Universidad de Salamanca, luego de haber estado recluido durante cuatro años en la cárcel de la Inquisición. Como si el tiempo no hubiera pasado.

¿Será que podremos retomar nuestras actividades al regresar del encierro, “como si nada hubiera pasado”? Estar en casa trabajando tiene grandes ventajas, pero también es innegable que trabajamos más. Las prisas no paran. Siempre hay algo que hacer, un correo por enviar, llamadas por contestar, la cocina, el gas, la basura, las deudas, los problemas.

Todo eso es cierto, pero también es cierto que a los neuróticos les (nos) llama la tempestad, el desasosiego, como una especie de zona de confort. Tal vez son (somos) como esos que dice Jaime Sabines que son los que buscan, que son los que abandonan, los que cambian, los que olvidan…

Los griegos –obviamente– tienen una palabra para designar ese deseo de lo ausente, que es dolor, nostalgia, malestar en la mente y ansiedad que no puede colmarse. El término pothos se aplica tanto al amor como al duelo. También se aplicaría a esos los amorosos, que:

viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Los amorosos, parecen tener el corazón en llamas. Como el símbolo de la orden de San Agustín.

El corazón en llamas señala la constante vitalidad de la inquietud que no es nada más que la constante búsqueda por lo mejor, teniendo en vista el amor a Dios, y un reflejo de la inquietud es el ardiente empeño en la búsqueda de la Verdad, señalada en el libro abierto (Fray Felipe de la Cruz).

La inquietud de Agustín de Hipona es el constante deseo de lo mejor. Ese deseo siempre es nostalgia de un gran amor que nos aguarda y para el que las fuerzas no alcanzan. A los 19 años leyó el Hortensius de Cicerón, y decidió dedicarse al estudio de la filosofía. La obra Hortensius desapareció, pero a través del propio Agustín, sabemos que trata de la búsqueda de la felicidad, a la cual se llega a través del conocimiento.

En esa búsqueda, San Agustín pasa de una escuela filosófica a otra. Separa el mundo de Dios –eterno, perfecto e inmutable– del de los hombres, que es material, efímero y corruptible. En su búsqueda conoce también al maniqueísmo, según el cual el bien y el mal son principios de la realidad, presentes en todas las cosas y enfrentados constantemente, por lo cual, cada día es una batalla que debe librarse. En ocasiones vence el bien y en otras el mal.

Más adelante conoce al obispo Ambrosio, al neoplatonismo y a San Pablo. “Lo que sólo me deleitaba –dice– era el amar, buscar y abrazar con fuerza no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma, cualquiera que fuere”.

La inquietud es un modo de relación del filósofo con el mundo que conforma una estructura antropológica caracterizada por la intentio, que sólo puede verse satisfecha por el encuentro de Dios. Así era la fe para él. Un ejercicio que supera la razón, pero que, al mismo tiempo, no puede darse sin esta.

Su fe es incompleta, imperfecta, humana y a veces errática. Se anticipa a Descartes al sostener que la mente, mientras duda, es consciente de sí misma. Así, como la percepción del mundo exterior puede conducir al error, el camino hacia la certeza es un proceso de introspección, en el que el alma se encuentra con las verdades eternas y –tal vez– con el mismo Dios que, según descubrirá, se encuentra en lo más íntimo de cada persona.

Su filosofía puede entenderse como un método para que el pensamiento atienda y entienda las tensiones del corazón. En ese sentido, Agustín tiene mucho que decirles a las víctimas de inquietud, del desasosiego, del pothos de los griegos; y a los que a veces quisieran que el tiempo no pasara

Pues nada, que hoy es día de San Agustín, Obispo de Hipona, “Doctor de la Gracia”, “Padre de Occidente”, doctor de la iglesia, Gran monstruo de los cielos, filósofo imprescindible, patrono de los amorosos.

Pilar Torres Anguiano
Pilar Torres Anguiano

Filósofa, profesora y ensayista.

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