Cuando trabajé en la Comisión Estatal de Derechos Humanos de San Luis Potosí (CEDH-SLP) a finales de la primera década de este siglo (2007-2009), uno de los proyectos de la ombudswoman Belenda González era la atención a los migrantes. Oíamos decenas de testimonios sobre la tragedia que sufrían las y los centroamericanos en territorio mexicano. El fenómeno trascendió muy pronto a informes de organizaciones internacionales, comisiones de derechos humanos y reportes académicos. También se insertó en la cultura a través de relatos cinematográficos : El Norte (Nava, 1983), Sin nombre (Fukunaga, 2009), La Bestia (Ultreras, 201 O); La Jaula de Oro (Quemada-Díez, 2013); y Desierto (Cuarón, 2016).
Reportes y relatos retrataban la realidad social y económica de injusticia generalizada provocada por la clandestinidad. Te recomiendo ver, lectora, los filmes Sin Nombre y La Jaula de Oro porque muestran cómo el trayecto por el infierno mexicano asegura que quien sobreviva –y alcance a insertarse en el mercado laboral estadunidense– estará dispuesta o dispuesto a aceptar cualquier condición de trabajo y el salario más bajo. ¿Quién se beneficia? Las empresas capitalistas que necesitan una mano de obra barata, dócil y dispuesta a cualquier sacrificio. El recorrido infernal asegura trabajadoras y trabajadores sumisos. ¿Quién diseñó esto? Nadie: se trata de un desarrollo social orgánico del sistema productivo. Por eso es un problema tan difícil de abordar y tan complejo de solucionar.
La máquina de triturar trabajadores indocumentados funcionó para las y los mexicanos desde que EU rompió el arreglo bracero que organizó la entrada de campesinos mexicanos a su territorio en los días de la Segunda Guerra Mundial. En aquellos tiempos el paso por el infierno ocurría más bien en territorio estadunidense, adonde los espaldas mojadas debían escabullirse de la migra y sobrevivir al racismo –y aunque sirvió a la acumulación capitalista, también detonó movimientos de defensa, como la Unión de Campesinos de César Chávez (1927-1993).
En las últimas décadas, la máquina de triturar se expandió a territorio mexicano para “preparar” a los centroamericanos que atraviesan nuestro país. Ante el dolor concreto aparece una de las claves que siguen diferenciando a las izquierdas y las derechas. A las primeras les repugna el dolor, se conduelen con quienes lo sufren y procuran detenerlo. Las segundas nos dicen que “así ha sido siempre el mundo” y que hay que apechugar.
En este punto, me sorprendió y preocupó mucho que, cuando en 2007 la CEDH-SLP organizó una conferencia sobre los migrantes centroamericanos en Rioverde –la capital de la Zona Media del Estado potosino– parte de la audiencia nos reclamó por defender a los migrantes centroamericanos. Resulta que la Zona Media ha sido una de las regiones expulsoras de población que busca trabajo en EU. Varias personas acudieron a nuestra conferencia porque creyeron que hablaríamos de los derechos de los mexicanos en EU o del dinero del Programa Bracero que se había descontado de los salarios para seguro y seguridad social y que nunca se entregó ni a los braceros ni a sus familias. Nos cuestionaron: ¿quiénes son esos migrantes de los que hablan? Pasamos algún problema para explicar que los abusos que los migrantes potosinos en EU habían denunciado por décadas eran ahora cometidos en territorio mexicano contra migrantes centroamericanos. Lo más sorpresivo fue la sorpresa.
En la inevitable yuxtaposición de experiencias colectivas que se viven en un proceso acelerado de globalización, aparecen urgencias dispares. En el Rioverde de 2007 aún pesaba más el agravio de los braceros olvidados y defraudados; mientras que la tragedia centroamericana apenas empezaba a percibirse en la capital del estado. Y en ese contexto, parecería que los egoísmos nacionalistas son inevitables.
Desde principios de los 1990, cuando se estaba discutiendo el TLCAN, la cuestión de las y los trabajadores migrantes estaba junto a la mesa de negociaciones. Algunos intelectuales neoliberales (no muchos) en México creían que el acuerdo de libre comercio debía reforzarse con un arreglo que regularizara, poco a poco, el ingreso de la mano de obra mexicana en EU y Canadá –al modo que los sucesivos acuerdos europeos habían abordado el problema de sus migrantes europeos (portugueses, españoles, italianos… y turcos que son europeos desde los días de Solimán El Magnífico). Pero el tema se dejó siempre al lado, esperando mejores tiempos. (¿A quién le importan Los de Abajo si Todomundo está haciendo proyecciones de ganancias para Los de Arriba?)
Eso sí, en 1992, los demócratas liderados por su triunfante candidato presidencial Clinton introdujeron al TLCAN dos temas no-comerciales (non-trade issues). Buscaban no sólo asegurar un esquema más aceptable para las tres sociedades (retórica sincera) sino el apoyo de los sindicatos estadunidenses y de los sectores más progresistas de su base electoral (pragmatismo parlamentario al momento de ratificar el TLCAN). Así fue que se incorporaron mecanismos para la protección a los derechos laborales en los tres países firmantes y reglas para proteger el medio ambiente. Sin embargo, muchos vieron estos agregados demócratas como una “pretensión de imponer a México los modelos legales y culturales” de EU. En esto, ayuda leer el artículo “Los derechos laborales y la protección ambiental en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte” publicado por Jesús Moisés Beltrán en la revista Frontera Norte de El Colegio de la Frontera Norte en 1995. (Liga 1.)
Como sea, las y los trabajadores migrantes siguieron fuera del debate. A lo mucho, se esperaba que las mejores condiciones laborales en México detendrían el flujo migratorio hacia EU. ¿Buenas intenciones con poco seguimiento? Peor: falta de seriedad en el análisis del fenómeno.
Desde los 1980 autores como el estadunidense Wayne Cornelius (n.1945) y el mexicano Jorge Bustamante Fernández (1938-2021) habían demostrado que la migración mexicana a EU obedecía a patrones estructurales más profundos que el simple diferencial de salarios entre los dos países. John Tutino (n.1947) nos ha enseñado que las y los campesinos (y todos los seres humanos), más allá de sus sentimientos de arraigo cultural-territorial, están siempre a la búsqueda de espacios para prosperar. Mínimo, de fuentes complementarias de ingreso para sobrevivir. Migrar temporalmente a otras regiones era una práctica indígena y campesina muy arraigada en México desde el siglo XVII. La última globalización sólo profundizó, masificó y expandió el alcance geográfico de la práctica. La migración causada por la hecatombe revolucionaria mexicana (1910-1930) y el experimento bracero (1940-1950) proveyeron a las comunidades campesinas mexicanas de preciosos conocimientos sobre El Otro Lado : ¿adónde ir, cómo llegar, en quién confiar, de quién cuidarse?
Así las cosas, desde la Academia de EU y México ya se había advertido cómo se organiza una migración masiva. (Yo sospecho que sólo la soberbia angloamericana no conectó este fenómeno continental con su equivalente trasatlántico entre 1820 y 1940.) La oportunidad de trabajo se mantiene porque, asegún la población de EU evolucionaba, sus jornaleros agrícolas abandonarían el sector rural y el proletariado dejaría vacíos los escalones peor pagados del sector servicios en las ciudades. Cada vez más sectores de la economía de EU requerirían trabajadores inmigrantes. Mejor –diría el proverbial diablo capitalista– si llegaban luego de ser triturados en un infierno indocumentado. (En la migración trasatlántica, la trituradora sería la represión de la Europa Restaurada primero y luego, los cosacos en los progromos…)
Ese proceso de evolución del mercado de trabajo del Septentrión Americano ha seguido avanzando. Uso esta expresión rara porque el fenómeno ya no es ni sólo mexicano, ni sólo estadunidense, ni sólo canadiense. Y no se reduce sólo al campesinado migrante… El jueves 20 de marzo de 2025, Gideon Rachman, del Financial Times, entrevistó para su podcast The Rachman Review al economista mexicano Luis de la Calle Pardo (n.1959), quien fuera la cabeza de la oficina comercial en nuestra embajada en Washington DC entre 1994 y 1998, durante la implementación del TLCAN. (Liga 2.) De la Calle refirió que “hoy en día es difícil convencer a los trabajadores estadounidenses de trabajar en líneas de montaje (assembly lines)”, poniendo como ejemplo la inversión que hizo en 2017 en EU la compañía taiwanesa Foxconn Technology Group. Esa empresa producía i-phones para Apple en China y ofreció al Primer Trump abrir una planta en Wisconsin como parte de la política America First. A principios de 2021, cuatro años más tarde, Reuters reportaba el fracaso del proyecto. (Liga 3.) De la Calle explicó a Rachman que a ocho años la fábrica de Wisconsin sigue mal, pero que al mismo tiempo (2017-2025), esa misma compañía instaló una planta en México. Esta actualmente tiene 30 mil empleados y prospera. La ventaja de Foxconn en México fue que el proletariado mexicano está preparado y sí está dispuesto a trabajar en líneas de montaje. Cosas del desarrollo desigual y complementario del capitalismo.
En el espacio que cito y en otros, De la Calle ha insistido que la integración comercial de Canadá, EU y México es tal que sus economías ya funcionan como un bloque. Esto implica que sus clases trabajadoras actúan en el mismo espacio capitalista. Es en este contexto, el de una nueva y compleja geopolítica del Septentrión Americano, en el cual debemos debatir el fenómeno migratorio.
Sumemos a lo anterior los resultados de décadas de guerra civil en Centroamérica (1960-1990) y el incremento de desastres naturales en el circuncaribe. Ambos factores incorporaron decenas de miles de personas al problema no atendido de la migración hacia EU. (La globalización no se detiene. Por México hoy pasan personas migrantes que iniciaron su ruta en Sudamérica y más allá.)
En julio 2000, Vicente Fox ganó la elección presidencial y en diciembre se inauguró el primer gobierno de la alternancia mexicana. El primer canciller foxista, Jorge G. Castañeda, prometió que ahora sí México buscaría the whole enchilada (sic castañédico)… haciendo del TLCAN un primer paso hacia una comunidad económica que asegurase la prosperidad social a toda Norteamérica. ¿Se incluiría la migración en el acuerdo norteamericano? La coincidencia de que en ese momento también empezaba la Administración Bush II (febrero 2001) era buen augurio. Lo que Bush padre inició en 1990, lo profundizaría Bush hijo diez años más tarde.
El ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001 cambió todo. EU se cerró y su histeria nacionalista adquirió tintes xenofóbicos. Bush atacó Afganistán (2001) y luego Irak (2003). Y en 2004 logró su reelección. Las cosas no cambiaron con los ocho años de gobierno demócrata bajo Barak Obama (2008-2016) –quien resultó el mandatario estadunidense que más migrantes indocumentados ha expulsado… pese a que Trump lo acusaba de ser un “agente extranjero” por sus orígenes familiares.
El pasado jueves 30 de enero de 2025, Víctor Silverman & Miguel Tinker Salas, profesores eméritos del Departamento de Historia en el Pomona College en Los Ángeles, Alta California, nos decían que en 2024 el Segundo Trump “ganó las elecciones presidenciales … prometiendo resolver dos temas centrales: el mal estado de la economía… y la inmigración indocumentada”. Trump aseguraba que había una “crisis en la frontera entre EU y México” y que su “país estaba siendo invadido por criminales y terroristas”. (Liga 4.) Ya vimos un ejemplo del fracaso industrial del America First trumpiano y sabemos de su crueldad contra los indocumentados. Hoy, comentócratas interesados como Zuckermann se preguntan si el TMEC puede sobrevivir y analistas serios como De la Calle asumen que Trump puede desestabilizar no sólo el bloque económico norteamericano, sino el sistema global organizado alrededor de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
Y la corriente migratoria sigue allí.
¿Qué hacer?
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://fronteranorte.colef.mx/index.php/fronteranorte/article/view/1497/940
Liga 3:
https://www.reuters.com/business/foxconn-sharply-scales-back-wisconsin-investment-2021-04-20/
Liga 4:
https://www.jornada.com.mx/2025/01/30/opinion/018a2pol




