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De caudillos y líderes

Mariana Hernández Luna

No existe un consenso respecto a la definición del vocablo “caudillo”, hay quienes dicen que proviene de las voces latinas caput o capitellium que en ambos casos significa “cabeza”, “cabecilla”. Distintos estudiosos de las ciencias sociales coinciden en que el caudillismo surgió en América Latina durante las guerras de independencia en el siglo XIX y que originalmente provenía del ámbito militar, sin embargo, ahora se acepta trasladar el término al ámbito político.

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En nuestro país tenemos ejemplos de caudillos como Antonio López de Santa Anna, Porfirio Díaz, Álvaro Obregón, Pancho Villa y Emiliano Zapata, incluso Miguel Hidalgo o Vicente Guerrero, entre muchos otros.

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Por otra parte, existen en toda Latinoamérica numerosas muestras literarias de caudillos que devinieron en dictadores, así como de nuestra ambivalente fascinación por estas figuras como La sombra de un caudillo de Martín Luis Guzmán, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o El seductor de la patria de Enrique Serna.

Según la historiadora cubana Elizabeth López Mir, los caudillos ejercen liderazgo por sus condiciones personales y suelen surgir de una sociedad que no confía en sus instituciones, son temerarios y tienen habilidades organizativas, son capaces de tomar decisiones drásticas y, en suma, se ofertan como prototipos políticos y sociales.

Según López Mir “el clientelismo es el factor que los une en busca de seguidores y contribuyentes”, para esta misma autora, estas redes clientelares funcionarán como retransmisoras de las ideas del cacique o caudillo al que se mira como benefactor, pues se le percibe como defensor de los intereses colectivos y con ello se le legitima.

Dos consecuencias nefastas del caudillismo son el cacicazgo y la dictadura. Y en el caso de nuestro país tenemos suficientes muestras de ello tanto históricas como actuales.

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En el panorama político de las últimas décadas en México podemos observar que hay personajes de la política que ostentan algunos rasgos propios del caudillo o del cacique. En Coahuila tenemos, por ejemplo, al ex gobernador priísta Humberto Moreira en quien podemos observar rasgos propios del cacique. Es innegable el carisma, arrastre y popularidad que tenía entre las masas, tuvo la incuestionable capacidad de vincularse con sus seguidores a ritmo de cumbia y proclamar “El gobierno de la gente”.

El Profe Bailarín realizó un sinnúmero de intercambios de bienes y servicios, proporcionó bienes materiales como uniformes, despensas, insumos para la construcción y becas escolares a las masas; a sus allegados dio protección y acceso a recursos públicos. Incursionó en los más altos niveles de la política nacional, aunque luego vino la debacle cuando se conoció la megadeuda. Sin embargo, su fuerte influencia regional, paternalismo, favores y lealtades cultivados durante su mandato le permitieron heredar el gobierno estatal a su hermano Rubén y gozar, hasta el día de hoy, pese a señalamientos y escándalos nacionales e internacionales, de las escorias del poder. Actualmente es candidato a diputado por el principio de representación proporcional del Partido Joven de Coahuila.

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Un caudillo no es necesariamente un líder si se atiene uno de manera estricta a las definiciones de ambos conceptos. Existe mucha información respecto al concepto de líder que, por lo general, se asocia al ámbito empresarial, aunque es más amplio y puede ser controvertido, debatible.

En términos generales se define al líder como una persona capaz de ejercer influencia en las demás. Se entiende el liderazgo puro como generador de confianza y respeto. El líder debe ser neutral y para todos, es capaz de potenciar la participación interactiva y aprovechar el aporte de cada persona, motiva para el logro común, tiene sensibilidad para corregir errores, tiene el carácter de miembro y no exhibe superioridad. El líder consciente es capaz de retomar las aportaciones de cada persona pensando en el bien común, incluso si contradicen sus intereses individuales.

El caudillo y el cacique son modos personalistas, populistas, clientelares y verticales que no admiten la crítica. Los términos de caudillo y cacique polarizan las opiniones. Hay para quienes es sinónimo de liderazgo y un claro reflejo de la apropiación que se hace de las demandas populares, hay otros para quienes se asocia al pillaje, la impunidad, la represión y la megalomanía. El líder es un ejemplo a seguir, recurre al consenso; el caudillo o el cacique manda, ordena y cualquier cuestionamiento que se le haga se traduce en oposición.

Desde una óptica convencional en México sí tenemos políticos con rasgos caudillistas y caciquiles, el asunto, creo, es el de ser capaces de discernir, no podemos ya, en este siglo, volver a caer en los errores pasados. Tanto a nivel local, estatal y nacional tenemos personajes que encarnan el riesgo del caudillismo y el cacicazgo, se autoproclaman seres inmaculados capaces, por sí mismos, de rescatar al país del fango en el que se encuentra y salir impolutos.

Estos personajes tienen la habilidad de retomar las demandas sociales más apremiantes y enarbolar su discurso propagandístico con ellas, se asumen como baluartes de los desposeídos, pero no ofrecen alternativas viables de solución que resistan un análisis severo de especialistas en economía, política o seguridad. En el fondo sólo atienden a sus propios intereses o a los de un grupo muy reducido que les arropa y defiende sin que medie la menor pizca de crítica o autocrítica.

Nuestro país requiere medidas severas, tampoco podemos cegarnos y dejar de observar el riesgo que ciertos personajes representan a mediano y largo plazos.

Un asunto que debe mantenernos atentos y alertas es que los seguidores de los actuales caudillos y caciques rayan en una feligresía acrítica y fanatizada capaz de acometer contra el opositor a fuerza de violencia verbal y física, desconocen el sentido original de las palabras “discusión” o “disentimiento” como procesos de crecimiento y de responsabilidad civil y personal.

El pasado debe revisarse, pues las experiencias caudillistas y caciquiles no han conducido a un avance social sustancial, por el contrario, han significado un retroceso colectivo en beneficio de un reducido grupo oligárquico que aspira a continuar preservando concesiones y prebendas.

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De entre todo, tal vez lo más importante sea retomar que el surgimiento de caudillos y caciques nos deja en claro que no se ha podido consolidar un verdadero sistema democrático, ponen en evidencia la debilidad de las instituciones, exhiben la existencia de sólidas redes clientelares y, por último, exponen nuestra apatía y falta de organización como sociedad, los mexicanos seguimos creyendo que necesitamos que alguien venga a resolver nuestros problemas, le apostamos a que otro lo haga y no nos involucramos de manera activa y comprometida, no nos sentimos obligados a participar en el desarrollo y evolución de nuestro país.

Mariana Hernández Luna.

Margarita, la del disfraz de cordero

Mariana Hernández Luna

Los partidos políticos mexicanos siempre me han parecido franquicias oligárquicas que no representan la ilusoria “voluntad del pueblo”. Al interior de esos entes políticos se libran batallas titánicas para imponer como candidato a uno u otro sujeto para que el voto popular “legitime” lo que unos pocos han decidido. El Partido Acción Nacional (PAN) tiene entre sus aspirantes a la candidatura a la presidencia de México para 2018 a Margarita Zavala Gómez del Campo, esposa del ex presidente Felipe Calderón, que en junio de 2015 reveló en un video sus intenciones.

En aquel entonces su vestimenta cuasi litúrgica, ataviada en un traje sastre negro con una mascada morada anudada sobre el hombro izquierdo me resultó en una actitud que pasaba de sobria a casi penitente, como si fuese a realizar un exorcismo.

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Si bien su experiencia en los menesteres de la política es amplia como militante del PAN y también como diputada de representación proporcional en dos ocasiones, es decir, como asambleísta tiene exactamente la misma experiencia que tiene ahora Carmen Salinas, aunque doble. No me convence en lo más mínimo cuando de manera endeble dice ser ella la opción para representar un “liderazgo ético” o cuando titubea –e incluso cantinflea– al ser cuestionada por cualquier asunto que implique a su marido. La imagen que los medios de comunicación convencionales promueven de Margarita como una dama amable y caritativa no coincide con las múltiples denuncias de corrupción en las que se vincula a sus familiares directos como hermanos y primos. Entre los más sonados escándalos que no debemos de olvidar está el de su prima Marcia Matilde Gómez del Campo Tonella, una de las dueñas de la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora, en donde murieron 49 niños en 2009, y que fue exonerada.

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Debo decir que Margarita Zavala ni siquiera me cae mal, sencillamente su imagen me parece insípida y anodina, no dudo de su experiencia académica y docente; sin embargo, no la creo capaz ni capacitada para gobernar una nación como México, plural y diversa, en momentos tan complejos como los que vivimos. No coincido con su visión acerca del matrimonio, la familia, el aborto o la legalización de la mariguana, no me inspira confianza su cercanía ideológica con Provida ni su ferviente catolicismo; si bien ella puede afiliarse de manera personal a lo que más la satisfaga, a mí no me satisface que imponga sus valores y opiniones personales como válidos para la diversidad y pluralidad de mexicanos.

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Su insistencia en ser trending topic al intervenir en asuntos insulsos en las redes sociales para obtener popularidad es oportunista y lastimera. No encuentro en ninguno de sus discursos una propuesta viable que trascienda la sonrisa falsa bajo el disfraz de cordero. Si bien las encuestas la sitúan permanentemente entre el segundo y primer lugar de preferencia rumbo a 2018, creo que la experiencia con Donald Trump nos dice que no podemos fiarnos de ellas.

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En suma, la posible candidatura a la presidencia de México en 2018 de Margarita Zavala me parece, simple y llanamente, oportunista y retrógrada. Creo que lo más terrible de todo es que resulta imposible desvincularla de la sombra maquiavélica de su colérico marido que pareciera ser el maestro titiritero.