Los 650 y la República del aplauso. Autor: José Reyes Doria

A partir del ascenso de Julio César y con el establecimiento del Imperio, en la antigua Roma se hizo costumbre que los emperadores y los generales poderosos, cuando eran aclamados por el pueblo en desfiles o asambleas, los acompañara una persona que repetidamente le susurraba al oído: “recuerda que eres mortal”. Porque el poder inmenso de los emperadores los hacía sentirse dioses.

Es un tema milenario y apasionante la relación entre el poder y la narración de la realidad, porque el Príncipe necesita conocer las cosas como son, pero, a la vez, no soporta la información que contradice sus creencias. En la propia Roma, la leyenda cuenta que Nerón, furioso por las críticas de su consejero, el gran pensador Séneca, lo acusó de participar en una conjura en su contra y lo orilló al suicidio.

La prensa y los intelectuales constituyen un poder, heterogéneo, diverso, no articulado ni con proyecto, pero siempre con gran capacidad de influir en los equilibrios políticos. La relación del poder con la prensa y los intelectuales, en México, ha tenido diferentes modelos a lo largo de la historia, que incluye la verdadera carnicería periodística contra Madero durante su breve presidencia, hasta el largo periodo de sometimiento de la prensa y la intelectualidad al poder durante el régimen posrevolucionario 1920-2000.

La historia de la prensa y los intelectuales mexicanos, si bien en el último siglo ha estado marcada por el predominio del poder político, cuenta con excepciones luminosas, de las que, por cuestiones de espacio, menciono las dos que a mi juicio son las más notables: Excélsior y Proceso de Julio Scherer, y Octavio Paz. Es decir, ese universo que nombramos como prensa e intelectuales es sumamente diverso, lleno de claroscuros, de tal forma que es poco útil calificar o descalificar en bloque a un conglomerado como los 650 abajofirmantes que denuncian al presidente Andrés Manuel López Obrador por ataques a la libertad de expresión.

Muchos de los 650 desarrollaron relaciones de privilegio con el poder, en términos de recibir cuantiosos recursos a cambio de un trato cuidadoso a las decisiones estratégicas y los pecados de los gobiernos en turno. Dos frases categóricas ilustran ese estado de cosas. La primera, del presidente José López Portillo, enojado por una ola de críticas incluso en la prensa privilegiada: “no pago para que me peguen”. La segunda, del dueño del mayor imperio de medios, Emilio Azcárraga Milmo, en momentos en que la crisis económica y de legitimidad empezaba a debilitar al régimen: “yo soy un soldado del PRI”.

A finales del siglo XX y principios del nuevo milenio, la relación prensa-poder comenzó a cambiar, debido a una serie de factores, algunos de ellos imparables: la globalización de las tecnologías de la información, la crisis del régimen priista autoritario y patrimonialista, una incipiente libertad de empresa en los medios, la liberalización político-electoral, el incremento de la participación ciudadana y social, mayor protección jurídica de la opinión y la prensa, entre muchos otros. Desde el gobierno de Vicente Fox hemos observado que prensa e intelectuales han diversificado su modus operandi y su actitud. Muchos medios y periodistas privilegiados de siempre encontraron nuevas formas de acomodo con un poder no-priista, algunos grupos de poder intelectual, como Nexos y Letras Libres, trataron de asumir una postura más crítica en su afán por dejar atrás su línea de pensamiento que rara vez cuestionó a fondo los fundamentos del modelo económico, político y social del neoliberalismo mexicano.

En este contexto, el desplegado de los 650 expresa una especie de confusión y dificultad para entender el momento político, dominado por la llamada Cuarta Transformación de López Obrador. Lucen exageradas sus advertencias de que AMLO amenaza la libertad de expresión y la democracia con sus descalificaciones y hostigamientos a periodistas, intelectuales y medios. Ciertamente no es lo ideal ese comportamiento presidencial, pero de ahí a que ello ponga en riesgo las libertades y la democracia hay mucho trecho. Ahora bien, hay que aprovechar el llamado de los 650 para revisar los conceptos de libertad de expresión y de democracia; sobre todo, para analizar críticamente si esas dos aspiraciones se han logrado en México y en qué medida.

Hay que tener presente que la relación prensa-poder no se da en el vacío ni es solo un tema de romanticismo cívico. Intervienen múltiples intereses y actores que, en ocasiones, coinciden para imponer la mirada del poder político. Dos casos ejemplifican esto: uno, en el gobierno de Enrique Peña Nieto con la famosa Casa Blanca; cuando Carmen Aristegui dio la noticia, la mayor parte de los medios callaron, durante muchos días solo Carmen y el Reforma daban cuenta del caso, incluso La Jornada lo abordaba solo en páginas interiores. La cosa cambió cuando Peña Nieto se pronunció abiertamente y su esposa, Angélica Rivera, salió a defenderse con un polémico video, a partir de ahí todos los medios se sintieron libres para tocar el tema.

El otro caso es el del video donde Pío López Obrador aparece recibiendo paquetes de dinero de manos de un servidor público estrella de la 4T. Ese día, un gran número de medios tradicionales como diarios nacionales, radio y televisión, prácticamente no hablaron del tema que ardía en las redes sociales. Esa tarde y noche, los noticieros de radio y televisión abierta callaron, no dijeron ni pío sobre una nota de alto atractivo periodístico. Parecía que estaban esperando a ver cómo abordaba el tema el presidente López Obrador en la mañanera del día siguiente; al ver que éste trató el caso como lo trató, los medios tradicionales se sintieron en libertad de informar sobre dicho video.

En tanto portadores de poder y receptores de recursos y privilegios, prensa e intelectuales actúan, por y en lo general, con cautela ante el presidente de la República. Tal vez, por lo tanto, con el pronunciamiento de los 650 estamos presenciando la transformación de la relación prensa-poder dominante en el último siglo mexicano, no se sabe si la transformación pueda ser profunda ni hacia dónde va, porque la falta de diálogo y el exceso de adjetivos en la comunicación entre AMLO y los abajofirmantes impide ver más allá de lo diatriba.

Lo que queda claro es que la prensa y los intelectuales tienen que imaginar e impulsar nuevas formas de relacionarse con el poder, al menos con el gobierno de AMLO, sin cejar en su postura de señalar las acciones públicas que puedan afectar las libertades, no sin antes realizar un profundo ejercicio de autocrítica. Por su parte el presidente López Obrador bien haría en entender que la crítica es inevitable, máxime cuando se están afectando muchos intereses; que es imposible y funesta una República donde solo reciba aplausos, pues se quedaría sin espejos, sin nadie que le grite: “eres mortal”, lo cual, en un contexto donde muchos lo divinizan, representa, eso sí, un gran riesgo para la Nación.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

1 COMENTARIO

  1. pero q Les platica s aquellos q creen q El dinero Les da conocimiento, y q con muchos trabajas podrian entender a Kant. Esos q siempre han vivido en una burbuja separada de la realidad.

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