Mirada desencantada | Hospital 20 de Noviembre: el agua y las reminiscencias del Estado Benefactor. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Alberto López Barbosa

Por: Ivonne Acuña Murillo

Me disculpo de antemano por hacerte leer una reflexión tan personal que, sin embargo, como verás enseguida, bien podría ser la crónica del fin de los años gloriosos de un proyecto de país en el que el bienestar de la población, especialmente urbana y de clase media, fuera el eje de la modernización. Experiencia en la que el agua, esa que moja el trasero y los pies, se convierte en la metáfora del dolor y las lágrimas contenidas por años, pero también del declive del México que pudo ser y no es.

Comenzaré contándote, por si acaso no lo sabes, que el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre, mejor conocido como “Hospital 20 de Noviembre”, nombre alusivo a la Revolución de 1910, la gran gesta que parió al México del nacionalismo romántico, es una institución de tercer nivel que bien podría ser contada entre las mejores del mundo. El primer nivel se caracteriza por brindar atención ambulatoria encaminada a la prevención y promoción de la salud, ofrecida en consultorios médicos, dispensarios y unidades de medicina familiar. En el segundo nivel se encuentran los hospitales de nivel intermedio que brindan servicios de consulta externa, hospitalización, atención de urgencias en especialidades básicas y servicios diagnósticos. En el tercer nivel se cuentan los centros médicos de alta complejidad para la atención de problemas de salud que requieren tecnología de punta, aparatología especializada y personal médico con altísima especialización.

El Hospital 20 de Noviembre, perteneciente al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) fue inaugurado por el presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) en 1961 bajo el nombre de Centro Hospitalario 20 de Noviembre. Fue concebido como el centro de una red hospitalaria pública con seis hospitales de zona y cuarenta y ocho clínicas en la Ciudad de México. Gran proyecto sin duda. El edifico que lo alberga fue diseñado por los arquitectos Enrique y Agustín Landa Verdugo y a decir de otro arquitecto, el español Miquel Adriá, es una de las 25 obras más significativas de la arquitectura mexicana del siglo XX. En 1994 fue remodelado y renombrado como Centro Médico Nacional 20 de Noviembre, nombre que conserva hasta la fecha.

Desde su fundación se ha distinguido por mantenerse a la vanguardia; por ejemplo, en 2005 fue escenario de la primera radiocirugía en epilepsia y, en 2015, con el apoyo del robot Da Vinci, de la primera cirugía robótica en el país. Y, no pienses que esta es una inserción pagada ni que hago un comercial, lo afirmo porque lo he vivido.

Déjame contarte. Esta historia no comenzó hace unos días, sino hace 32 años cuando en 1990 le detectaron a mi madre un tumor en la cara, mismo que se creyó canceroso y que dio origen a una serie de cirugías mayores, ocho recuerda ella, la ante antepenúltima de las cuales, recuerdo yo, duró doce horas. Después de la primera operación, le dijeron que no había nada que temer que se trataba de un “tumor benigno”, ¡vaya ironía!, y que lo habían sacado por completo.

Tres años después el tumor “benigno” reapareció. En esta ocasión y las 4 siguientes, mi madre acudió al ISSSTE, cuyo servicio tenía desde hacía décadas. Fue canalizada al Hospital Regional Lic. Adolfo López Mateos, mejor conocido como “Hospital López Mateos”, de segundo nivel, caracterizado también por la calidad de sus especialistas. Su paso por esta institución se cuenta en cirugías, cinco. Me gustaría decirlo con precisión pero, para ser franca, he de confesarte que no me acuerdo y no tengo manera de confirmarlo dado que su voluminoso expediente se perdió. Al ser su caso digno de estudio infiero que cada operación, en especial la de doce horas en el quirófano, en la que ella recuerda haber sido fotografiada y grabada, servirá para documentar, estudiar y atender a pacientes de este tipo, por lo que el expediente tenía un gran valor.

Me da algo de rabia imaginar que mi madre fuera utilizada como objeto de estudio, te lo digo con sinceridad, pero, como estudiosa, comprendo que la ciencia no puede avanzar de otra manera y que un caso, por dramático y doloroso que sea para quien lo sufre y su familia, brinda la oportunidad de tratar, con mejores resultados, a otras personas.

Después de unos 15 años de buena atención, pero sin que su problema médico fuera resuelto, fue enviada al 20 de Noviembre. Te habrás dado cuenta ya que el “tumor benigno” no lo fue tanto, pues al serlo no pudo ni puede ser tratado como aquellos que no lo son: con radioterapia, quimioterapia, inmunoterapia, cirugía, trasplantes de células madre o cualquier otra estrategia dirigida al tratamiento del cáncer.

Su origen se remonta al momento de la gestación cuando se formó la cara de mi madre en el vientre de mi abuela y una célula de piel, de ahí su nombre “epidermoide”, quedó atrapada en un lugar en donde no debería estar, razón por la cual el organismo la ataca formando, una y otra vez, una masa anormal. En múltiples ocasiones los médicos intentaron, sin lograrlo, llegar a esa célula desecando esa aglomeración invasiva que terminó por convertirse en el invitado indeseado del que no puedes deshacerte.

Es así como mi madre fue enviada al hospital de las enfermedades difíciles, raras, imposibles de curar hace unos 17 años. Por supuesto, no se dice eso de este nosocomio, máxime cuando han librado de la enfermedad a miles de personas, lo digo yo con el lenguaje coloquial que me permite entender y explicar eso que hemos vivido. Excusarán las y los expertos médicos si mi lenguaje no corresponde con los términos técnicos correctos.

Pero la historia continua, no dejes de leer que el agua se aproxima. Después de cuatro años de relativa calma, regalada a ella y la familia por dos grandes médicas y cirujanas del Hospital 20 de Noviembre, Carmen Morel Trejo y Nora Rosas Zúñiga, de los servicios de neurocirugía y otorrinolaringología respectivamente, que operaron a mi madre en mayo de 2017, volvimos a la que se ha convertido en nuestra segunda casa, de la que ya somos “clientes frecuentes”, y es aquí donde el agua hace su aparición como actriz estelar. Ya era hora, te dirás. Pues sí, ya era hora, pero las catarsis siempre ayudan a sacar del alma eso que la quiebra, tú disculparás.

El jueves 14 de julio, hace una semana, llevamos a mi madre de nuevo al 20 de Noviembre debido al más reciente daño causado por el tumor. Durante este más reciente internamiento se ha consolidado nuestra certeza de que no podía estar mejor atendida. En la observación de su caso participan ni más ni menos que siete servicios: neurocirugía, otorrinolaringología, oftalmología, geriatría, infectología, inmunología y cirugía reconstructiva. Y no está de más decir que ha sido tratada con diligencia, cuidado, incluso cariño, por parte del personal médico y de enfermería.

Curiosa experiencia pues en estos días volvieron a mi mente las memorias con las que fui criada de niña de acuerdo con las cuales tanto médicos, médicas como enfermeras y enfermeros del sector público ofrecían un trato déspota a sus pacientes. Y volvieron debido a los testimonios de dos mujeres, familiares de paciente, que me dijeron que no se atrevían a preguntar pues ya las habían tratado con desprecio una enfermera de Admisión Continua y una policía que da acceso al hospital vía los torniquetes situados en la calle de San Lorenzo. Me hicieron pensar que “en el pedir está el dar” y que probablemente fueron informadas por personas mayores de que eso ocurría y se pusieron los lentes del familiar maltratado. No lo sé, no fui testiga de los hechos, solo puedo decir que el trato para nosotras ha sido, en algunos casos adecuado, y en otros inmejorable.

Y aquí me asalta la duda. Imagina que como mexicano, mexicana, creciste con la idea de que las personas sin “palancas”, pobres o con ingresos medios se encuentran desprotegidas ante un sistema que las minimiza, vulnera o trata como menores de edad y cuando te enfrentas a quienes de alguna manera lo representan, como un médico o una enfermera con cierta autoridad y que te imponen reglas, llegas con un sentimiento de minusvalía que no te permite mirar más que como maltrato aquello que necesariamente debe ocurrir para el buen funcionamiento de la atención que tu familiar requiere. Reminiscencias de una cultura política de los tiempos idos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del país creado por este. O ¿tú qué opinas?

¡Por fin el agua! Una vez ingresada mi madre al área de Admisión Continua -que no Urgencias, no está en la vocación del Hospital 20 de Noviembre atender urgencias médicas generales, como sí se hace en un hospital de segundo nivel, pues está dedicado exclusivamente a sus propios pacientes-, se me pidió esperara afuera para recibir informes. ¿En la sala de espera?, pregunté, ¡no!, en la calle, me respondieron. Mucha fue mi sorpresa, cómo que en la calle, si las 24 horas debe haber un familiar pendiente en caso de que se requiera algo mientras su paciente está en Admisión Continua.

Pues ¡sí! en la calle. Ya instalada, “en la calle”, pude observar como la gente intentaba sentarse en la estrecha barda que sostiene la reja tipo gallinero que rodea parte del hospital. Sólo es posible colocar ahí la mitad de los glúteos y lo demás, como diría el clásico, queda en el aire. Algo incómodo, sin duda. Una mujer de 41años que tenía a su madre en el mismo servicio que la mía me comentó que había llegado a la una y treinta de la madrugada y que desde entonces permanecía prácticamente de pie. En ese momento serían como las 12:30 de la tarde. Le comenté que deberían permitirnos estar adentro, en un área donde hay lugar para sentarse, una especie de bancas de cemento pintadas de blanco, unidas unas a la estrecha barda de piedra del exterior y otras a un muro blanco del lado izquierdo de los torniquetes.

De hecho, antes de salir le pregunté al policía que cuida el acceso a este lugar por qué no nos permitían esperar ahí, como se hacía antes, y me dijo que por lo del Covid-19, misma razón que llevó a cancelar la sala de espera. Igual le pregunté ¿qué pasaría si comenzaba a llover? Aaaah, en ese caso, dijo, sí se les permite entrar, igual al dar las 10 de la noche, con o sin lluvia, aunque completó con una frase algo extraña: “cuando llueve los dejamos entrar y aquí nos mojamos todos”.

La expresión me fue aclarada por la mujer que llegó con su madre en la madrugada, la misma que se quejó de la policía de la entrada, quien ya había pasado por la experiencia “de la lluvia dentro del sitio de espera”. “Cuando comenzó a llover nos dejaron entrar y no bien nos habíamos sentado, después de horas de pie, noté que mis nalgas estaban húmedas. Las goteras que tiene el techo que recubre el lugar (una estructura metálica cubierta de un material parecido al acrílico, muy alta por cierto, que permite el paso del aire y mantiene el lugar bastante ventilado, por lo que no me quedó muy claro por qué no se podía esperar ahí a pesar de los contagios por Covid-19) dejaron pasar el agua y en unos cuantos minutos las bancas se mojaron, haciéndonos parar de nuevo”.

Unas horas después del recuento de estos hechos pude corroborarlos por mí misma. La lluvia inclemente hizo su aparición. ¿Qué le importa a ella que estés parada en la calle o que entres a un espacio donde se cuela el agua? Una vez dentro, lo primero que llamó mi atención fue un policía que, rápidamente y sin pensarlo mucho, colocó tres cubetas en donde se supone había goteras. Qué tino dije yo, ¡qué bárbaro! En realidad no había mucho que calcular, donde pusiera las cubetas había goteras y efectivamente, como a los 10 minutos de estar sentadas tuvimos que ponernos de pie, otras personas lo hicieron antes. Como ironía y con cierto buen humor mi acompañante casual abrió su paraguas para protegernos, en lo posible, de la pertinaz lluvia que caía adentro. Su trasero, por cierto, ya se había mojado, no así el mío, tuve la suerte de sentarme en un lugar que no recibió tanta agua.

Una vez pasado el meteoro había charcos por todos lados, por lo que los policías y alguna familiar de paciente tomaron unos jaladores y se pusieron a retirar el agua. Mientras esto ocurría vi que al fondo del lugar había dos puertas que parecían baños. Mi acompañante lo confirmó pero me dijo que llevaba tiempo aguantándose porque le daba asco volver a entrar, que estaban sucios y además en el de mujeres también se encharcaba el agua. No lo corroboré hasta días después.

Al día siguiente de su ingreso mi madre fue subida al hospital y una mañana, mientras esperaba a mi sobrino, quien había hecho la guardia nocturna (hace años ya que, por su edad, cada vez que la internan alguien de la familia debe estar con ella las 24 horas del día), pedí permiso para entrar al baño. Y, otra vez, el agua hizo su aparición. Me dijo la policía que podía pasar pero que debía tomar una cubeta, de las que tienen colocadas sobre la banqueta situada al lado de la bajada que lleva a Admisión Continua, y llenarla con la manguera ubicada al otro lado de la misma rampa pues en los baños no había agua. He de anotar que, al lado de cada puerta de entrada a los sanitarios, hay un tambo enorme en el que supongo alguna vez habrá líquido para llenar las coloridas cubetas. Otra ironía, el cielo cayéndose y en los baños no hay agua.

Hice lo indicado y entré al sanitario cuyo piso, efectivamente estaba encharcado, cumplí mi cometido y vacié el vital líquido en el retrete, cuyo viejo mecanismo de salida de agua está destartalado. He de decirte que no estaba sucio solo mojado.

Pero, déjame contarte que lo mejor aún estaba por venir. El domingo17 de julio, concluida mi guardia de 12 horas (de 9 am a 9 pm) en el hospital, justo unos minutos antes de bajar se soltó el aguacero. Qué mala pata pensé, ojala y pase pronto. Sin embargo, como suele ocurrir cuando llueve solo para fastidiarte y luego se quita, no dejaba de llover. Igual bajé para dar paso a mi hermana, quien cubriría la noche, pero, al llegar a la puerta indicada un pequeño río corría frente a ella. ¡Me lleva y ahora cómo le hacemos, nos vamos a empapar! Afortunadamente, después de algunos intentos y de que un hombre joven preguntara en la ventanilla abierta a un lado si no había otra puerta y de que recibiera una respuesta negativa, un hombre joven más, situado “al otro lado de la corriente” y que no vi de donde salió, nos indicó otra salida. “Suban a la planta baja y tomen la puerta de La Virgen señaló (nos encontrábamos en el sótano), de ahí bajan las escaleras y salen derechito a los (ya famosos) torniquetes”.

Así lo hicimos, otra señora y yo, y al bajar las escaleras todo era agua, charcos por acá, charcos por allá, como aquel en el que nos paramos mi hermana y yo al momento de cruzar algunas indicaciones para su ingreso, no hubo tiempo para más, ya ella tenía los pies empapados pues al bajar del coche se metió en tremenda poza situada entre su auto y la banqueta.

¡Y claro!, unos minutos después dejó de llover.

Mirada desencantada

Tanta agua, excluyendo la que he comprado embotellada para uso de mi madre, la de los baños de esponja, pues no puede tenerse en pie, las lavadas frecuentes de manos para atenderla, no puede ser algo fortuito. Son signo de que algo está pasando y no me refiero solo a mi madre, cuyas inmensas ganas de vivir me admiran y me asustan, y las lágrimas contenidas o por derramar, de las cuales la lluvia es la metáfora perfecta, sino al país, al México del pasado Estado Benefactor.

No puedo dejar de pensar, cada vez que entró al hospital, que mi madre está en un lugar de privilegio, a pesar de su propia condición, pues tuvo la suerte de contar con servicio médico de calidad toda su vida y hoy está siendo atendida, como dije, en uno de los mejores hospitales del mundo, que cuenta con pensión por parte de mi padre, con casa propia, con hijas e hijos que tuvieron la oportunidad de ir a la universidad. Reminiscencias de un pasado en el que el bienestar de la población estuvo en el centro de la atención estatal. Hoy, millones de personas en este país no tenemos esa suerte ni la tendrán los millones por venir. A pesar de los esfuerzos hechos por quien busca revertir, desde el Estado, los efectos negativos causados por el modelo económico neoliberal, el daño está hecho.

La economía, los derechos ganados después de décadas de lucha, los servicios públicos, algunos de los cuales se mantienen contra viento y lluvia como el Hospital 20 de Noviembre y el mismo López Mateos, hacen agua por todos lados. ¿Cómo secar tantos charcos, cómo evitar que se formen, cómo no mojarse el trasero o los pies en el intento?

<em>Ivonne Acuña Murillo.</em><br>
Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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