La incertidumbre y el COVID-19. Autor: Víctor Manuel Rodríguez Molina

Imagen ilustrativa. Foto: Xinhua/Jorge Villegas.

La pandemia del COVID-19 que hoy vivimos, ha puesto de manifiesto la gran complejidad que representa la organización de los sistemas de salud. No obstante, responder oportuna y eficazmente ante los brotes infecciosos no es suficiente, existen cientos de problemas que se van sumando en este tipo de emergencias. Uno de ellos corresponde a cómo reaccionar ante la incertidumbre, esto debido a que se trata de un virus nuevo del cual aun no contamos con suficiente conocimiento que nos ayude a combatirlo. Si bien es cierto que en muy poco tiempo ya se empieza a conjuntar información científica de utilidad, aún hace falta mucha más. Por ejemplo, ya se han desarrollado pruebas para realizar un diagnóstico rápido y certero. Ya contamos con medidas preventivas importantes como lavarse las manos, quedarse en casa si se está enfermo y evitar los espacios confinados o con multitud. También ya se empieza a acumular experiencia sobre como tratar a los pacientes infectados. Todo esto si bien no elimina al virus, sí es de gran utilidad para prevenir la propagación de las infecciones.

Asimismo, debemos considerar que las pandemias anteriores nos han dejado enseñanzas importantes que hoy están guiando la actuación de los responsables en el manejo de este brote infeccioso. En el caso de los médicos responsables de tratar a los pacientes infectados por COVID-19 se encuentran en condiciones de gran incertidumbre, pero aún así deben de actuar con profesionalismo. En este sentido, es de resaltar que no todas las personas contamos con la misma tolerancia ante la incertidumbre, de ahí que, sin considerarlo una exageración, para muchos pueda ser fuente de altos niveles de estrés o francamente provocar el desarrollo de problemas como la ansiedad.

¿Cuantas veces nos hemos sentido incómodos o francamente inquietos por no saber qué pasará en el futuro ante un problema particular? El estrés se incrementa cuando además no contamos con la información suficiente que nos ayude a hacer una predicción. La incertidumbre, en muchos casos, puede significar miedo, miedo a lo desconocido. En este sentido, uno de los antídotos contra la incertidumbre es mantenernos informados. Sin embargo, en situaciones en las que la información es escasa,  también debemos de considerar evitar la comunicación contradictoria que puede crear más confusión. Sin duda, la comunicación clara y directa es la que nos ayuda a combatir el miedo y  permite la toma de mejores decisiones.

La clave para reaccionar ante emergencias como la que hoy vivimos se basa en una respuesta rápida y efectiva por parte de los expertos, sin embargo, los miembros de la sociedad también debemos mostrar nuestra solidaridad y cooperación. En términos generales los humanos tendemos a minimizar o combatir la incertidumbre como una forma de promover nuestra sobrevivencia, ya que disminuye la generación del estrés y la ansiedad. Es muy frecuente que se recurra a frases, pensamientos o acciones que nos parecen positivos y tendemos a rechazar la información que consideramos negativa.

Uno de los aspectos más importantes de la incertidumbre es que al vernos atrapados por ella, disminuimos nuestra certeza para enfrentar los problemas, en otras palabras, a mayor incertidumbre nuestra capacidad para prepararnos de manera eficiente disminuye, lo que a su vez nos generará respuestas poco asertivas. Para mantenernos a salvo es muy importante estar informados, actuar con calma y conocimiento. Cuando nos encontramos en un escenario de incertidumbre, nuestras respuestas se caracterizan por ser negativas, un tanto exageradas, nos encontramos a la defensiva y extremadamente vigilantes del ambiente, sobre todo cuando las causas de la incertidumbre son algo que de antemano sabemos que puede provocar daño. También es frecuente que podamos ser intolerantes ante los objetos o la información que nos produce miedo.

Las condiciones de alta incertidumbre son tierra fértil para la generación de mitos o falsas alarmas que inducen pánico social y la catastrofización, como lo hemos visto en las malas prácticas de algunos medios de comunicación o en redes sociales.  Crear alarma ante las amenazas a la salud es una situación altamente contraproducente, ya que reduce la capacidad de organización de los sistemas gubernamentales para movilizar a la población.

Por último, y a manera de información complementaria, no olvidemos que la mayoría de las reacciones arriba mencionadas no son un mero producto de la mente, sino que tienen un sustrato en nuestro cerebro que es bien conocido. Existen áreas encargadas de su procesamiento, estas regiones nos ayudan a reaccionar ante la incertidumbre y son: la corteza cingulada, la corteza prefrontal y la amígdala cerebral.

No olvidemos que la vacuna contra el miedo es la buena información. El miedo no salva vidas, por lo que ante todo es importante no sembrar el pánico, aprender a documentarnos de fuentes confiables y profesionales, es decir fuentes generadas por expertos, y no contribuir con la propagación de mitos. En situaciones de riesgos a la salud, todos tenemos algo que aportar.

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