La poesía no es de quien la escribe. Autora: Pilar Torres

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Para I.S.

Al salir de la escuela, Ella y yo caminábamos juntas hasta la parada del camión, y luego tomábamos la ruta de Barranca del Muerto al Metro Patriotismo. Ella se bajaba en la Escandón y yo algunas cuadras después, para ir a la casa de mi abuela. Mentiría si dijera que éramos grandes amigas, pero disfrutábamos la compañía cotidiana. De hecho, a veces nos desviábamos un poco para continuar la charla, cuando se ponía buena: El profesor que nos gustaba, las recetas de “Como agua para chocolate” (que Ella preparaba y me convidaba), sus clases de flamenco y mis clases de teatro; las letras de algunas canciones de Miguel Bosé… las películas de Almodóvar o Win Wenders. En esos días, descubrí “Bajo el cielo de Berlín”, de donde se extrae el muy conocido poema de Peter Handke, Las alas del deseo, que así empieza:

Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente
y que este charco fuera el mar.

Esto no es un análisis literario. Mucho menos uno de esos concienzudos y especializados. Tampoco pretendo opinar de un autor del que nada más conozco unos cuantos textos y dos películas basadas en sus novelas. Sólo quiero comentar, desde mi experiencia, algunas líneas de un poema de Handke, el más conocido y el más entrañable; que conocí hace veinte años. Espero disculpen las referencias personales

Cuando el niño era niño
no sabía que era niño
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Y es cierto. Con el paso del tiempo esas líneas parecen tener más sentido que hace veinte años, cuando las descubrí. A alguien le escuché decir que ojalá las personas tuviéramos dos vidas: una para vivirla y otra para conversarla con los demás, como si no pasara el tiempo. Esta mañana pensé en eso cuando me acordé de Ella; es que así llegan los recuerdos, a veces, como pequeños remolinos.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué no allí?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad son los malos?
¿Cómo puede ser que yo, el que yo soy,
no fuera antes de devenir; y que un día yo,
el que yo soy, no seré más ese que soy?

¿A poco no es cierto que a veces los hechos se narran como película, como destellos de recuerdos que llegan a través de la memoria involuntaria? Ya saben, esa que nos sorprende cuando algún aroma, sabor o imagen presente, evoca algo del pasado que se creía olvidado. Así, los recuerdos de cuando nuestro niño(a) era niño(a), nos acontecen, nos sorprenden, se entromete en medio de una junta de trabajo, de un embotellamiento camino a casa, en medio de una clase, de una fiesta.

Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las judías,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.
Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, sólo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.

Podremos no saber qué es el tiempo, pero intuimos que no se reduce a aquello que marca el reloj y nos hace correr por las mañanas y añorar las vacaciones o el viernes de quincena, que aún no llegan.

Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.

No somos tontos. Entendemos que el presente es lo que cuenta, que no hay que vivir en el pasado, y otras frases hechas; pero también que, a pesar de que el tiempo se nos diluye entre las manos, hay algo que permanece y no siempre sabemos qué hacer con ello.

Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

Ya pasaron veinte años de aquellas charlas al regreso de la escuela. Hoy Ella no la está pasando nada bien y seguramente por eso los recuerdos vienen de golpe, junto con la nostalgia y la esperanza de que pronto supere mi amigaesta racha. No sé si sea coincidencia que, en estos días, por lo del Nobel, las letras de Peter Handke sean un tema obligado o sea una rara coincidencia.

En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando,
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.

Los problemas ya no son los mismos que cuando éramos estudiantes. Hoy son un poco más cotidianos, más reales. Lo normal es pensar que ya no somos los mismos… pero no es cierto. Lo principal está ahí, aún sigue vibrando. Nos pasaron veinte años encima, pero los amigos de aquellos años siguen siéndolo. Tal vez sólo es cosa de saber reconocernos.

Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.
Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

A propósito de poesía y de premios Nobel de Literatura, recordemos algo que dicen que dijo Pablo Neruda, a su amigo cartero: la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.

@vasconceliana

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