México dividido… por Evo Morales. Autor: Venus Rey Jr.

0
1009

Cualquier motivo es bueno para que los AMLOvers y los AMLOhaters se peleen. Como si no hubiera suficientes temas para el encono –el culiacanazo, la masacre de los LeBarón, la toma de protesta de Rosario Piedra y un largo etcétera–, ahora es Evo Morales. Mientras Marcelo Ebrard lo recibe con bombo y platillo en el aeropuerto y Claudia Sheinbaum lo declara “Huésped Distinguido” de nuestra ciudad, muchos se indignan y critican al gobierno por recibir a un “dictador”, rendirle honores de Estado y brindarle asilo con cargo al erario.

Como suele suceder, lovers y haters yerran casi en todo, pero tienen cierta razón en algo. No hay gobierno, por malo que sea, que no tenga algo bueno; ni gobierno, por bueno que sea, que no tenga algo malo. Las cosas no son blanco y negro. Hay una gama de millones de colores.

Es verdad que Evo Morales sufrió un golpe militar. También es verdad que abusó del poder. El poder puede ser un vicio más adictivo que la cocaína, y el señor Morales no se concebía a sí mismo sin ser presidente de Bolivia. Durante los trece años que gobernó, hizo todo lo posible para tener un control casi absoluto del Estado boliviano. Y digo “casi” porque dejó algunos cabos sueltos. Yo no diría que Evo fue un dictador, pues se valió de la democracia para alcanzar sus fines. La democracia da para eso y más: es de tal naturaleza que por el voto popular puede eliminarse a sí misma, y esa es una de las grandes paradojas de ese sistema de gobierno. A cambio, Evo procuró el bien de la mayoría de los bolivianos, especialmente los más pobres y marginados: los indígenas.

Ningún país en América –no Latinoamérica, sino todo el continente, incluidos Estados Unidos y Canadá– ha experimentado un crecimiento económico como el de Bolivia en esta última década. Mientras los Estados Unidos, con todo su poderío, en promedio han crecido alrededor del 2% (PIB) en los últimos años, Bolivia, ese modesto país sudamericano, aislado y sufrido (digo aislado porque no tiene salida al mar, gracias a la codicia de los chilenos), tiene un impresionante promedio de alrededor del 5% en la última década. Como sea, los números son los números, y a ellos no los podemos engañar: la gestión de Evo Morales ha sido una de las más exitosas del continente, infinitamente superior a la de los presidentes mexicanos Fox, Calderón, Peña y lo que va de la administración de López Obrador. En porcentaje, en este continente nadie ha rescatado a más gente de la pobreza que Evo Morales, nos guste o no nos guste, queramos o no admitirlo.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. A Evo le gustó el poder, y mucho. Fue incapaz de concebir a Bolivia bajo la presidencia de otra persona. Asumió el cargo el 22 de enero de 2006, y de no ser por los acontecimientos desencadenados por un más que probable fraude electoral, hubiera extendido su presidencia otro periodo más. Seguramente Evo no conoce la ejemplar historia de Cincinato, y por lo visto algunos socialistas –Fidel Castro, Nicolás Maduro o Daniel Ortega, por mencionar algunos– tampoco. De cualquier forma es absurdo pensar que el delirio del poder sólo afecta a los izquierdistas. Como mencioné, el poder puede ser un vicio más adictivo que la cocaína, y un vicio así afecta a todo mundo, sin importar si son de izquierda o de derecha. La única forma de evitar que el poder se “apodere” del espíritu del gobernante y lo lleve a desear perpetuarse ad infinitum, es el Derecho y las instituciones. Claro, la GESTAPO, la KGB, la DINA, la STASI o el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional de Venezuela también son instituciones, pero no me refiero a esa clase de aparatos represivos, sino a las instituciones propias de las democracias: tribunales, órganos electorales y regulatorios, defensorías populares, asambleas legislativas, órganos de control y supervisión, fiscalías, etcétera. No es posible negar que Evo Morales poco a poco fue dejando su impronta en las instituciones de su país, sí, con tremendo apoyo popular, pero hacia una dirección que tarde o temprano llevaría a Bolivia a un autoritarismo bananero –y digo “bananero” no despectivamente, sino para referirme al autoritarismo latinoamericano y distinguirlo de otros autoritarismos, como el ruso o el chino, que, claro, no podríamos llamarlos “bananeros”, sino en todo caso “vodkeros” o “arroceros”–. Si bien Evo brindó a Bolivia mayor bienestar que cualquier presidente demócrata en América, incluidos los muy demócratas presidentes mexicanos, lo hizo apoderándose de las instituciones de Estado y con la fija idea de eternizarse en el poder. Ahora está pagando esa factura.

Insisto, por muy autoritario que fuera Evo, que hubo un golpe de Estado en Bolivia, lo hubo, y la reacción del gobierno mexicano es la correcta. Nadie en su sano juicio puede celebrar un golpe de Estado perpetrado por militares híper-religiosos. ¿Ya escuchó usted las palabras del general Williams Kalimán y de la autoproclamada presidente Jeanine Áñez –«la Biblia ha vuelto a Palacio»– al consumarse el derrocamiento? Kalimán bien podría ser el Victoriano Huerta de Bolivia –no estoy diciendo que Evo sea el Madero de allá–, pues apenas hace menos de un año Evo lo nombró Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. En aquellos días, Kalimán se refería al presidente como “el hermano Evo”. Ahora le ha traicionado.

Evo se victimiza: «mi delito es ser indígena», acusa. ¡Seas mamón! (¡“Señor juez, señor juez: mi delito es bailar el cha-cha-cha!) Su delito no es ser indígena, porque no es un delito ser indígena. Usar esa expresión para decir que la élite en Bolivia lo desprecia es un poco como Rosario Robles, que, luego de sus escándalos de corrupción, decía que la atacaban por ser mujer, o como Serena Williams, quien tras hacer trampa en el US Open acusó con prepotencia y soberbia al juez de cancha por tratarla injustamente por su condición femenina. Evo era la élite en Bolivia y abusó del poder. Decir que Evo es un demonio es tan estúpido como decir que es un mártir de la democracia y un prócer de la patria. Evo es un ser humano de carne y hueso, no un prohombre o un semidiós incorruptible e invulnerable a la tentación. Tuvo el control total del Estado y abusó del poder, y aún así, oh paradoja, logró bienestar y desarrollo sin precedentes. En un balance final tendríamos que admitir que hizo mayor bien que mal.

El caso Evo demostró que la democracia tiene el horrible poder de destruirse a sí misma. También demostró que la OEA es un adorno superfluo y vano. Y también demostró que los mexicanos aprovechamos cualquier pretexto para pelear.

A todo esto, ¿cuál es la ejemplar historia de Cincinato? La República Romana atravesó un peligro mayor con la invasión de los volscos y los ecuos. Las legiones que les hicieron frente, encabezadas por militares incompetentes, fueron aniquiladas. Cincinato era el general de mayor prestigio, pero hacía tiempo que se había retirado a su finca agrícola. Era una persona sumamente austera y sobria. La pompa, el lujo y la ostentación le indignaban, y como Roma se estaba convirtiendo en eso, decidió alejarse de la vida pública. Pero, bueno, Roma enfrentaba un gran peligro, así que los senadores decidieron recurrir a su mejor general. La “dictadura” era una magistratura republicana de naturaleza extraordinaria: por un breve tiempo, el Senado otorgaba poderes plenos y absolutos a una persona para que enfrentara y resolviera una situación particularmente grave. Pasada la situación, el dictador devolvía el poder al Senado y sanseacabó. El problema era que una vez resuelta la situación, el “dictador” se aficionaba al poder –como el tigre se aficiona a la carne humana después de devorarla– y lo utilizaba para perpetuarse, pasando por encima de todo y de todos. Sin embargo, una vez que Cincinato venció a los invasores, encumbrado y en la cúspide del puto poder –como dirían los priístas–, regresó a su finca y siguió arando la tierra con sus propias manos. Un grupo de independentistas americanos vieron en Washington a un nuevo Cincinato: luego de vencer a los ingleses en la guerra de independencia, se retiró a sus plantaciones. Nunca sucumbió a la tentación del poder. Ese grupo fundó una especie de club republicano al que nombró “Caballeros de Cincinato” y se hicieron llamar los “cincinnati”. Como varios de ellos fundaron una ciudad a orillas del río Ohio, decidieron llamarla Cincinnati.

Veamos si el actual presidente mexicano, con todo el poder que está acaparando, es capaz de retirarse a su rancho en Tabasco para arar la tierra una vez que acabe su periodo. Yo estoy seguro que así será. Y tal vez entonces podrá pasar unas apacibles tardes tropicales en compañía de don Evo.

@VenusReyJr

Deja un comentario