La dirigencia de MORENA y la Cuarta Transformación. Autor: José Reyes Doria

Dice Salvoj Zizek que, en los años setentas del siglo XX, al secretario general del partido comunista de China, de visita en París, le preguntaron cuál era su opinión sobre la Revolución Francesa de 1789, cuál su significado para el mundo contemporáneo. El líder chino contestó: “todavía es muy temprano para opinar”. Más allá de la astucia del dirigente chino, lo cierto es que los grandes procesos de transformación suelen tomar mucho tiempo para consolidarse, madurar y hacer realidad los cambios. No hay un tiempo exacto y no siempre son identificables los indicios de la implantación de las transformaciones; más aún: no siempre cuajan esos movimientos, muy pocas veces llegan a feliz término.

En torno al abrumador triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en 2018, numerosos seguidores de su movimiento han hecho eco de la idea de que ese acontecimiento significa mucho más que un resultado electoral, que en realidad se trata de un mandato popular para llevar a cabo una profunda transformación de la vida pública en México. El propio López Obrador encabeza esta lectura, aseverando que se trata de una Cuarta Transformación, en el mismo nivel de trascendencia histórica que la Independencia, la Reforma y la Revolución. Incluso, muchos partidarios de esta visión, afirman que vivimos un periodo revolucionario destinado a cambiar de raíz el régimen político y las condiciones económicas y sociales que reproducen las desigualdades, las injusticias y la pobreza.

Todavía es muy temprano para juzgar si esta interpretación del gobierno de AMLO es viable en el terreno práctico, e incluso en el plano teórico y analítico. Lo que sí se puede observar es una serie de cambios evidentes, no necesariamente articulados en una línea estructurada de transformaciones, pero sí medibles y cuantificables. Uno de esos cambios incuestionables ocurre en el sistema de partidos, pues el triunfo arrollador de López Obrador en 2018, colocó a MORENA como el partido mayoritario, dominante, ganador en 230 de 300 distritos y en casi todos los estados. Mayoría absoluta en el Congreso de la Unión y, de cara a las elecciones del 2021, muy probablemente ganador de al menos 13 de las 15 gubernaturas en juego, con lo cual pasaría a gobernar la mayoría de los estados de la República.

A su vez, PRI, PAN y PRD, los partidos dominantes del período de la transición democrática electoral (1988-2000), han quedado desdibujados, con un nivel impresionante de descrédito público, abrumados por los pecados de corrupción y abuso de muchos de sus dirigentes, de tal manera que existen amplias probabilidades de que en las elecciones de 2021 no solo no recuperen algo de lo perdido en 2018, sino que enfrenten situaciones todavía más difíciles, al grado de que el PRD desaparezca, el PRI se reduzca a la mínima expresión y el PAN decrezca aún más. De este modo, el sistema de partidos de la transición, caracterizado por la existencia de dos partidos dominantes y un partido mediano pero influyente, con una chiquillada de mini partidos mercenarios, se ha transformado en un sistema de partido hegemónico, que en términos políticos implica la posibilidad de encumbrar gobiernos prácticamente sin contrapesos en el sistema político.

Empero, todavía es muy temprano para saber si el dominio de MORENA y el obradorismo obedece a cambios profundos en las valoraciones políticas de la sociedad, si implican un florecimiento real de la politización de la gente, si se están configurando nuevos equilibrios sociales, económicos y culturales. Porque también, el 2018 pudo haberse tratado de una mera catarsis político-electoral de las mayorías desdeñadas por los gobiernos anteriores. En este contexto, el accidentado proceso de renovación de la dirigencia nacional de MORENA indica una ausencia notable de conciencia sobre el significado político del mandato popular del 2018. Los grupos y liderazgos de este partido no han sido capaces de construir una estructura mínima de gobernabilidad interna, que permita procesar la enorme diversidad de intereses que confluyen en su seno, garantizar la participación efectiva de bases y cuadros, así como un acuerdo político para conservar, acrecentar y distribuir pacíficamente los beneficios que conlleva ser el partido mayoritario en el poder.

Muy importante también, para MORENA, es que los grupos y personalidades que se disputan la dirigencia nacional, no han desarrollado una lectura histórica del devenir del partido, factor crucial para generar cohesión, eficacia y legitimidad. A dos años del triunfo de López Obrador, MORENA ha sido incapaz de generar las bases de una identidad partidista que permita plantear objetivos políticos de largo plazo, una narrativa que trascienda el mero apego discursivo al gobierno de López Obrador, una ideología que le asigne fundamento y reconocimiento a una institucionalidad interna para soportar y superar las encarnizadas luchas por el poder partidista.

El debate actual entre quienes aspiran a dirigir MORENA, no gira en torno a estos temas de consolidación, institucionalización y construcción de una ideología que genere el corpus de la Cuarta Transformación. El debate gira en torno a si el INE debe hacer encuestas abiertas o cerradas, si el Tribunal Electoral debió o no debió decidir cómo elegir a la dirigencia, si Mario Delgado debe pedir licencia como presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, si Gibrán Ramírez es un derrochador de viajes al extranjero, si Porfirio Muñoz Ledo tiene capacidad física para dirigir al partido, si Yeidckol desvió 200 millones de pesos, y por el estilo.

Quien gane la dirigencia de MORENA, deberá enfrentar el desafío de construir un verdadero partido político a la altura del mandato popular del 2018 y funcional para teorizar y realizar la Cuarta Transformación. Será muy difícil, porque los grandes grupos de poder en torno a López Obrador, encabezados por Marcelo Ebrard, Claudia Sheinbaum, Ricardo Monreal, Manuel Bartlett, Alfonso Romo, entre otros, jugarán con todo para colocar en la presidencia de MORENA a alguien de su confianza, a fin de aventajar en la sucesión presidencial de 2024, relegando a un plano secundario el romanticismo de consolidar estructuras incluyentes y democráticas en el partido. Pero el reto ahí está para MORENA, para su nueva dirigencia: imaginar una operación política de alto nivel como, guardando todas las proporciones, la que realizó Plutarco Elías Calles en 1929 para convencer a las facciones revolucionarias y pactar la creación del PRI; o quedarse en el nivel del PRD, como una confederación inestable de facciones que canibalicen los recursos y el potencial inmenso de esta oportunidad histórica.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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