Lo simbólico cuenta, y cuenta mucho. Autora: Pilar Torres Anguiano

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Los Pinos

“Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”
Jorge Luis Borges

Por las noches veo la telenovela con mi mamá, pero a veces mis responsabilidades godinezcas me impiden llegar a tiempo. Gracias a las plataformas digitales, eso ya no es problema, pero prefiero que ella me la platique. Después de todo, como dice Umberto Eco, ciertas novelas se vuelven mejores cuando alguien las cuenta, porque se convierten en ‘otras’ novelas. Francamente, la telenovela en sí me preocupa un rábano, porque el simbolismo de verla juntas –en pantuflas, al final del día y mientras merendamos– es lo que cuenta.

Más allá del animal racional y del animal político de Aristóteles, somos animales simbólicos, afirma el filósofo neokantiano Ernest Cassirer. El símbolo nos recuerda que somos multidimensionales, que siempre hay algo más allá. Que, a veces, la forma también es fondo.

En ese sentido, entre Paco Ignacio Taibo, condecoraciones al yerno de Trump y otras cosas no menos simbólicas, los mexicanos hemos estado muy ocupados últimamente.

El símbolo representa algo que parte de lo aparente, pero va más allá de esto. Es una suerte de mediador entre el entendimiento y la realidad. Lo simbólico añade un nuevo valor, un sentido extra, una nueva dimensión a una acción, a un hecho o a un objeto y lo convierte en algo abierto que no admite una sola lectura. Es decir, no se queda en blanco o negro, se abre una gama cromática que se amplía a los objetos, las palabras, los gestos, los usos y las costumbres.

Se dice que, en una ocasión, un humilde vendedor de dulces tuvo la oportunidad de prestar algún servicio al virrey. Cuando éste le preguntó cuánto le debía a cambio, el hombre –que se llamaba Juan– le respondió que únicamente le pedía recordar su nombre y saludarlo al día siguiente, al salir de misa, delante de toda la gente. Juan sabía que el valor simbólico de ese hecho superaría cualquier otro pago, porque se llenaría de clientes. Así, las acciones simbólicas no son únicamente algo superfluo, en tanto que son necesarias para expresar realidades que van más allá de la lógica y de lo aparente.

En la filosofía de las formas simbólicas, Cassirer afirma que el uso de símbolos para configurar el mundo es parte esencial de la condición humana. Así, el lenguaje, el mito, la religión, la ciencia, la moral, el arte y la política constituyen nuestro universo simbólico. En la construcción del mundo damos forma a nuestra propia identidad, que es plástica. Por lo tanto, ya sea en el ámbito social, o en el individual, lo simbólico no es cosa menor.

La riqueza y profundidad del símbolo muestran otro elemento fundamental: la variedad y pluralidad de significaciones. El mismo símbolo no posee un solo significado, sino que remite a una multiplicidad. Aquí algunos ejemplos:

Para algunos, la presencia de Nicolás Maduro en la ceremonia de cambio de gobierno simboliza un insulto a la dignidad de las personas. Para otros, es simplemente un asunto de diplomacia que no debe interpretarse más allá.

No es poca cosa que el próximo director del Fondo de Cultura Económica utilice lenguaje vulgar en uno de los foros culturales más importantes del mundo, pero tacharlo de machista y homofóbico es una sobreinterpretación (¿qué decir de los detestables oportunismos políticos y lecturas paranoicas como la de Xóchitl Gálvez?). Otros, en cambio, consideramos que lo grave no es el lenguaje, sino lo que el hecho simboliza: una actitud revanchista y pedante que se percibe entre líneas y que no es deseable en un funcionario público.

Tampoco es poca cosa excluir personajes femeninos de la imagen institucional del nuevo gobierno, por más que quieran recurrir al malabar argumentativo de que son héroes y los héroes no tienen género. Aunque algunos interpretan esto como una exclusión a las mujeres, puede haber interpretaciones diversas, sobre todo si desconocemos el criterio seleccionador de los personajes que aparecen y si tomamos en cuenta que es el gabinete con más mujeres en la historia. Pero el simbolismo es innegable.

Hay otras acciones simbólicas en las que su interpretación no deja lugar a dudas. Es tres veces insultante el hecho de que, en su último día de mandato, el presidente entregue al yerno del racista Donald Trump, en el foro político mundial más importante, el máximo reconocimiento que el gobierno mexicano puede dar: la Orden Mexicana del Águila Azteca.

Un último ejemplo, porque ya es hora de la telenovela que les contaba al principio: tampoco es poca cosa que el nuevo presidente se niegue a utilizar el avión presidencial, o que hayan decidido abrir al público las puertas de Los Pinos precisamente el 1 de diciembre, para simbolizar el fin de una era y el inicio de otra. Todo esto parece que no es tan importante. Y sí, hay asuntos que lo son más. Pero los símbolos sí cuentan, y cuentan mucho.

@vasconceliana

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