¿Por qué SEDENA y SEMAR crítican a AMLO?
En vísperas del intento senatorial de aprobación de la Ley de Seguridad Interior, el general Cienfuegos y el almirante Soberón hacen crítica política respecto a un dirigente partidista y virtual candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, en una delicada incursión en terrenos hasta ahora reservados a los civiles.
La herida es mortal
La herida es mortal
Mariana Hernández Luna
México está herido desde hace mucho tiempo y nadie queremos aceptar que la herida es mortal. Es una herida que desangra cotidianamente a nuestra sociedad y que ha sido propinada por la clase política, los empresarios, la delincuencia organizada y la propia sociedad civil. Los ciudadanos estamos pasmados por el miedo y por el horror. Como instinto de supervivencia el pasmo nos ha vuelto insensiblemente individualistas.
El pasado 15 de mayo el periodista sinaloense Javier Valdez, especialista y cronista del narcotráfico, poco después del mediodía y tras ser interceptado por dos encapuchados en las calles de la ciudad de Culiacán, fue puesto de rodillas y asesinado con 12 disparos.
La conmoción por el asesinato de Javier Valdez volvió a cimbrarnos. Por una parte, nos hizo reconocer la valentía y valor de los periodistas que narran y denuncian la realidad más terrible y dolorosa de nuestro país; por otra, volvió a sumirnos en el terror paralizante que nos recordó la fragilidad de nuestra condición de ciudadanos de a pie.

El horror volvió, pero también el enojo y la frustración. El catastrófico intento de Enrique Peña Nieto, presidente de la República, por honrar con un minuto de silencio a los periodistas y defensores de derechos humanos asesinados en México, provocó el reclamo airado de justicia de los camarógrafos y periodistas ahí presentes, así como el repudio colectivo con emoticones de enojo durante la transmisión en vivo por Facebook.
El sábado anterior siete periodistas habían sido atacados y despojados de su equipo de trabajo por un grupo de hombres armados en un retén en Guerrero. Luego, el jueves 18 de mayo, en una especie de crónica macabra, Salvador Adame Pardo, periodista y propietario del canal 4TV de Michoacán fue secuestrado. Todo esto ante una actitud pétrea y de manifiesta incapacidad de los diferentes niveles de gobierno para resolver o articular siquiera una vaga respuesta.
El mismo lunes en que Javier Valdez quedó tendido sobre el asfalto, se celebró el Día del Maestro. Hubo protestas por la fallida Reforma Educativa que sólo han evidenciado que mejorar la educación y erradicar la corrupción en ese sector no se combaten desde una oficina, ni con el aval de las cámaras legislativas o modificaciones constitucionales, la realidad se empecina en mostrar que los niveles son deficitarios. No hemos logrado construir un modelo educativo acorde a nuestra realidad multicultural, plural y diversa. Importar enfoques pedagógicos o aspirar, entre el rencor y la pretensión, a los modelos como el finlandés tampoco dan respuesta a la multitud de contextos en que los educadores trabajamos en este país.

Ninguno queremos asumir que somos una nación que día a día se desangra, que sin enfrentar un conflicto bélico interno o externo, tenemos niveles de violencia inadmisibles, impresionantes, solo por debajo de Siria.
Los sucesos de la semana pasada nos recordaron que México se desangra por la impunidad, la corrupción y el “sálvese quien pueda”. Seguimos esperando respuestas que solo obtienen falacias a sucesos emblemáticos sin considerar los de los miles de mexicanos que han sido olvidados en la ignominia de ser meros ciudadanos: ¿Dónde están los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa?, ¿qué sucedió en Tlatlaya?, ¿qué pasó hace casi 49 años con los desaparecidos en 1968 en Tlatelolco?
La clase política nos ha mancillado. Imposible negar que somos un estado fallido, para algunos especialistas somos un narcoestado con instituciones endebles y corrompidas en donde la procuración de justicia es nula y donde reina la impunidad. Somos una nación donde la brecha entre ricos y pobres se agiganta y la vapuleada clase media ha sido desmembrada poco a poco.
Los pobres, los indígenas, las mujeres, los niños y los jóvenes son violentados todos los días.

Somos una nación surgida de la sangre y la violencia que ha pervivido entre luchas ideológicas y de intereses de grupos o facciones desde hace siglos. Nuestra cercanía con Estados Unidos nos ha hecho blanco de innumerables intereses económicos y no hemos tenido la capacidad para aprovecharlo.
La violencia se ha normalizado. Las estadísticas y las encuestas, por muy maquilladas y tendenciosas que sean, no dejan de exhibir una realidad agraviante. La zozobra nos sigue sangrando. Somos testigos y cómplices ante la imposibilidad aparente de hacer nada. De manera ambivalente nos vanagloriamos de hechos tan insultantes como haber tenido al capo del narcotráfico más famoso y al hombre más rico del mundo.
Nos ofenden las miradas internacionales que escrutan nuestras llagas más profundas. Nos insulta el repudio de los extranjeros y ser objeto de escarnio mundial, caemos en un patriotismo infantil cuando nos consideran sinónimo de corrupción o de ilegalidad.
Me niego a recurrir a frases coloquiales y a lugares comunes para paliar el miedo y la ira. Me niego a suponer que estamos prontos a convertirnos en un cadáver. Nuestra nación se desangra, es indudable, día a día se desangra, pero me niego, al igual que miles de mexicanos a aceptar esta mansedumbre del “ni modo”, del “mientras no me toque a mí” o “¿pues qué se puede hacer?”. No quiero caminar con la cabeza gacha hacia el cadalso.
No somos un cadáver, todavía estamos vivos y como sociedad civil tenemos la obligación de empezar a resolver los problemas que nos aquejan. Las soluciones no serán mágicas ni repentinas, tampoco sencillas, pero debemos, ya, empezar a procurar una organización civil real que nos conduzca a solucionar problemas específicos que durante siglos nos han ido lapidando poco a poco.

Comencemos por exigir a legisladores y funcionarios el cumplimiento de sus deberes y promesas por medio de llamadas telefónicas o de correspondencia. Recordémosle que son mandatarios, es decir, han establecido un contrato de mandato con los ciudadanos que somos los mandantes para que nos representen. Vayamos confrontando nuestros propios vicios como sociedad y dejemos de pedir que nos “apoyen” o que nos “consigan” algo a cambio, debemos deshacernos de intereses mezquinos particulares y de no condicionar el voto por dádivas personales o familiares. Tal vez solo así, y no de un día a otro, sea posible detener esta hemorragia que día a día nos está matando.
https://www.youtube.com/julioastillero
De caudillos y líderes
Mariana Hernández Luna
No existe un consenso respecto a la definición del vocablo “caudillo”, hay quienes dicen que proviene de las voces latinas caput o capitellium que en ambos casos significa “cabeza”, “cabecilla”. Distintos estudiosos de las ciencias sociales coinciden en que el caudillismo surgió en América Latina durante las guerras de independencia en el siglo XIX y que originalmente provenía del ámbito militar, sin embargo, ahora se acepta trasladar el término al ámbito político.

En nuestro país tenemos ejemplos de caudillos como Antonio López de Santa Anna, Porfirio Díaz, Álvaro Obregón, Pancho Villa y Emiliano Zapata, incluso Miguel Hidalgo o Vicente Guerrero, entre muchos otros.

Por otra parte, existen en toda Latinoamérica numerosas muestras literarias de caudillos que devinieron en dictadores, así como de nuestra ambivalente fascinación por estas figuras como La sombra de un caudillo de Martín Luis Guzmán, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o El seductor de la patria de Enrique Serna.
Según la historiadora cubana Elizabeth López Mir, los caudillos ejercen liderazgo por sus condiciones personales y suelen surgir de una sociedad que no confía en sus instituciones, son temerarios y tienen habilidades organizativas, son capaces de tomar decisiones drásticas y, en suma, se ofertan como prototipos políticos y sociales.
Según López Mir “el clientelismo es el factor que los une en busca de seguidores y contribuyentes”, para esta misma autora, estas redes clientelares funcionarán como retransmisoras de las ideas del cacique o caudillo al que se mira como benefactor, pues se le percibe como defensor de los intereses colectivos y con ello se le legitima.
Dos consecuencias nefastas del caudillismo son el cacicazgo y la dictadura. Y en el caso de nuestro país tenemos suficientes muestras de ello tanto históricas como actuales.

En el panorama político de las últimas décadas en México podemos observar que hay personajes de la política que ostentan algunos rasgos propios del caudillo o del cacique. En Coahuila tenemos, por ejemplo, al ex gobernador priísta Humberto Moreira en quien podemos observar rasgos propios del cacique. Es innegable el carisma, arrastre y popularidad que tenía entre las masas, tuvo la incuestionable capacidad de vincularse con sus seguidores a ritmo de cumbia y proclamar “El gobierno de la gente”.
El Profe Bailarín realizó un sinnúmero de intercambios de bienes y servicios, proporcionó bienes materiales como uniformes, despensas, insumos para la construcción y becas escolares a las masas; a sus allegados dio protección y acceso a recursos públicos. Incursionó en los más altos niveles de la política nacional, aunque luego vino la debacle cuando se conoció la megadeuda. Sin embargo, su fuerte influencia regional, paternalismo, favores y lealtades cultivados durante su mandato le permitieron heredar el gobierno estatal a su hermano Rubén y gozar, hasta el día de hoy, pese a señalamientos y escándalos nacionales e internacionales, de las escorias del poder. Actualmente es candidato a diputado por el principio de representación proporcional del Partido Joven de Coahuila.

Un caudillo no es necesariamente un líder si se atiene uno de manera estricta a las definiciones de ambos conceptos. Existe mucha información respecto al concepto de líder que, por lo general, se asocia al ámbito empresarial, aunque es más amplio y puede ser controvertido, debatible.
En términos generales se define al líder como una persona capaz de ejercer influencia en las demás. Se entiende el liderazgo puro como generador de confianza y respeto. El líder debe ser neutral y para todos, es capaz de potenciar la participación interactiva y aprovechar el aporte de cada persona, motiva para el logro común, tiene sensibilidad para corregir errores, tiene el carácter de miembro y no exhibe superioridad. El líder consciente es capaz de retomar las aportaciones de cada persona pensando en el bien común, incluso si contradicen sus intereses individuales.
El caudillo y el cacique son modos personalistas, populistas, clientelares y verticales que no admiten la crítica. Los términos de caudillo y cacique polarizan las opiniones. Hay para quienes es sinónimo de liderazgo y un claro reflejo de la apropiación que se hace de las demandas populares, hay otros para quienes se asocia al pillaje, la impunidad, la represión y la megalomanía. El líder es un ejemplo a seguir, recurre al consenso; el caudillo o el cacique manda, ordena y cualquier cuestionamiento que se le haga se traduce en oposición.
Desde una óptica convencional en México sí tenemos políticos con rasgos caudillistas y caciquiles, el asunto, creo, es el de ser capaces de discernir, no podemos ya, en este siglo, volver a caer en los errores pasados. Tanto a nivel local, estatal y nacional tenemos personajes que encarnan el riesgo del caudillismo y el cacicazgo, se autoproclaman seres inmaculados capaces, por sí mismos, de rescatar al país del fango en el que se encuentra y salir impolutos.
Estos personajes tienen la habilidad de retomar las demandas sociales más apremiantes y enarbolar su discurso propagandístico con ellas, se asumen como baluartes de los desposeídos, pero no ofrecen alternativas viables de solución que resistan un análisis severo de especialistas en economía, política o seguridad. En el fondo sólo atienden a sus propios intereses o a los de un grupo muy reducido que les arropa y defiende sin que medie la menor pizca de crítica o autocrítica.
Nuestro país requiere medidas severas, tampoco podemos cegarnos y dejar de observar el riesgo que ciertos personajes representan a mediano y largo plazos.
Un asunto que debe mantenernos atentos y alertas es que los seguidores de los actuales caudillos y caciques rayan en una feligresía acrítica y fanatizada capaz de acometer contra el opositor a fuerza de violencia verbal y física, desconocen el sentido original de las palabras “discusión” o “disentimiento” como procesos de crecimiento y de responsabilidad civil y personal.
El pasado debe revisarse, pues las experiencias caudillistas y caciquiles no han conducido a un avance social sustancial, por el contrario, han significado un retroceso colectivo en beneficio de un reducido grupo oligárquico que aspira a continuar preservando concesiones y prebendas.

De entre todo, tal vez lo más importante sea retomar que el surgimiento de caudillos y caciques nos deja en claro que no se ha podido consolidar un verdadero sistema democrático, ponen en evidencia la debilidad de las instituciones, exhiben la existencia de sólidas redes clientelares y, por último, exponen nuestra apatía y falta de organización como sociedad, los mexicanos seguimos creyendo que necesitamos que alguien venga a resolver nuestros problemas, le apostamos a que otro lo haga y no nos involucramos de manera activa y comprometida, no nos sentimos obligados a participar en el desarrollo y evolución de nuestro país.
Mariana Hernández Luna.
Margarita, la del disfraz de cordero
Mariana Hernández Luna
Los partidos políticos mexicanos siempre me han parecido franquicias oligárquicas que no representan la ilusoria “voluntad del pueblo”. Al interior de esos entes políticos se libran batallas titánicas para imponer como candidato a uno u otro sujeto para que el voto popular “legitime” lo que unos pocos han decidido. El Partido Acción Nacional (PAN) tiene entre sus aspirantes a la candidatura a la presidencia de México para 2018 a Margarita Zavala Gómez del Campo, esposa del ex presidente Felipe Calderón, que en junio de 2015 reveló en un video sus intenciones.
En aquel entonces su vestimenta cuasi litúrgica, ataviada en un traje sastre negro con una mascada morada anudada sobre el hombro izquierdo me resultó en una actitud que pasaba de sobria a casi penitente, como si fuese a realizar un exorcismo.

Si bien su experiencia en los menesteres de la política es amplia como militante del PAN y también como diputada de representación proporcional en dos ocasiones, es decir, como asambleísta tiene exactamente la misma experiencia que tiene ahora Carmen Salinas, aunque doble. No me convence en lo más mínimo cuando de manera endeble dice ser ella la opción para representar un “liderazgo ético” o cuando titubea –e incluso cantinflea– al ser cuestionada por cualquier asunto que implique a su marido. La imagen que los medios de comunicación convencionales promueven de Margarita como una dama amable y caritativa no coincide con las múltiples denuncias de corrupción en las que se vincula a sus familiares directos como hermanos y primos. Entre los más sonados escándalos que no debemos de olvidar está el de su prima Marcia Matilde Gómez del Campo Tonella, una de las dueñas de la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora, en donde murieron 49 niños en 2009, y que fue exonerada.

Debo decir que Margarita Zavala ni siquiera me cae mal, sencillamente su imagen me parece insípida y anodina, no dudo de su experiencia académica y docente; sin embargo, no la creo capaz ni capacitada para gobernar una nación como México, plural y diversa, en momentos tan complejos como los que vivimos. No coincido con su visión acerca del matrimonio, la familia, el aborto o la legalización de la mariguana, no me inspira confianza su cercanía ideológica con Provida ni su ferviente catolicismo; si bien ella puede afiliarse de manera personal a lo que más la satisfaga, a mí no me satisface que imponga sus valores y opiniones personales como válidos para la diversidad y pluralidad de mexicanos.

Su insistencia en ser trending topic al intervenir en asuntos insulsos en las redes sociales para obtener popularidad es oportunista y lastimera. No encuentro en ninguno de sus discursos una propuesta viable que trascienda la sonrisa falsa bajo el disfraz de cordero. Si bien las encuestas la sitúan permanentemente entre el segundo y primer lugar de preferencia rumbo a 2018, creo que la experiencia con Donald Trump nos dice que no podemos fiarnos de ellas.

En suma, la posible candidatura a la presidencia de México en 2018 de Margarita Zavala me parece, simple y llanamente, oportunista y retrógrada. Creo que lo más terrible de todo es que resulta imposible desvincularla de la sombra maquiavélica de su colérico marido que pareciera ser el maestro titiritero.







