Nos vemos en el ángel. Autora: Pilar Torres

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Ángel de la Independencia

Confieso que una parte de mi retorcida conciencia (la pequeña parte que no es tan futbolera como las demás) desearía que la FIFA cumpliera aquella amenaza de restarle tres puntos a la selección nacional en caso de reincidencia en el grito homofóbico. Tal vez solo así se entendería que gritar esa cosa del “eeeh… puto!”, no es gracioso, no es bienvenido y, sobre todo, ya no tiene sentido (si es que alguna vez lo tuvo). Todo juego tiene reglas y quien quiera participar en él debe seguirlas. Punto. Si es discutible, si es folklore mexicano, si la connotación no es ofensiva, pasó a segundo, tercero o cuarto término.

Es desmoralizante ver que el discurso machista, homofóbico y violento lo tenemos profundamente arraigado. Nadie sale ileso en las redes sociales, infestadas por el discurso de odio. Todos somos chairos, putas, vendidos, princesos, nacos o maricones. Nadie se escapa, pero lo que más duele es la ferocidad con la que mucha gente defiende su retórica violenta. Habría que ver qué hay detrás del discurso normalizado.

Dice Michel Foucault que el poder lo inunda todo, que todo discurso es un discurso de dominación pero que más allá de ese discurso de poder, de sus violencias y artificios, sería posible reencontrar las cosas mismas, tal como son, de la misma manera que debajo de los adoquines de la ciudad se encuentra la arena del mar. Pero ¿cómo ponerse por encima del discurso que todo lo abarca?

El filósofo de origen francés, Jacques Derrida, considera que la civilización ha privilegiado el discurso por encima de la verdad. La mayoría de las veces no lo notamos, pero el discurso se vuelca contra la humanidad que lo construyó y cuando menos nos damos cuenta, estamos persiguiendo homosexuales, asesinando judíos o enjaulando niños. Algunos pensamos que el holocausto, inició cuando la retórica xenofóbica empezó a normalizarse en la población. El discurso normalizado fija las ideas y ellas construyen una zona de confort artificial muy difícil de superar.

En ese sentido, la filosofía de Derrida aporta el concepto de deconstrucción, que consiste en desmantelar nuestra lealtad excesiva a las ideas adquiridas y aprender a vislumbrar los aspectos de verdad que pueden encontrarse más allá de tales ideas. En una idea opuesta a la mía también puede haber algo de verdad. Entonces, deconstruir es desmembrar para buscar la clave del conflicto que subyace en las dicotomías.

Deconstruir una idea es mostrar su parte confusa y terminar con el prejuicio de que la sabiduría es fija y absoluta. Si deconstruyéramos los discursos políticos, seguramente veríamos que no podemos estar tan seguros de las diferencias insalvables entre izquierda y derecha… particularmente en México. Si deconstruyéramos nuestra idea de matrimonio “natural”, podríamos darnos cuenta de que hay un discurso obsoleto que debe ser superado. En síntesis, en ambos lados de la balanza se pueden decir cosas interesantes y la realidad se parece más a un caleidoscopio, que a un ring de box.

Nos sentimos bien con nosotros mismos creyendo tener siempre la razón. Y a veces nos ponemos necios y discriminamos con esa contundencia y seguridad que sólo la ignorancia puede aportarnos. En contraste, para Derrida, sentirse confundido con respecto a una idea no es señal de debilidad o estupidez, sino síntoma de madurez. Así la deconstrucción busca romper con el logocentrismo, que nos impide abrirnos a formar alternativas de conocimiento y comprensión de la realidad y los semejantes… y de lo que creemos ser.

En su obra Lenguaje, poder e identidad, la filósofa norteamericana Judith Butler (1956), parte del concepto de deconstrucción de Derrida y propone deconstruir la categoría de identidad. Analiza la forma en la que el lenguaje juega un papel central en conformación de la identidad en las personas.  Así, el insulto y el discurso de odio adquieren fuerza porque las personas somos dependientes del lenguaje. Dice Butler que el lenguaje tiene la capacidad de producir los efectos que nombra, por eso repercute directamente en nuestras vidas.

Somos seres lingüísticos. Necesitamos del lenguaje para existir, por eso, las palabras nos construyen y también nos hieren. Al deconstruir un discurso de odio, existe en su propia estructura la posibilidad de reapropiarse de los términos ofensivos para resignificarlos e invertir sus efectos nocivos, en un acto de resistencia. Para la filósofa norteamericana, ninguna identidad es estable, todas son plásticas, abiertas a las posibilidades, de ahí la importancia de construir un lenguaje incluyente y no discriminatorio.

Para Butler el género también se incorpora a nuestras identidades a través de un proceso de aprendizaje que se construye y deconstruye constantemente un acto cotidiano; que nos permite pensarnos como sujetos vulnerables, abiertos a la diferencia y libres. En ese sentido, valdría la pena percatarnos de que el género y la identidad está en permanente construcción para todos, seamos o no conscientes de ello.

Si hoy México le gana a Corea, en el Ángel, van a coincidir dos celebraciones: la del futbol y la del orgullo LGTBQ. En el mismo lugar estarán quienes disfrutan el futbol y saben convivir, quienes gritan insultos homofóbicos en el estadio sin mala intención y quienes lo hacen por ofender, quienes siguen padeciendo esos insultos y quienes los han superado y celebran su diferencia.

Espero que aprendamos a coexistir y que este sea un gran día.

@vasconceliana

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