Margarita, la del disfraz de cordero

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Mariana Hernández Luna

Los partidos políticos mexicanos siempre me han parecido franquicias oligárquicas que no representan la ilusoria “voluntad del pueblo”. Al interior de esos entes políticos se libran batallas titánicas para imponer como candidato a uno u otro sujeto para que el voto popular “legitime” lo que unos pocos han decidido. El Partido Acción Nacional (PAN) tiene entre sus aspirantes a la candidatura a la presidencia de México para 2018 a Margarita Zavala Gómez del Campo, esposa del ex presidente Felipe Calderón, que en junio de 2015 reveló en un video sus intenciones.

En aquel entonces su vestimenta cuasi litúrgica, ataviada en un traje sastre negro con una mascada morada anudada sobre el hombro izquierdo me resultó en una actitud que pasaba de sobria a casi penitente, como si fuese a realizar un exorcismo.

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Si bien su experiencia en los menesteres de la política es amplia como militante del PAN y también como diputada de representación proporcional en dos ocasiones, es decir, como asambleísta tiene exactamente la misma experiencia que tiene ahora Carmen Salinas, aunque doble. No me convence en lo más mínimo cuando de manera endeble dice ser ella la opción para representar un “liderazgo ético” o cuando titubea –e incluso cantinflea– al ser cuestionada por cualquier asunto que implique a su marido. La imagen que los medios de comunicación convencionales promueven de Margarita como una dama amable y caritativa no coincide con las múltiples denuncias de corrupción en las que se vincula a sus familiares directos como hermanos y primos. Entre los más sonados escándalos que no debemos de olvidar está el de su prima Marcia Matilde Gómez del Campo Tonella, una de las dueñas de la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora, en donde murieron 49 niños en 2009, y que fue exonerada.

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Debo decir que Margarita Zavala ni siquiera me cae mal, sencillamente su imagen me parece insípida y anodina, no dudo de su experiencia académica y docente; sin embargo, no la creo capaz ni capacitada para gobernar una nación como México, plural y diversa, en momentos tan complejos como los que vivimos. No coincido con su visión acerca del matrimonio, la familia, el aborto o la legalización de la mariguana, no me inspira confianza su cercanía ideológica con Provida ni su ferviente catolicismo; si bien ella puede afiliarse de manera personal a lo que más la satisfaga, a mí no me satisface que imponga sus valores y opiniones personales como válidos para la diversidad y pluralidad de mexicanos.

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Su insistencia en ser trending topic al intervenir en asuntos insulsos en las redes sociales para obtener popularidad es oportunista y lastimera. No encuentro en ninguno de sus discursos una propuesta viable que trascienda la sonrisa falsa bajo el disfraz de cordero. Si bien las encuestas la sitúan permanentemente entre el segundo y primer lugar de preferencia rumbo a 2018, creo que la experiencia con Donald Trump nos dice que no podemos fiarnos de ellas.

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En suma, la posible candidatura a la presidencia de México en 2018 de Margarita Zavala me parece, simple y llanamente, oportunista y retrógrada. Creo que lo más terrible de todo es que resulta imposible desvincularla de la sombra maquiavélica de su colérico marido que pareciera ser el maestro titiritero.

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