Por: Ivonne Acuña Murillo.
Cinco son las películas en las que el director, guionista y productor Luis Estrada Rodríguez plasma su visión sobre momentos y fenómenos políticos específicos. La más reciente, ¡Que viva México!, se encuentra ya en la plataforma de Netflix, después de hacer sido estrenada en cines siete semanas antes. Como en las cuatro anteriores, el director y el guionista Jaime Sampietro recurren a la sátira política para poner en la pantalla lo que, a su parecer, son las principales características de la sociedad y el régimen político en turno. Así se hizo en los sexenios de Ernesto Zedillo Ponce de León, con La ley de Herodes; en el de Vicente Fox Quesada, con Un mundo Maravilloso; en el de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, con El infierno; en el de Enrique Peña Nieto, con la Dictadura perfecta; y en el que corre, el del presidente Andrés Manuel López Obrador, con aquella que da tema a esta colaboración. En todos los casos la crítica es mordaz, severa, sin salidas. Es una perspectiva pesimista y cruda de la realidad nacional.
Para entender mejor el tono de estas películas conviene anotar lo que distingue a la sátira política como un subgénero de la sátira. Como su nombre lo indica trata de la política y los asuntos públicos, a pesar de lo cual no usa discursos o argumentos de corte político, sino que se muestra como un conjunto de ideas subversivas cuyo objetivo es exhibir y denunciar la hipocresía, la estupidez, la absurdidad, la locura o el vicio de una sociedad. Como subgénero no va dirigida a engrosar las filas del humor político, sino a atacar aquella parte de la realidad política con la que no se está de acuerdo. (“Sátira política”, WordPress.com, 4 de octubre de 2013).
En este sentido, el mismo Estrada afirma: “Yo creo que la sátira no solo pide sino que exige este nivel de provocación […] Una tradición de las artes es la crítica, la provocación, el reírnos de nosotros mismos. Lo único peor que la censura es la autocensura y decidí no practicarla” (“Luis Estrada analiza una escena de su nueva película ‘¡Que viva México!’”, El País, YouTube).
Siguiendo la caracterización de la sátira política, en La ley de Herodes, Luis estrada desnuda las entrañas del régimen político priista, mismo que hunde sus raíces en el sexenio del primer presidente civil, Miguel Alemán Valdés (1946-1952), quien a partir de la promesa de modernidad y progreso cayó en los excesos de corrupción ya conocidos. En Un mundo maravilloso, denuncia la enorme desigualdad social profundizada a partir del modelo económico-político conocido como “neoliberal”. En El infierno, ofrece apenas unas pinceladas de lo que la guerra en contra del narco y la delincuencia organizada le ha hecho al país y su población. En La Dictadura perfecta, enfatiza la manera en la cual los grandes medios de comunicación, uno en particular, pueden hacer de la política un espectáculo e imponer a gobernantes hechos a su medida. En ¡Que viva México!, lleva la polarización, entre dos clases sociales, a su máxima expresión al interior de una misma familia. En todos los casos, el final apunta a un desenlace fatídico.
El mismo director expone, respecto de su más reciente cinta, su desilusión en torno a la llegada de un gobierno democrático, de izquierda y progresista:
Me duele mucho hasta decirlo pero un poco resultó hasta la misma gata nomás que revolcada y entonces quise hacer un retrato satírico […] acerca de este momento en particular y de lo que en mi opinión ha resultado ser la Cuarta Transformación. En particular es lamentable lo que ha ocurrido con la cultura, la ciencia y muy en particular con el cine porque, paradójicamente, las otras cuatro películas en las que hacía críticas tan frontales, como con esta, fueron apoyadas por el Estado y por el gobierno en esos momentos (de Zedillo, Fox, Calderón y Peña) […] (y) el único gobierno que no me apoyó fue el de López Obrador”.
Cabe mencionar que Estrada, en varias de las entrevistas dadas a medios, se ocupa de dejar bien claro que el gobierno actual no aceptó financiarlo.
Y continua: “¡Que viva México!” es probablemente o con certeza mi película más ambiciosa […] trate de hacer una especie de compendio de los grandes temas que a mí me preocupaban sobre lo que ha sido la historia reciente del país”
Como escenario escogió Estrada un lugar remoto, como San Pedro de los Aguados en La ley de Herodes o San Miguel Narcángel, en El infierno, lugares muy alejados del centro político del país y en los cuales es posible leer todo lo que ocurre a nivel nacional. En este caso, eligió un lugar ficticio llamado irónicamente “La prosperidad”, pueblo en el que se ubica una hacienda minera abandonada, en la que, a decir de él mismo, “un montón de hormigas son capaces de derrotar al peligroso alacrán.”
Retrata muy claramente las desigualdades entre los pobres y quienes representan a los ricos (fifis) de la familia a través, por ejemplo, de una camioneta de lujo Mercedes Benz último modelo, ropa y accesorios de marca frente a la pobreza, la precariedad, la sequedad de la tierra desértica en la que viven los primeros. Tal vez, la idea de ubicarlos a todos dentro de una numerosa familia responda a la intención de enfatizar que al final todos son mexicanos, como si la familia fuera México y esta, como el país, se encontrara dividida en dos clases sociales enfrentadas entre sí.
Aparecen representados como en sus otras cuatro películas: la Iglesia, el gobierno, la familia y las élites políticas y económicas interesadas en hacerse con los recursos del país, justamente como ocurre con la industria minera. Como él mismo indica, se habla de Dios, Patria y hogar. Por supuesto, como en toda sátira se exageran las características de cada institución, grupo y personaje: el Mariachi, la familia pobre, la familia rica o en camino de serlo, el hombre macho, la huila o buchona del pueblo, el hermano travesti, el retrasado, el padrote, la abuela ruda y aguantadora que representa, dice él, la historia de México.
Hacen su aparición fenómenos como la polarización, la intolerancia, el racismo, el machismo, la discriminación, la corrupción política y muy claramente expresada la opinión del director y el guionista en torno al gobierno del presidente López Obrador, que como Miguel Alemán en la oficina de Juan Vargas, aparece en un retrato y en la boca soez del patrón del personaje central.
Como en sus cintas anteriores, aunque se puede discernir claramente de que sexenio se trata, aparecen de pronto situaciones y personajes que hacen referencia al periodo anterior y esta película no es la excepción. Si ya la vio trate de recordar de quien o quienes se trata y si no la ha visto aún ponga mucha atención hacia la última parte de la trama. Igualmente, aguce su memoria para encontrar algunas referencias más.
Las críticas hechas a esta cinta remiten no solo a la apuesta artística y visual, sino al cuestionamiento de fondo que pretende hacerse a este gobierno. Se anotan aquí unas más. Por principio, se le compara con las anteriores administraciones como si ningún cambio se hubiera dado haciendo suya, sin ponerla en duda, la tesis de la oposición política en torno a que este gobierno está destruyendo a México. Se muestra, con mucha ironía, una “esperansa” (sic) hecha girones, un discurso vacío que ha dejado peor a quienes ya estaban mal, esto es, a los pobres.
Una crítica más puede apuntar a cierta confusión en torno a la existencia de una polarización feroz entre ricos y pobres y al papel desempeñado por el gobierno en esta materia. No aparece, como en otras cintas, un señalamiento claro y rotundo en torno a la responsabilidad gubernamental. Sí en lo que refiere a la corrupción, pero no en torno a la polarización.
Pareciera, como se ha dicho en diversos análisis, que la polarización sigue su propia lógica independientemente del gobierno y su corrupción. Si la idea era culpar al actual primer mandatario de dicha polarización no se logra el objetivo.
Una tercera crítica puede dirigirse a la reproducción de estereotipos que más bien apoyan las tesis de las élites políticas y económicas para quienes los pobres son pobres porque quieren (como se afirma en La ley de Herodes) pero, sobre todo, son flojos, abusivos, conchudos, aprovechados y mantenidos. No hacen nada por salir de la pobreza, aunque estén sentados en una mina de oro, y solo esperan que alguien más provea para pagar sus fiestas, borracheras, comilonas y encuentros sexuales.
Ciertamente se trata de una sátira, pero no cabe duda de que quien la desarrolla decide aquello que quiere resaltar y no hay ni un solo personaje que permita ver una pequeña luz al final del camino, como en Un mundo maravilloso, en el que la familia de clase media, asesinada por los pobres, es un ejemplo de caridad y amor al prójimo.
Los ricos, por su parte, tampoco se salvan y Estrada da a López Obrador la razón cuando se refiere a ellos como ambiciosos, depredadores, fifis sin llenadera, sin moral, sin amor al prójimo. No hay valores que rescatar tampoco entre los pobres quienes, a su vez, no se quieren ni entre ellos. Y qué decir del papel asignado a los representantes de la Iglesia y del gobierno, quienes movidos por la ambición son capaces de cualquier exceso.
Es la de Estrada una visión pesimista en la que no hay nada que rescatar, en la que los extremos se tocan no para reconocerse sino para destruirse. Esto le permite, como en las otras cintas advertir aquello que vendrá, la apropiación por parte de compañías extrajeras de los recursos nacionales, como si no pasara ya.
Si se critica la película “¡Que viva México! desde las características de lo qué es la sátira política es difícil cuestionar ese carácter absolutamente pesimista y negativo que Estrada da a esta. Sin embargo, es posible decir que, como ocurre siempre en temas de “La realidad”, Luis Estrada tiene una visión sesgada, como la tenemos tod@s, de lo que pasa en México, especialmente en materia de polarización y manejo de la res pública, porque no reconoce en ninguno de los polos que observa: los pobres, los ricos, el gobierno, la Iglesia un valor por pequeño que sea.
Se entiende que busca cuestionar y desnudar estereotipos y formas de ser, pero cabría preguntarse si realmente piensa que este gobierno ha empobrecido más a la población y si la polarización que describe parte de la falta absoluta de valores en ambos bandos, más que de una acción deliberada por parte del mismo presidente, como la oposición política representada por Claudio X. González, PAN, PRI y PRD pretenden hacernos creer.
Si alguien desea más información sobre quienes protagonizan la película, dónde se filmó, y otros detalles de esta puede leer el artículo de Esteban Villaseñor, “¡Que viva México! llega a Netflix: Todo sobre la película mexicana”, en Estilo de Vida, 10 de mayo de 2023.
Mirada desencantada
En consonancia con la película y la idea de que el presidente López Obrador está destruyendo a México, la senadora por el PAN y antes por Morena Lilly Téllez está ensayando una nueva “yo”, o sea, una nueva “ella”. Una ella controlada, medida, suave, casi dulce, docta, si docta aunque usted no lo crea.
En un video publicado en Twitter el 14 de mayo, sin exaltarse, sin gritar y sin insultar e intimidar a nadie (por poco me convence) le explica a las y los votantes de 2024 la diferencia, que a su entender, o de quien le escribió el discurso, existe entre la izquierda “morena” y la derecha “moderna”.
La primera, afirma, es “la culpable de agravar todos los problemas en México […] la que explota a los pobres solo para llegar al poder y por eso te quiere tener siempre pobre. Fíjate, en cuanto Morena llegó al poder empezó a multiplicar a las personas en pobreza. A las clases medias las empobreció y a quienes ya padecían la pobreza las llevó a la miseria (¿entenderá la senadora la diferencia entre una cosa y otra? ¿tendrá indicadores precisos que permitan medir la diferencia?). Morena quiere que dependas de lo poquito que te da el gobierno, mientras los líderes de Morena se roban el dinero de los hospitales, de las escuelas, de la seguridad, del campo, de las carreteras, de los medicamentos y de las vacunas, de la ciencia, de las guarderías, del deporte, de la cultura, de todo…”. Por favor, que alguien le diga a esta señora que justo eso lo hicieron los últimos gobiernos del PRI y el PAN a quienes defiende: los Fox, los Calderón, los Peña, los Duarte, los Borge, los Padrés y muchos más.
Pero, no hay de que preocuparse, según Téllez: “La derecha moderna es todo lo contrario, quiere ayudarte a romper las cadenas de la pobreza, primero que nada con seguridad, con buenos servicios de salud, de educación y de transporte y con oportunidades de trabajo para que puedas salir adelante con tu propio esfuerzo, sin que el gobierno te limite.” La senadora de la República ignora que esta ha sido la promesa eterna del capitalismo y que deja fuera todos aquellos efectos negativos del mercado que hacen casi imposible a una familia pobre salir de la pobreza, estaría bien que, hablando de la pentalogía de Luis Estrada, Lilly viera la película Un mundo maravillo, con subtítulos por aquello de que no alcance a entenderlo todo.
Como si hablara con personas de escasas luces, todavía se atrevió a firmar que: “A la izquierda le molesta que aspires a más, que quieras tener más y vivir mejor, que ahorres, que compres una propiedad…”.
La representante popular, o eso dice que es, le apunta a la desmemoria, al engaño, a la mentira, a torcer e ignorar los hechos, los datos duros. Le habla a la ciudadanía como si estuviera formada por infantes que apenas comienzan a caminar, o por gente desinformada e ignorante. Usa además un tono condescendiente, ese que se dirige a aquellas personas consideradas inferiores.
Por cierto, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, otro representante de la derecha que dice arroparla opinó de su mensaje que: “Muy controvertible, sin duda, lo que dice @LillyTellez. Pero al menos intenta una narrativa distinta; simplista quizá, pero insisto, al menos lo intenta, y se esfuerza en hacerlo con claridad”.
“No me ayudes compadre”, se diría.
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