
Por Francisco Carrillo Alfaro
“No sólo hay que llenarnos la cabeza; debemos actuar”, dijo Constanza, mujer adscrita a la diócesis de San Cristóbal, quien realizó el viaje de larguísimas horas desde Chiapas hasta Puebla para poder participar en el Diálogo Nacional por la Paz. Después de ocho retenes en los que, entre otras cosas, detuvieron a más de una decena de migrantes, Constanza pudo llegar a la capital poblana, con el mismo objetivo que más de mil personas que se dieron cita en el mismo lugar: reflexionar y aportar ideas en torno a la construcción de paz en México. Sus palabras son el resumen perfecto de lo que sucedió en tan colosal evento.
El Diálogo Nacional por la Paz, ocurrido entre el 21 y el 23 de septiembre del presente año, fue organizado, auspiciado y dirigido por la Compañía de Jesús en México a través de su representante principal: el Padre Jorge Atilano. Alrededor de su figura, convergieron distintos sectores de la sociedad civil preocupados por la problemática de violencia dentro del territorio mexicano. Académicos, activistas, empresarios, sacerdotes, comunidades indígenas, poblaciones migrantes, asociaciones civiles, colectivos de víctimas y un para nada abultado etcétera.
El primer día del evento, se realizó un diagnóstico sobre las causas de la violencia estructural en el país. Allí, diversos académicos, como Elena Azaola y Sergio López Ayllón, ofrecieron un análisis de la realidad nacional, en donde destaca la cantidad de desaparecidos, la impunidad en el sistema judicial y la corrupción que atraviesa transversalmente todas las esferas políticas y sociales de México. En estos conversatorios, colectivos de víctimas, migrantes y comunidades indígenas también tomaron el micrófono para ofrecer sus perspectivas frente a los distintos problemas sociales.
En el segundo día, la intención principal era transitar de los qués y los por qués a los cómos, es decir, a escuchar una serie de buenas prácticas que aparentemente han funcionado en algunas regiones o localidades del país para atender el problema de violencia y ruptura del tejido social. Entre estas buenas prácticas destacó, por ejemplo, el testimonio de Javier Ávila Aguirre, quien compartió el modelo de justicia restaurativa del pueblo rarámuri, o el diálogo con ocho jefes de policía que han mantenido bajos índices de violencia en sus respectivas localidades, como Escobedo (Nuevo León) o Ciudad Nezahualcóyotl (Estado de México).
Como parte de las actividades del tercer día (aunque cada uno tuvo su momento específico para ello), se presentó la Agenda Nacional de Paz y la Comisión de Redacción que ha trabajado noche y día. Los resultados del Diálogo Nacional de Paz se pueden dividir en dos: la Agenda Nacional y la conformación de una Red Nacional de Paz, en la que se espera que todos los participantes del evento se sumen y, entre otras cosas, hagan colectivas las reflexiones vertidas durante los días que duró el Diálogo.
De esta Red Nacional de Paz, se difundieron dos documentos: “Acuerdo Ciudadano” y “14 acciones para iniciar el camino por la paz”. Estos comunicados promueven, entre otras cosas: el fortalecimiento de la familia como base de la sociedad, recuperar el espacio público, promover acuerdos en diferentes instancias, prevención y atención de adicciones, impulsar la cultura de hospitalidad con los pueblos migrantes, convocar a expertos, fortalecer procedimientos de justicia restaurativa, trascender a una cultura de paz, apoyar la articulación institucional, erradicar la indiferencia, exigir a los gobiernos que cumplan con eficacia sus responsabilidades, etcétera. Es decir, pocas cosas realmente novedosas.
A pesar del magnánimo esfuerzo por parte de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) (principal organizadora del Diálogo) y de todos los recursos que se han puesto a disposición de esta iniciativa, desde el Diálogo Nacional por la Paz aún se pueden observar algunas cuestiones que, trabajando en ellas, quizás se puede estar más cerca de alcanzar su objetivo principal. Particularmente, observo dos muy claras.
En primer lugar, pude notar en la gran mayoría de nosotros como participantes la poquísima capacidad que tuvimos para profundizar en los diálogos en equipo que sucedieron los tres días, sobre todo cuando se trataba de pensar en colectivo respuestas y soluciones para la problemática de violencia. En el tercer día, por ejemplo, los trabajos en equipo se dividieron por entidades, por lo que pude participar y escuchar a diferentes sectores de la sociedad civil provenientes de la Ciudad de México. Una de las cuestiones a dialogar era lo que podíamos hacer juntos dentro de nuestro Estado para construir paz y las respuestas que dimos se reducían a tres puntos: presionar a las autoridades, hacer comunidad y reflexionar dentro y fuera de la iniciativa.
Y es que no es incorrecto reflexionar en torno a esos puntos. Lo que sí es incorrecto es que, como parte de la sociedad civil participante, no podamos proponer iniciativas, modelos, políticas o cuando menos actividades concretas en torno a la construcción de paz. A la respuesta “hacer comunidad” siempre habría que sustituirla por “¿y cómo hacemos comunidad?”. Entendiendo el trabajo interno, entonces no resulta ninguna sorpresa que uno de los acuerdos ciudadanos que resultaron del Diálogo Nacional por la Paz sea, redundantemente, “trascender a una cultura de paz”. A ese tipo de conclusiones, tan tautológicas, habría que sumarles iniciativas concretas que digan algo nuevo sobre el fenómeno de la violencia en el país.
En segundo lugar, mucho se ha hablado de quienes participaron activamente en este evento. De lo que no se ha dicho nada es de las grandes ausencias que debieron causar mucho más impacto del que causaron. Muy poca participación en las mesas de personas representantes de medios de comunicación; la ausencia total de funcionarios públicos de nivel federal en todo el Diálogo; y la tristísima omisión de otros movimientos de importancia nacional, como los feministas o los de la comunidad LGBT+.
La falta de funcionarios públicos federales puede justificarse; no sería apropiado que un evento organizado por sociedad civil se vea tergiversado por intereses políticos y menos en el contexto electoral que vivimos actualmente. Lo verdaderamente inadmisible es la omisión de movimientos feministas y de LGBT+. Habría que pensar si faltaron porque querían faltar o, por el contrario, no los invitaron. Y si es la segunda hipótesis, desde mi perspectiva, es una contradicción flagrante a acuerdos como la propia “trascendencia a la cultura de paz” o la “erradicación de la indiferencia”. Más bien, se tendría que erradicar también la diferencia. No se debería normalizar este tipo de ausencias en las iniciativas de la sociedad civil.
Con todo lo anterior, también es cierto que el Diálogo Nacional por la Paz es de las pocas iniciativas de la sociedad civil que, de manera apartidista, busca generar un cambio de alto impacto a nivel nacional. La influencia de esta iniciativa se debe en buena medida al poder de convocatoria y a todos los recursos que ha invertido la Compañía de Jesús en México, lo que siempre será digno de reconocer. Estos esfuerzos, si bien se pueden considerar en cierta medida loables, deben ser sólo una parte de todo lo que puede hacer la sociedad civil organizada.
¿Podemos encontrar esperanza en el Diálogo Nacional por la Paz? Pienso que sí, aunque hay muchísimo trabajo por hacer, además de la iniciativa eclesiástica. Aquí también debería estar la conversación pública, no sólo en la polarización electoral.
“No sólo hay que llenarnos la cabeza; debemos actuar”.
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