José Reyes Doria.
El presidente Andrés Manuel López Obrador ha inventado la Mañanerocracia a partir de sus conferencias de prensa mañaneras. Patentó una forma de ejercer el poder que, con la debida dosis de imaginación, picardía e indulgencia de los clásicos, podríamos jugar a clasificarla como forma de gobierno. Polibio estaría tentado a incluir la Mañanerocracia como forma de gobierno irregular. Aristóteles la tacharía de forma mala de gobierno, una variante de la demagogia, que a su vez es una degeneración de la democracia. Maquiavelo le reconocería estatus de forma de gobierno sin chistar, a pesar de venerar el gobierno republicano de la antigua Roma, mientras que Hegel esbozaría una sonrisa inescrutable ante tal idea, tratando de establecer una relación dialéctica entre su preferida monarquía constitucional y la Mañanerocracia.
Las formas de gobierno, en general, se han pensado y puesto en práctica, con el objeto de, primero, alcanzar el gobierno más estable y eficaz; y, segundo, el gobierno más representativo y justo. La estabilidad ha sido la principal premisa para pensar si la monarquía, la aristocracia o la democracia son las mejores formas de gobierno, y cuáles de estas tres son las más propicias a degenerar en sus contrapartes corruptas, es decir la tiranía, la oligarquía o la demagogia. Al menos así lo veían en la Grecia clásica. Los romanos introdujeron y practicaron las formas mixtas de gobierno, la división de poderes, la República, en una concepción política que, en lo esencial, perdura hasta nuestros días.
Con base en esta arquitectura política, la historia registra innumerables formas de organizar y ejercer el poder, que van desde el absolutismo hasta el populismo, desde el bonapartismo hasta todo tipo de ismos. En este orden de ideas, la Mañanerocracia de López Obrador se despliega sobre una forma de gobierno republicana, representativa, democrática, laica y federal, con división de Poderes y soberanía popular, como es la mexicana prevista en la Constitución. La Mañanerocracia es una forma peculiar de concentrar y ejercer el máximo poder político. Va más allá de lo que Daniel Cosío Villegas llamó el “estilo personal de gobernar”, pues se trata de una estructura política que permite al Presidente controlar las principales variables de la vida pública.
Contra lo que pudiera parecer, la Mañanerocracia no tiene como pilar una ideología o una doctrina, pues la llamada Cuarta Transformación nunca pudo ser dotada de una coherencia doctrinaria mínima, y los resultados de gobierno en relación con las promesas de cambio transformador han sido realmente modestos o malos en temas como la salud, el empleo, la seguridad social, la seguridad pública, la alimentación o el combate a la corrupción. No: la fuerza de la Mañanerocracia se basa en la diaria imposición del poder presidencial a través de la palabra, en un esquema ultra personalizado en la figura de López Obrador.
La Mañanerocracia encierra un mensaje disciplinado, incesante, implacable e incansable, que tiene como base la imposición de una dicotomía básica: nosotros somos los honestos, los que amamos al pueblo, los que no robamos, no mentimos y no traicionamos; ustedes son los corruptos, los hipócritas, los privilegiados, los conservadores que desprecian al pueblo, los que nunca van a volver al poder. De este modo, se asigna valor político y moral a unos y se expulsa del paraíso a los demás. Pero no es mera retórica, tampoco es una ramplona expresión de maniqueísmo.
Ese mensaje tiene un objetivo estratégico para el dominio y el posicionamiento de AMLO y su proyecto. Está respaldado por un poder avasallador. Su propósito vital es descalificar al opositor político hasta la ignominia, negarle legitimidad para la acción política, condenarlo para siempre como indigno saqueador del pueblo y defensor de privilegios. Cuando la ocasión lo amerita, la Mañanerocracia ejerce el amedrentamiento velado o abierto contra el opositor, se exhiben sus bienes, sus cuentas, sus relaciones, se estigmatiza su pasado para que entienda que no tiene cara ni vergüenza para luchar contra la 4T.
La normatividad de la Mañanerocracia no es solo la constitucional o la legal, sino que se nutre de mandatos que el Presidente asume como superiores, mandatos que provienen del pueblo, de la Historia o de su corazón justiciero. Con todo, la acción de la Mañanerocracia no es ilegal, aunque la palabra presidencial se arroga la potestad de avasallar a los opositores sin detenerse en sutilezas garantistas, ya que, como se dijo, en la prédica de la Mañanerocracia los opositores, en tanto defensores corruptos del régimen neoliberal, no tienen derecho ni a patalear.
La condena a los opositores y los críticos, sistemática e implacable, tiene efectos palpables. Desde 2018 la oposición política no levanta; al contrario, cada vez carga con más repudio y desprestigio. Las masas que siguen a AMLO, una mayoría que ronda el 65%, son fundamentales en esta forma de gobernar, ya que legitiman la vertiente punitiva de la Mañanerocracia y replican la cotidiana satanización del PRIANRD. De esta forma, los opositores, en algunos casos, acaban conduciéndose como López Obrador dice que deberían actuar si tuvieran vergüenza, es decir, culposos, inseguros, pusilánimes y vacíos de ideas y palabras.
En la Mañanerocracia, la propaganda más básica se convierte en acción política repetitiva, machacona y, en virtud de ello, efectiva. Desde el día uno de su mandato, AMLO apostó a hacer sentir su poder con una especie de oración matinal insistente, con mensajes elementales que se expresarían una y otra vez hasta convertirse en el dueño y señor de la Palabra. La apuesta era arriesgada, pues, con buenas razones, muchos pensaron que esa estrategia no iba a durar más allá de unos cuantos meses, que la gente se iba a aburrir o que los malos resultados de su gobierno generarían una gran incredulidad y rechazo a las mañaneras.
Pero no fue así. A cinco años de su gobierno, AMLO hizo de sus mañaneras una forma de gobierno. Una forma de concentrar y personalizar el poder, de someter a opositores y subordinar hasta el terror a sus colaboradores. Secretarios de Estado, directores, oficiales mayores, legisladores, gobernadores, son apremiados o descalificados desde las mañaneras, a veces de forma ruda y despiadada. Desde su poderosa tribuna, AMLO dicta instrucciones a sus funcionarios, lanza oráculos que su gabinete debe descifrar, marca líneas de acción que sus empleados y seguidores deben realizar como a él le gusta, so pena de sufrir el trueno de su reproche.
Uno de los más notables ejes de la Mañanerocracia es que propios y extraños han aceptado la palabra de AMLO como la acción política principal, que determina todo lo demás en la vida pública. Incluso quienes critican y se oponen, caen en el juego o son absorbidos por la influencia presidencial, como Denisse Dresser, quien ingenuamente exigió que se cancelen las mañaneras, dándole así oro molido al Presidente para machacar y reafirmar su mensaje propagandístico-político.
La palabra de AMLO así impuesta, ha desarrollado, al menos en la cabeza del Presidente y el imaginario de sus seguidores fieles, el don de cambiar las realidades. Cuando las cosas no salen como él quiere y la gente espera, en los terrenos de la economía, la seguridad, la salud, las negligencias o los casos de corrupción e impunidad escandalosa, López Obrador asume la osadía de negar los hechos: sobre todo en los últimos dos años ha afirmado cosas que la realidad desmiente, como que en México no se consume o produce fentanilo, que la violencia ha bajado, que nadie se quedó sin atención en la pandemia, que no ha crecido la deuda, que ya hay medicamentos para niños con cáncer, que Ovalle es inocente por el desfalco de SEGALMEX, que ya no hay corrupción.
Tanto sus seguidores como sus adversarios y enemigos, se allanan a esas afirmaciones presidenciales que desafían a la verdad, unos por fervor y otros por la tremenda animadversión e incluso odio que anidan. Hasta ahora, le ha funcionado, en una dinámica en la que el Presidente parece engolosinado, al grado de sentirse con el poder de renombrar las cosas, de reinaugurar los tiempos, de asignar nuevos significados a lo existente.
Porque, en efecto, las mañaneras, fuente fundamental de la Mañanerocracia, nunca fueron diseñadas para informar. Son un instrumento político que hace de la propaganda más básica, un ariete a través del cual el Presidente busca desactivar políticamente a los que no están con él, destruirlos en su potencial de adversarios y portadores de alternativas. El mensaje de las mañaneras, también se pensó para premiar lealtades y enaltecer a los más fieles colaboradores del Proyecto.
La Mañanerocracia tiene el punto débil de que concentra el poder en una persona. Una persona acotada por el tiempo y la ambición de sus hasta hoy fieles escuderos. Basada en la palabra dicha desde el poder, esta forma de gobernar puede colapsar si el poder se va alejando del emisor de esa palabra y se arrima a nuevas estrellas en ascenso. Pero no es descabellado pensar que el poder de AMLO, su Mañanerocracia, puede trascender más allá de su sexenio. De hecho así fue pensada y diseñada, para retener poder e influencia. El mensaje mañanero es consustancial a López Obrador, no a la investidura. Veremos qué dicen, en pocos meses, Claudia o Marcelo.
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