Origen, destino y exclusión

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Rosario Castellanos
Rosario Castellanos

Pilar Torres Anguiano

Me dan pena las personas que van a votar por el candidato burgués, blanco y privilegiado, cuando no pasan de ser el Godínez que apenas sobrevive con su quincena y vive al límite con sus tarjetas de crédito. Algo así dice un tuit citado por el analista Enrique Galván en su artículo de La Jornada (1).  “No hay peor cosa que los wannabe sin conciencia de clase, descastados que se creen superiores a la prole…” respondía alguien al tuit mencionado (2).

Solo son tuits, no un tratado sociológico ni una declaración de principios, por más que en estos días en eso parezcan convertirse las publicaciones en redes sociales, pero me sirve de pretexto para darle vueltas a una idea persistente en nosotros los mexicanos y nuestro sistema de castas.

Origen es destino. Esta sentencia –entre ontológica y sociológica– parece ser válida en distintos casos, no importa si se es obrero, campesino, indígena, homosexual o mujer. Pensar en la inclusión es todo un reto en una realidad como la nuestra, llena de violencia simbólica que legitima distintos mecanismos de reproducción de jerarquías sociales.

Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres). Por ejemplo, en su Lección de cocina, dice: “La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla… ( )… Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí”.

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En relación a temas como la exclusión y la violencia simbólica, el filósofo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) tiene mucho que decirnos. Se trata de un intelectual para quien las costumbres y los fenómenos cotidianos son materia prima para la reflexión filosófica. Así, muestra su preocupación constante por cuestiones como la desigualdad del mundo contemporáneo.

En su búsqueda por un saber más aterrizado en el mundo real, abandona su proyecto doctoral en filosofía y opta por un estudio sociológico sobre las prácticas culturales de su tiempo. Apoya al movimiento de mayo del 68 y funda el Centro de Sociología de la Educación y la Cultura, en el que combina filosofía, sociología y antropología para abordar profundamente el tema de la exclusión social.

Una de sus obras fundamentales es Distinción, una crítica social del gusto. En ella, refiere que aquel añejo concepto marxista de lucha de clases, hoy se refiere a una lucha por estilos de vida. Bourdieu hace un interesante estudio de la exclusión social, que ya no parte de la dialéctica de burgueses y proletarios, sino del supuesto de que la lógica del sistema es perpetuar el sistema de privilegios que es mucho más complejo de lo que imaginamos y se lleva a cabo en un espacio social en el que existen distintos tipos de capital: el capital económico (dinero y propiedades), el capital social (prestigio o influencias) y capital cultural (conocimientos y estudios).

Lo anterior se lleva a cabo en distintos campos: la escuela en donde se estudie, los lugares que se frecuenten, los deportes que se practican, las personas con quienes se convive y hasta la música que se escucha o el grado de influencia logrado en las redes sociales. En un lugar como México, las combinaciones son múltiples y complejas.

En este tenor, todos los campos y formas de capital implican disputas entre los que tienen el poder y los que aspiran a tenerlo. Entonces, las jerarquías surgen de una compleja red de relaciones entre los distintos capitales y los campos en los que uno se desenvuelva… ejemplos sobran, pero lo verdaderamente grave se da cuando la exclusión se normaliza, de manera que los dominados aprenden a pensar desde categorías mentales heredadas de los dominantes. Ahí –dice Bourdieu– está el verdadero colonialismo.

Es decir, el colmo es cuando los privilegiados se las arreglan para transmitir a quienes no lo son el miedo por perder sus privilegios, logrando incluso que los hagan suyos… ¿les suena conocido?

Para Bourdieu, el papel del intelectual siempre es problemático: cuenta con un amplio capital cultural y –a veces– social, que le exige ser crítico y evidentemente, le impide estar al servicio del orden dominante. Pero, por otro lado, también considera que el intelectual no debe asumir el papel de los excluidos, sino apoyarlos con herramientas e ideas contra los distintos niveles de exclusión.

Constantemente se reproducen las desigualdades, algo que no debe dejar de denunciarse, cada quien en su trinchera, como Rosario Castellanos, para quien la denuncia de la discriminación de la mujer frente al hombre y de los indígenas frente a los blancos fue el hilo conductor de su obra. El problema no es solo que estas diferencias existan, o que se sigan reproduciendo, sino que se conciban como naturales e irreversibles: esto es lo verdaderamente grave.

El carácter, los usos y las creencias del mundo en que vivimos ejercen una influencia notoria en nuestra forma de pensar y valorar. Por lo mismo, las tradiciones y también los rasgos de carácter, que se heredan, acaban por perpetuar las distintas maneras excluyentes de entender el mundo. Hay que decirlo: las brechas existen y son muy amplias. Podrán ser impuestas, estáticas, incluso perennes, pero jamás naturales.

@vasconceliana

(1)  http://www.jornada.com.mx/2018/05/24/opinion/006o1eco
(2)  Agradezco a Óscar G. Chávez la idea original

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