Macario y el dassein. Autora: María del Pilar Torres Anguiano

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Macario

No para siempre en la tierra, solo un poco aquí.
Nezahualcóyotl

Hay que tener más consideraciones con los muertos, porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos. Total, en esta vida todos nacemos para morirnos. ¿Y qué ganamos aquí? Algunos gustos –y a veces, ni eso– muchos trabajos, muchas penas. Cuando nacemos ya traemos nuestra muerte escondida, en el hígado, en el estómago o en el corazón que algún día va a pararse. También puede estar fuera, sentada en algún árbol que todavía no crece, pero que te va a caer encima cuando seas viejo. Así le dijo el vendedor de velas al pobre Macario, en la víspera del día de muertos, para convencerlo de comprar velas para su ofrenda. Un rato después, como todos sabemos, Macario tuvo un inusual encuentro con la muerte. Puedo afirmar que esa película mexicana me regaló mi primer acercamiento reflexivo a ese tema. Como Macario, me preguntaba qué se sentiría comerse un guajolote yo solita.

Dassein es la palabra que Martin Heidegger acuña para denominar al ser humano junto con su condición de arrojado al mundo y esencia de ser-ahí. El dassein es el ser-en-el-mundo que, gracias a su libertad, se asoma a las infinitas posibilidades de la totalidad. Macario, por ejemplo, solo quería comerse un guajolote él solito, pero ese hecho le da la posibilidad de llevar a cabo una elección que le abre las puertas de una serie inimaginable de cosas posibles. Así, en su devenir y en su proyección al futuro, el dassein se da cuenta de que es un ser para la muerte y que poco a poco se dirige a ella. Cuando toma conciencia de que es ser mortal, puede optar por dos posibilidades, como señala Heidegger: la existencia inauténtica, o la auténtica.

La primera –la existencia inauténtica– ocurre cuando la persona proyecta su existencia al futuro, como si éste no llegara nunca. Lo niega todo (como la canción de Joaquín Sabina) y hace de cuenta que nunca va a morir. Decide evadir pensando que la muerte es eso que le pasa a los otros, por eso ese tipo de persona está hambrienta de novedades, distracciones, atención de la gente y placeres vanos. Como Macario, despilfarrando en lujos el dinero de sus consultas.

La muerte es un punto indispensable para entendernos, como un latente no ser, sin el cual la vida humana es prácticamente impensable. Es la muerte una especie de telón de fondo, como el éter en el cual los antiguos griegos pensaban que flotaba la tierra. La muerte, el máximo enigma del ser humano es “el reducto del ser y la medida de lo inconmensurable”, dice Heidegger.

Por su condición existencialmente vulnerable, el dassein se define por sus posibilidades: la posibilidad de ser, de cambiar, de avanzar, de progresar –como Macario y su don para curar a la gente y hacer el bien– y luego de envejecer, morir. Estas posibilidades no están en el futuro porque el futuro no existe: están en el presente, latentes, como posibilidad. Dentro del adulto que soy está el anciano  que seré, el que poco a poco ya estoy siendo. Pero hablamos del futuro como algo que todavía no es, ahí la trampa.

El humano es un ser para la muerte, que no solamente se muere: sino que sabe que se va a morir, pero gracias a que es consciente de esta finitud puede conseguir esa existencia auténtica. Por eso, Platón decía que la metafísica es un ensayo para la muerte –y tenía razón– ya estamos muriendo un poco, como le dijo a Macario el vendedor de velas. Perdón si suena dramático, porque no es esa la intención, sino mi incapacidad de expresar algo tan difícil. El caso es aprender a colocar la idea de muerte en el lugar que le corresponde: esa lección que Macario no aprendió, pero que nosotros sí podemos hacerlo.

La persona sabe que va a morir pero eso no le impide vivir; incluso, le permite vivir con más alegría y plenitud, porque asumir nuestra finitud nos tiene que llevar a una profunda afirmación de la vida. Esa a la que solo se llega a través de la libertad. El dassein acepta las características de la muerte: acepta que es inminente, personal, intransferible. Como la felicidad… nadie puede ser feliz en mi nombre. Cuando el vendedor de cera le reclama a Macario, parece decirle que quien no honra a sus ancestros no honra su propia vida. Tiene toda la razón si pensamos en algo: ¿dónde más vamos a buscar la identidad sino en el pasado?

Los mexicanos estamos cerca de la muerte, la celebramos y celebramos a nuestros ancestros porque reconocemos que en realidad estamos aquí gracias a ellos y somos lo que queda de su paso por la tierra. En cierto sentido viven a través de nosotros, tenemos su color de piel, de ojos, de cabello, sus gestos y ademanes, sus lunares, su misma forma de pies o de manos. Su sangre.

Colocar un altar dentro de nuestras casas es una forma de decirles que siguen ocupando un lugar entre nosotros, en nuestra existencia auténtica. Pueden venir a compartir lo que les ofrecemos, las flores, el incienso y las velas, no porque lo necesiten, sino porque tal vez saben que a través de eso los honramos.

Honramos a nuestros difuntos dándoles un lugar entre nosotros porque ellos viven a través de lo que nos enseñaron, viven a través de lo que nos dejaron y que consiguieron con su esfuerzo, dedicación y trabajo. Personificamos a la muerte en catrinas y calaveras, porque necesitamos intentar entenderla y bromear con ella. A fin de cuentas, cada quien tiene su muerte, y puede imaginársela como quiera, faltaba más. La muerte nos señala el fin de la naturaleza humana. Pero es allí donde comienza su trascendencia y ascensión espiritual, dice el filósofo Agustín Basave.

Gracias a Macario, cuando era niña aprendí que nuestras vidas son las llamas de una vela que algún día se apagará, no importa si eres el hijo del virrey o del leñador más pobre del pueblo. Creo que puedo repetir de memoria el guion de Carballido, porque cada año veía la película con mi papá. Ahora la veo yo sola, pensando en él y en mi hermano. Sus velitas ya se apagaron. Pero les compré hartas veladoras y les puse la ofrenda más bonita que pude.

@vasconceliana

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