¡Libertad! Autor: Iván Uranga

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Doña Rosario Ibarra, Jesús Piedra, José Revueltas y las Islas Marías.

Tenía 8 años cuando encerraron a mis guerrilleros padres en la penitenciaría, a mi padre en Lecumberri, la prisión con más fama en mi país y mal llamada El Palacio Negro por las cosas tan oscuras que se escuchaba sucedían tras sus paredes, y a mi madre en la Cárcel de Mujeres de Santa Marta Acatitla. Recuerdo un poco de los años anteriores, las largas ausencias de mis padres y el descuido de una abuela materna que aparte de ver por mí y por mis hermanos tenía que ver por lo menos por otros 15 nietos semi abandonados con ella por alguno de sus 14 hijos; mi abuela materna era una mujer tan hipócritamente católica como mi abuelo, ella veía por sus intereses, por los de sus hijos y por los de sus nietos siempre y cuando recibiera una buena compensación económica o en especie, era muy común sentarnos todos a la mesa y recibir comida diferente, regularmente a mis hermanos y a mí en el desayuno no nos tocaba leche y pan dulce como a mis primos, pero sí un exquisito café negro y un delicioso bolillo y por la tarde nuestra querida sopa aguada y un rico plato de frijoles, porque el guisado era para los adultos y para los niños con papás presentes. Con la aprehensión de mis padres nos convertimos en una especie de niños apestados o de mal agüero, y no era para menos, ya que los encargados de la “seguridad” del país no perdían la oportunidad de hostigarnos, por lo que a esa edad fuimos “desalojados del seno familiar” y me vi en la calle con mis hermanos menores arrastrando nuestra cama como única pertenecía encima de un carrito de baleros buscando dónde dormir (que si Buñuel nos hubiera visto, hubiéramos sido motivo de su inspiración).

Mi primera actividad política fue a los 5 años cuando una madrugada mi padre me despertó y me llevó a la fila de la leche de la Conasupo a repartir dinero metido en sobres, mientras él y mi tíos (así les decía yo a sus compañeros de armas) repartían los sobres con el dinero a las personas adultas de la fila; yo tenía la tarea revolucionaria de entregar los sobres con 500 pesos cada uno en manos de los niños –que no eran pocos a los que enviaban sus madres solos a hacer “la cola”– y decirles: “agárralo con fuerza, corre y no pares hasta llegar a tu casa”.

Conocí a doña Rosario Ibarra de Piedra siendo niño en la Secretaría de Gobernación en una entrevista con el entonces secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles a la que acudí para exigir que mi madre y guerrillera presa en Santa Marta Acatitla no fuera trasladada a las Islas Marías. Poco tiempo atrás mi guerrillero padre preso en Lecumberri había sido exiliado a Cuba después de un intercambio de prisioneros con el gobierno de Luis Echeverría, por lo que siendo tan pequeño no estaba dispuesto a también dejar de ver a mi madre por la dificultad que implicaban las distancias. Después de plantear mi exigencia a Reyes Heroles ante la prensa y con el apoyo moral de las madres de los desaparecidos evitamos que me dejaran sin madre, mi emoción fue tanta que no pude contenerme y fui al baño dentro de Gobernación en Bucareli e hice una pinta sobre aquel hermoso mármol que decía: “Desaparecidos Presentación–Presos Políticos Libertad”. Salimos bien empoderados por la pequeña victoria a tomar un café con leche y bísquet que invitó doña Rosario en la esquina en el café La Habana, donde había que platicar bajito porque se decía que había micrófonos por todos lados.

Participé mucho años con el Comité que después se llamó Eureka; la solidaridad y el amor de doña Rosario siempre fue infinita. Después de algunos años, en mi etapa de internacionalista, en un grave problema por mi actividad política que se me presentó en Centroamérica (en donde afortunadamente recién se había ido Barro Rojo y Enrique Cisneros “El Llanero Solitito” de la casa) problema que me costó seres queridos y algunos huesos rotos. Tuve que cruzar algunas fronteras herido y refugiarme en la embajada de México en Guatemala sin documentos, y de todos los “compañeros” sólo doña Rosario Ibarra y Pablo Gómez siendo diputados fueron quienes dieron la cara por mí, para traerme con bien a México. Siendo un poco inquieto, poco tiempo después de una actividad en Oaxaca tenía que ponerme a salvo porque habíamos hecho encabronar al gobernador que no dudó en amenazarnos de muerte, y fue nuevamente doña Rosario la que me consiguió un boleto de avión con otro nombre para poder alejarme un poco, fue la última vez que la vi.

Fui deformado en muchas escuelas y he participado en centenares de luchas por justicia: sindicales, estudiantiles, campesinas, obreras, ecologistas, indígenas, académicas, magisteriales, populares, feministas y revolucionarias. Como joven especialista alguna vez fui convocado por el Dr. Jorge Carpizo siendo secretario de Gobernación para diseñar un programa de readaptación para menores infractores, por lo que tuve la oportunidad de conocer bien las Islas Marías, que en lo personal ya formaban parte de mi cultura no sólo por el evento con mi madre, sino también por narrativas de mi padrino Pepe Revueltas. Por mi necesidad de tragarme el mundo –cómo decía mi abuela paterna– tuve la fortuna de contar con maestros y amigos como Juan de la Cabada, Fayad Jamis, Paulo Freire, Iván Ilich, José Saramago, Eduardo Galeano, Enrique Semo, Pablo González Casanova, Samuel Ruiz y Alain Touraine entre muchos otros, crecí escuchando a mi madre cantar la versión comunista de “o bella ciao”, que ahora Julio Hernández Astillero trae a la memoria todos los días al haberla escogido como la melodía insignia de su programa en Radio Centro 97.7 de 1 a 3 de la tarde, por lo que se podrán imaginar que con tremendas amistades, algo dañado debo estar. No sé decir lo que la gente quiere escuchar, sólo digo lo que pienso, me ha llevado una vida construir mi autonomía y así moriré.

Pero ahora que el gobierno de México le da la medalla “Eduardo Neri” a doña Rosario y coincide con que hace unos días fue el cumpleaños 65 del compañero Jesús Piedra Ibarra, el desaparecido hijo de doña Rosario motivo de una de las más grandes epopeyas de una madre combativa que nunca ha dejado de buscar a su hijo y de exigir justicia ni un solo día por más de 44 años y también ahora el gobierno anuncia que las Islas Marías dejarán de ser prisión y que harán un complejo turístico en honor a Nelson Mandela y José Revueltas con el más desafortunado de los artilugios que hasta ahora el Lic. López Obrador ha usado en sus conferencias mañaneras, que fue la de exhibir y levantar con su brazo libertario las cadenas y grilletes de la opresión para expresar con una amplia sonrisa: “esto se acabó”; un poco tarde, porque semejantes instrumentos hace muchos años que no se usan en las islas.

Bueno, esta serie de eventos son los que provocaron que un servidor se animara a contarles un poco de mis felices vivencias (nunca he sido víctima) para fundamentar mi opinión sobre estos circos mediáticos, por lo que dudo mucho que doña Rosario se sienta honrada con una medalla en lugar de darle justicia o la tranquilidad de saber dónde quedó su hijo Jesús; y menos si esta medalla viene de un gobierno que insiste en dar las riendas de la paz a los militares, cuando perfectamente sabemos de lo que son capaces, este mismo ejército que a los 21 años arrancó de sus brazos a Jesús Piedra hace 44 años.

Y les puedo asegurar que Pepe Revueltas se está retorciendo en el paraíso de los comunistas entre indignación y burla al escuchar que se usa su nombre para un proyecto turístico del capitalismo en su honor en las Islas Marías.

Si quieren honrar a José Revueltas cambien su política de Estado capitalista por una social, solidaria y humana que empodere a los trabajadores haciéndolos dueños de su trabajo en cooperativas y si quieren honrar a doña Rosario díganle dónde está Jesús para que tenga paz, liberen a todos los presos políticos y encuentren a las decenas de miles de desaparecidos.

Con la cantidad abrumadora de poder que este gobierno le está dando al ejército y como se ven las cosas para los próximos años, en este amado México convertido en una gran fosa clandestina, los que quedamos vivos deberíamos comenzar a poner jardines en todos lados para que todos nuestros muertos y desaparecidos y los que faltan, tengan y tengamos un poco de ternura y paz donde quiera que se encuentren o donde quiera que quedemos. Y les recomendaría que desistan del absurdo nombre “Muros de Agua” para el proyecto en las Islas Marías porque mientras el mundo lucha por derribar y evitar muros acá los cultivamos y en el texto “Muros de Agua” de Revueltas la desolación es la protagonista y es como dejar en prisión por siempre al autor, que toda su vida luchó por lo mismo que Mandela y es el anhelo primario de la dignidad humana, así que un mejor nombre para honrarlos debiera ser sólo: ¡Libertad!

La vida (mientras dure) es una construcción consciente.

Iván Uranga.

@CompaRevolucion

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