México en el mundo, jugar en serio. Autor: Federico Anaya Gallardo

La comentocracia mexicana tiene el defecto de no oírse a sí misma. Si lo hiciese, descubriría la depresión profunda que yacía debajo del ingenio de uno de sus ídolos, Winston Churchill. Y, descubriendo la humanidad de su líder ideal, acaso podría emularlo y no sólo citarlo interesadamente. Winnie, como mi abuelo Anaya y mi padre me enseñaron a llamarle, llamaba a esa depresión the black dog y debía combatirla todos los días. Su perro negro le perseguía de noche y de día. Por ejemplo, se le apareció en el aire, durante el vuelo que le llevó de Teherán a Moscú en el verano de 1942. Churchill recordó su rabioso anticomunismo de 1917-1918 y esos pensamientos los registró años más tarde en sus memorias. Le angustiaba pensar cómo le recibiría una Revolución que él habíatratado deasesinar en su tumba. Poco después, su primer encuentro con Stalin estuvo a punto de naufragar por su soberbia –la misma que había inspirado su ataque al Octubre Rojo 25 años antes.

Luego de la primera conferencia, ignorando olímpicamente que sus habitaciones estaban llenas de micrófonos el premier británico se descosió burlándose de la rudeza y primitividad de los interlocutores soviéticos –específicamente de Stalin, hijo de un zapatero georgiano. (El adverbio olímpico es preciso. Winnie se consideraba un semidiós.) Al día siguiente, Koba (el apodo georgiano de Stalin entre sus amigos cercanos) se mostró claramente hostil ante el descendiente del gran duque de Malborough. Con todo y la metida de pata churchiliana, las cosas salieron bien. Gran Bretaña convenció a la URSS de la conveniencia de un ataque en la panza del cocodrilo (Italia) en lugar de dirigirlo a la cabeza (Francia). La URSS se aseguró que los suministros estadunidenses siguiesen fluyendo desde el Irán británico. Estuve a punto de escribir “las cosas salieron milagrosamente bien” en el párrafo anterior. Pero no. En el incidente que refiero, no hubo nada sobrenatural. Lo único era la actitud “olímpica” de Winnie –y es un claro defecto de carácter. Lo que ocurrió en el verano de 1942 en Moscú es lo que tenía que ocurrir. Es más, fue lo único que podía ocurrir porque ni la URSS ni Gran Bretaña deseaban perder la guerra. (Churchill, The Grand Alliance y The Hinge of Fate 1950.)

Recuerdo al lector la situación bélica en ese instante. Seis meses antes, los nazis debieron detenerse a las puertas de Moscú y sólo alcanzaron a rodear Leningrado (el sitio duraría dos años y medio). Pero esto no eran buenas noticias. La ofensiva alemana de primavera buscó conquistar el Cáucaso. Este era un objetivo militar más importante que las capitales históricas de los rusos. Si el Reich triunfaba en su campaña de 1942, controlaría los pozos petroleros de Bakú en el Mar Negro y podría avanzar sobre Irán e Irak (adonde controlaría aún más petróleo). Esta posibilidad era una pesadilla para Inglaterra, que podía perder no sólo el petróleo de Medio Oriente, sino el Canal de Suez. Sólo los soviéticos podían detener a los alemanes. Stalingrado (la antigua Tsaritsin, hoy Volgogrado) era desde hacía siglos la puerta del Cáucaso. Este es el contexto de la gran batalla que empezó precisamente en ese verano de 1942. Churchill fue a Moscú a evaluar la capacidad soviética de resistencia y a asegurarse de que Moscú no buscara una paz separada con Alemania. En el avión aquél, el fantasma de Churchill asesinando en la cuna a la URSS no fue el único que visitó a Winnie. También se le aparecieron los firmantes del Tratado Brest-Litovsk de 1918. Si la URSS caía, caerían Irán e Irak, Egipto colapsaría y la India estaría amenazada en dos frentes. Japón había ocupado Birmania en mayo de 1942 y las medidas de tierra quemada del Raj Británico provocarían la Hambruna de Bengala en el siguiente otoño-invierno. La rendición de la URSS arriesgaba la caída de la India –acaso complicada con una insurrección popular en contra de los ingleses que causaron el hambre.

La URSS, por su parte, no deseaba un tratado con los fascistas. Best-Litovsk había sido un paso atrás luego de los dos pasos delante del Octubre Rojo –un respiro para poder construir la Patria Socialista. En 1942 rendirse significaba traicionar cualquier sueño soviético. Pero no quedaban claras las intenciones de los capitalistas occidentales. Stalin sabía que el premier británico era su enemigo jurado y no sería de extrañar que Inglaterra contemplase dejar que los alemanes desangrasen la patria socialista. Para aliviar la presión sobre los soviéticos se requería un segundo frente y que la ayuda de EU fluyese desde el Oceáno Índico a través del Irán ocupado por los ingleses.

En resumen, Gran Bretaña y la URSS se necesitaban mutuamente. Las balandronadas de Churchill contra los líderes soviéticos vestidos como mujiks fueron un error diplomático, pero no alteraban las necesidades materiales de los dos Estados en las negociaciones. Stalin terminó aceptando el golpe a la panza del cocodrilo y aseguró la línea de suministros desde Irán. Churchill quedó satisfecho de que el mando comunista no se rendiría ante Hitler. Por supuesto, cuando Winnie retornó a Teherán, no había nada claro. La Batalla de Stalingrado duró cinco infernales meses. Y la URSS aún podría haber colapsado.

¿Por qué me he detenido en esta anécdota del héroe de los comentaristas de derechas? Porque nos muestra a su “gran hombre” metiendo la pata y pese a ello, sacando adelante los intereses geopolíticos de su país. La Historia no es un rosario de biografías heróicas, como los pensadores conservadores imaginan. Aun cuando mujeres y hombres particulares tienen su papel en ella, lo juegan en un entramado complejo de relaciones sociales que se construyen a lo largo de muchas generaciones. Más que la frivolidad aristocrática de Winnie y más que hosquedad de Koba, lo que importaba eran los intereses geopolíticos de las sociedades que esos dos individuos representaban.

Sugiero al lector que los intereses geopolíticos son inclinaciones, apetitos y temores colectivos que las sociedades desarrollan a partir de sus experiencias históricas con sus vecinos cercanos y lejanos. El problema es que a veces es complicado distinguir entre los intereses geopolíticos de la élite de una sociedad y los de la misma sociedad. De nuevo, pongo un ejemplo británico. La élite anglo-normanda de Londres pensó durante siglos que su interés yacía en unificar las coronas de Inglaterra y Francia. En esa empresa gastaron inmensas fortunas y desgastaron su control sobre sus pueblos. Creían que su “misión histórica” era restaurar el imperio medieval de Enrique II y Leonor de Aquitania. En 1381 esta locura provocó una rebelión campesina. Hacia 1475 llevó a una guerra civil entre aristócratas (la guerra de las rosas) que estuvo a punto de disolver el país. Los Tudor siguieron soñando un siglo más estos sueños que nosotros llamaríamos guajiros. Sólo después de la gran revolución inglesa de 1642 los británicos descubrieron que el interés geopolítico de su élite monárquica no coincidía con el de la sociedad. Abandonaron el primero y empezaron a discernir el segundo. En medio de su gran revolución, algunos de los radicales (los ranters) llamaron a todos los europeos de buena fe a mudarse a la isla para crear allí el reino de Dios en la tierra. (Christopher Hill, El mundo trastornado, Siglo XXI, 1985 [1972].)

¿Cuáles son los intereses geopolíticos de México? Tenemos el problema de que nuestra élite criolla sigue dominando este tema y que no hemos dado un debate serio sobre el mismo en el resto de la sociedad. Y debo decir que esta nuestra élite criolla es más alucinada y más irresponsable que la élite anglo-normanda –porque no tiene ideas claras. Por una parte, cada que puede se desgarra las vestiduras por “la pérdida de más de la mitad del territorio nacional” en 1847 –lo que sugeriría que es nacionalista y antiyanqui. Pero aplaudió rabiosamente el acercamiento de Carlos Salinas de Gortari con EU en los días de la negociación del TLC. Recuerdo bien a varios estudiantes de posgrado en Washington, DC, gritando “¡Viva el TLC!” en la cena oficial organizada por nuestra embajada el 15 de septiembre de 1992. A la élite criolla no le molesta que se invite a nuestros dignatarios a elegantes cenas en la Casa Blanca, pero tampoco se molesta en revisar los detalles complejos de nuestra relación bilateral. Recuerdo también que, en 1992, cuando le preguntaba a uno de esos estudiantes de posgrado qué podría México ganar en el TLC, él simple y llanamente me contestó: “—Lo que los gringos quieran darnos.” Ese compañero no tenía alma de Enrique V Lancaster –el último rey inglés que trató de conquistar Francia; pero estoy seguro que si lo encontrase hoy y le preguntara por el último éxito de Timotée Chalamet, me haría una reseña detallada de El Rey (Michôd, 2019).

Nuestra élite criolla padece de una admiración cipaya por las potencias noratlánticas que le impide jugar en serio el juego geopolítico. Admiran a Churchill y no aprenden de sus paradojas. Beben diariamente la producción cultural de los países centrales y no sacan consecuencias útiles para el Estado Nación que controlan. Por lo mismo, restringen su papel en las negociaciones con EU (y con otras potencias) a esperar qué es lo que los otros gusten concederles. Lo terrible es que no tenemos otra élite de dónde sacar a nuestros diplomáticos.

Mis lectores seguramente están molestos ahora mismo. Estoy ignorando los grandes hitos de la diplomacia mexicana. El apoyo a la República Española y Etiopía. Gilberto Bosques en la Europa ocupada por los nazis. El Tratado de Tlateloco durante la Guerra Fría. La capacitación diplomática de los “muchachos” sandinistas luego de El Triunfo de 1979… y varios más. Pero no muchos para el tamaño y relevancia de México en el mundo. Y, podría argumentarlo, cada uno de esos hitos son excepciones que confirman la miopía general de nuestra élite criolla.

Titulé este ensayito “México en el mundo, jugar en serio” porque nuestra patria aún tiene que ubicar su sitio y definir su papel en el concierto internacional. Discernir cuáles sus intereses geopolíticos. Descubrir que esos intereses son los de la Nación que formamos todas y todos, y no (al menos no solamente) los de la élite tradicional. Vivimos tiempos interesantes. Cada evento inesperado nos ofrece la oportunidad de avanzar en este tema. No es cosa menor. Le importa a 127 millones de personas de este lado del Río Grande del Norte y a 36 millones de aquel lado… la inmensa mayoría de los cuales poco o nada tiene que ver con la élite que hasta la fecha ha dirigido la diplomacia mexicana. Esa mayoría merece que juguemos el juego geopolítico en serio.

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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