La sucesión presidencial debe salir de los gobiernos. Autor: Felipe León López

Felipe León López

Quizá porque Andrés Manuel no formó parte del grupo histórico que dio vida a la Corriente Crítica del PRI entre 1980 y 1986, cuando Porfirio Muñoz Ledo y Rodolfo González Guevara la idearon. Ni tampoco estuvo cuando se sumaron otros connotados priistas de ese entonces a ese movimiento, como Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez, Cristóbal Arias,  que después fuera rebautizado como “democrático” y el cual había nacido con dos fines específicos: luchar contra “el dedazo” presidencial, lo que implicaba abrir a la militancia priista el proceso de selección del próximo candidato, y, por otro, una crítica a la política económica, concentradora, especulativa, antipopular y al sistema de toma de decisiones donde el partido oficial sólo era una “oficialía de partes” que debía obedecer las órdenes del presidente.

Quizá como llegó tarde al llamado del Frente Democrático Nacional en que además de la Corriente Crítica del PRI se sumaban partidos parapriistas como el PST, PPS y PARM y algunos más sin registro, pues AMLO llegó a aceptar la candidatura del FDN para el gobierno de Tabasco ya avanzado el proceso electoral de noviembre de 1988, tampoco entendió que el espíritu de lucha por la democratización empezaba principalmente en estos institutos y movimientos políticos y después trasladarlo al país.

Quizá por estas razones es que en pleno 2021, a mitad del camino del primer sexenio del autollamado “gobierno de izquierdas”, parecería que se está resucitando al viejo PRI, al viejo modelo en el cual el presidente de la República es el controlador, amo y dueño de los destinos del país, al grado de que tiene ya hasta el control de cómo debe ser y comportarse la oposición partidista (que no así las oposiciones sociales y fuera de los partidos políticos).  

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Así, como en el viejo presidencialismo, el titular del Ejecutivo ha marcado la pauta para anticipar él mismo su proceso sucesorio, colocando una lista de notables de su equipo y descalificando anticipadamente cualquier posibilidad de un juego democrático entre las oposiciones.

Por esta razón, la carrera por la sucesión presidencial del 2024 tiene atrapado al gabinete federal y, aunque son gobiernos y poderes distintos, también al gobierno de la Ciudad de México y al Senado de la República.  Y por supuesto, afectan el ritmo de la administración pública federal y estatales; la relación entre poderes de la República; las decisiones que corresponderían al Poder Judicial resolver en autonomía entre los demás funcionarios federales. El contagio al ambiente político nacional es total y abre riesgos de indisciplinas y descontrol en el liderazgo y equipo presidencial.  

Hace unos meses comentábamos que el presidente de la República aceleró su propia sucesión como una fórmula de tener el control de a quién podría darle el voto de confianza de la continuidad de la llamada “cuarta transformación”.

No hay duda que Andrés Manuel concentra el poder político de la 4T; él es origen y destino de las decisiones políticas fundamentales; sus funciones y atribuciones rebasan con mucho las de cualquier otra instancia del partido e incluso del Estado mexicano, como quedó demostrado con su práctica política para controlar los daños políticos de la crisis de la Línea 12, haciendo a un lado a la jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum y a Marcelo Ebrard, pasando por encima de toda lógica política, ética pública y de administración y procuración de justicia para las víctimas de la tragedia de una obra pública construida, administrada y gestionada por su propio grupo político (así ahora estén divorciados).

El problema de fondo es que más allá de tener el control, el primer mandatario pareciera mandar el mensaje de que desconfía de todos, como en el viejo PRI, cuando el presidente en turno sabía que podría ser traicionado y por tanto, hacía el juego de los tapados y al final imponía “lo que dijera su dedazo”. Por esa razón nació la Corriente Democrática, para acabar con los dedazos y el canibalismo político de la sucesión presidencial de cada sexenio.

AMLO debería revisar la historia de su primer partido y de cómo operaba. El sistema político estaba enfermo: cada presidenciable rompía con el anterior en el propio proceso de la sucesión porque su falta de legitimidad hacía que tuviera que destruir a su antecesor, traicionarlo, erradicarlo y minimizarlo.

Al igual que en el pasado, hoy, cada “tapado”, “tapada”, “corcholata” o “caballo negro”, hacen lo posible por congratular al presidente y afianzar la idea de que ellos tienen la marca de la lealtad, disciplina, capacidad de continuidad transexenal.

Así tenemos a los dos visibles presidenciables jugando vencidas. La jefa de Gobierno operando políticamente la tragedia de la Línea 12, celebrando sus cifras de vacunación contra covid19, subiendo a sus redes sociales imágenes de que es igual a AMLO (como jugando béisbol, comiendo en fondas, saludando a Félix Salgado o haciendo giras por el sureste).  A su vez, la política exterior está inmersa en esos mismos aires. Hay que leer los inauditos baños latinoamericanista e izquierdistas del canciller Marcelo Ebrard, quien ya fuera fugaz subsecretario de la Cancillería con Carlos Salinas, pero ahora en la 4T busca demostrar con estas acciones que tiene sangre revolucionaria, sin importar qué conflictos podría desatar en la relación con los principales socios comerciales (EEUU y Canadá) o con los titubeantes gobiernos de presuntamente aliados como Nicolás Maduro, Evo Morales, Miguel Díaz Canel, Alberto Fernández o Pedro Castillo.

Lo más crítico está en el gabinete, gobernadores, alcaldes y legisladores morenistas. La Cuarta Transformación podría enfrentar una grave crisis porque en el gobierno se podría dar una lucha cada vez más feroz dentro de la burocracia que necrose y lesione a la administración pública, dejando aislado al presidente para su toma decisiones de gran trascendencia. Las encuestas como método de simulación del dedazo del presidente es la peor decisión que podrían tener y desatar una guerra civil morenista de desenlaces impredecibles.

Por estas razones es que la sucesión presidencial debe salir del gobierno, que los aspirantes presidenciales demuestren altura de miras y tengan que abandonar sus posiciones actuales de poder público y que sus proyectos políticos las expongan en las plataformas de su partido político y de frente a los ciudadanos.

Si entre 1980 y 1988 surgió la Corriente Democrática contra el dedazo, ahora en MORENA deben también pugnar por que de verdad sean democráticos, abiertos, plurales y realmente demuestren que son distintos a viejos regímenes priistas.

Desde mi rincón Covid19

Finalmente, y pese a todos los cuidados, al que esto escribe le pegó el virus. Por esta situación esta columna ha tenido poco frecuente en estos días. La vacunación tuvo sus efectos y las secuelas de la enfermedad han sido leves, algunos mareos y dolores de cabeza. Llevamos una semana y esperamos salir adelante para continuar metiendo nuestra cuchara al análisis político nacional.

Contacto: feleon_2000@yahoo.com

Felipe León López
Felipe León López

Analista político, egresado de la FCPyS UNAM, con especialidad en estudios prospectivos. Es coautor de El Video poder en México (1995), Una Historia hecha de Sonidos (2004), Historia y Remembranzas de Radio Educación (2008) y Días de Radio (2017). Ha sido colaborador de portales, diarios y revistas de cultura, política y educación. Contacto feleon_2000@yahoo.com

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