La fallida búsqueda de redención. Autor: Jorge Torres

Felipe Calderón es el protagonista de uno de los capítulos más controvertidos de la historia moderna de México. Su presidencia estuvo marcada por una política de seguridad que derivó en una espiral de violencia cuyo saldo trágico aún forma parte de la realidad del país. Proclamada como “la guerra de Calderón”, el episodio sexenal eclipsó cualquier hecho significativo de su administración.

Decidido a ajustar cuentas con la historia, el exmandatario mexicano nos entrega Decisiones difíciles, un voluminoso libro con el que busca reivindicar su presidencia.

Escrito con la aridez de un informe gubernamental, la relatoría del expresidente está condimentada con anécdotas que por momentos vuelven interesante su lectura. No hay grandes revelaciones y el abuso del artificio muestra las costuras del texto, diseñado para dotar de validez las premisas que imperan en sus páginas.

Calderón construye los cimientos de su versión de la historia reciente, a partir de un principio político: “Gobernar es decidir” y “no es ni remotamente algo simple”. En un afán de fortalecer esta idea, redunda en lo obvio: En las decisiones que toma el presidente de la República, “lo que está en juego es el rumbo de la nación y las condiciones de vida de decenas de millones de personas”.

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El autor quiere asegurarse de que comprendemos a cabalidad lo que significa tomar “decisiones difíciles”, el alma de su trabajo como presidente. Nos dice que gobernar es “el punto de encuentro de grandes dilemas éticos”, califica de “pesada” su responsabilidad al frente de la administración, donde se tuvieron que asumir determinaciones que por su naturaleza “nadie quiere tomar”, y que son delegadas “al escritorio del señor presidente”, la trinchera desde donde “la firmeza de carácter” y “el valor de asumir las consecuencias”, permite encarar las crisis que acechan al país.

El poder presidencial, lejos del glamour y la ovación, se representa en el rincón de la soledad de Palacio, donde se enfrenta el poder de un presidente con las decisiones que irremediablemente se tienen que asumir. Esta es la imagen que Felipe Calderón quiere fijar en la mente de sus lectores antes de entrar en materia, antes de “reflexionar” sobre “algunas de las decisiones más importantes” que tomó durante su sexenio.

Las disertaciones del ex mandatario sobre el poder presidencial se interrumpen con un azaroso cuento sobre sus inicios en la política, en donde compara a su padre con Job, y muestra la entraña católica de su temperamento.

Durante catorce capítulos, Calderón da cuenta de una apretada versión de la historia política reciente, salpicada de comentarios y valoraciones que buscan ubicarlo precisamente del lado correcto de esa historia.

Desde las primeras páginas nos quiere convencer de que su aventura en pos del poder fue épica y que arriesgó la vida aún antes de sentarse en la silla presidencial. Así lo documenta uno de los pasajes que aparecen en el libro.

Semanas antes de recibir las llaves de Los Pinos, el entonces procurador Daniel Cabeza de Vaca, le dijo que el narcotraficante mexicano Osiel Cárdenas, preso en ese entonces en Almoloya, tenía un plan para asesinarlo. Resulta que informantes de la DEA aseguraban que para el Cártel del Golfo la banda presidencial en el pecho del panista era un “inconveniente”. La versión se la habría ratificado el entonces secretario de la Defensa, Gerardo Clemente Vega García.

“En medio de la presión y la incertidumbre marcada por esta información, más el asedio y la intención golpista de López Obrador y sus huestes para desestabilizar al país hasta lograr mi derrocamiento, empecé a preparar el gabinete que me ayudaría a enfrentar los grandes retos del país”, evoca el exmandatario al describir con detalle la elección de 2006, una colección de hechos que concluirán con su accidentada toma de posesión como presidente en medio de críticas e impugnaciones.

Para este momento, Calderón inicia la construcción del relato que dará soporte a las decisiones que tuvo que tomar a lo largo de su administración. Destaca en su narración la gestión que llevó a cabo en 2009 junto a su secretario de Salud, José Ángel Córdova, para encarar la emergencia sanitaria por el brote de influenza AH1N1, un virus desconocido hasta entonces. A esta historia le añade un toque de suspense narrativo porque es de la que obtendrá la “conclusión” en la que basa el argumento central del libro: “Gobernar significa tomar decisiones riesgosas en escenarios de incertidumbre”.

Pero el apartado que captura la atención es el relativo a la seguridad, el tema que lo catapultó a la larga lista de villanos nacionales. El expresidente ha sido indiciado por un sector de la opinión pública precisamente por una de las decisiones más controvertidas de su gobierno: la declaratoria de “guerra” contra el crimen organizado. Ya han transcurrido más de siete años desde que abandonó el poder, y su reputación pública sigue atada a esa decisión.

Por eso el interés en el capítulo 11 del libro, dedicado a la política de seguridad y a las alternativas que tenía para instrumentarla. Seguridad, la tarea inconclusa, es la apretada versión de una historia ensangrentada, un intento de redimensionar el problema del crimen y la violencia en México.

El expresidente nos asegura que durante todos estos años ha “profundizado en el análisis de lo que ha pasado” y desea compartirnos sus “conclusiones”. La premisa de su explicación es que “el crimen organizado se estaba apoderando de pueblos y ciudades enteras” y las bandas de criminales fueron tomando poco a poco “el control de la autoridad”.

Calderón cuenta que en los meses de transición le preguntó a Vicente Fox sobre el narcotráfico y el crimen organizado, y éste le respondió evasivo: “Con eso no hay que meterse”.

Ya instalado en Los Pinos, recibía todos los días reportes de homicidios y otros delitos y mantenía reuniones semanales con su gabinete de seguridad, “tratando de entender y descifrar lo que pasaba en el país”.

Es en este punto del libro donde el expresidente nos comparte su perspectiva sobre la transmutación del crimen organizado en México, una versión que se repitió hasta el cansancio en su sexenio tratando de explicar el fenómeno: Luego de que en los noventa los estadounidenses bloquearan la “ruta del Caribe” a la cocaína, el trasiego de droga se canalizó por México, un país que tras la firma del Tratado de Libre Comercio aumentó el ingreso y la capacidad de consumo de las familias mexicanas.

Ambas circunstancias habrían derivado en un aumento en el consumo de droga en el país y se habría generado un nuevo modelo de negocio para las bandas de traficantes: el narcomenudeo. El expresidente muestra su erudición en el tema. Habla de “bolsitas de un gramo” de cocaína y “cortes” que disminuyen su pureza, y hace referencia a “sicarios” y “halcones” que protegen y vigilan “la plaza”, un lenguaje muy utilizado en los años de su gobierno.

En la versión del exmandatario, el “nuevo modelo del negocio” aumentó los ingresos de las bandas criminales y su poder corruptor se expandió, lo que les permitió cercar a policías y autoridades civiles.

El narcomenudeo implicaría el control de territorios enteros y una competencia feroz que habría derivado en enfrentamientos sangrientos entre bandas. El nuevo modelo exigía cadenas de distribuidores y ejércitos de “sicarios” que protegieran la venta y evitaran la pérdida del territorio una vez capturado.

En la perspectiva de la transmutación del crimen, usada como el argumento central para explicar el aumento de la violencia en el país en la historia reciente, la lógica es simple: En la exportación de drogas se controlan rutas y en el narcomenudeo territorios, y “la disputa territorial es el factor que detona la ola de homicidios y violencia en México”.

Las premisas planteadas le sirven al expresidente para la construcción de un argumento aparentemente convincente: “La detonadora de la violencia fue la expansión y búsqueda de control territorial de los grupos delincuenciales y no, como algunos han señalado, la acción del gobierno. El carácter monopólico del negocio desata el enfrentamiento y un aniquilamiento brutal entre criminales”.

El diagnóstico de Felipe Calderón plantea una segunda transmutación de los delincuentes, luego de pasar de la exportación de droga al narcomenudeo, pues habrían expandido sus intereses a la extorsión, el secuestro y el cobro de cuotas de “protección”.

Los “verdaderos perpetradores” de la violencia, insiste, fueron “narcotraficantes, secuestradores, huachicoleros, extorsionadores, violadores, sicarios y hasta ladrones de ocasión”.

“En algunas regiones del país quienes tenían el control de la seguridad, y quien verdaderamente gobernaba, no era el Estado mexicano, gobernaban los criminales”, sostiene el expresidente y nos comparte su teoría sobre la operación del negocio criminal: “Quien administra a la delincuencia común es el crimen organizado, no la autoridad”.

En este orden de ideas, había tres alternativas para afrontar el reto de la seguridad: “Meter la cabeza en la arena, pactar con los criminales o enfrentarlos”. Puesto de esta manera, la decisión resultaba obvia, pero el expresidente la hace aparecer como un éxito de su determinación, como si los problemas del gobierno carecieran de matices.

“Veo hacia atrás y pienso que las opciones que estaban frente a mí eran pocas, complejas, decisiones muy difíciles de tomar, aunque, paradójicamente, en términos éticos eran claras: podía combatir a la delincuencia, o podía optar, como me dijo mi antecesor, por no meterme en ese tema”. En este punto las reflexiones ya están cargadas de autocomplacencia, y los errores que se reconocen son los que derivan de una falta de voluntad que no le permitió hacer mejor lo que hizo. “Si de algo me arrepiento, es de no haber enviado a las fuerzas federales antes a muchas zonas del país para defender a las familias y combatir a los delincuentes, a esos que nadie combatía porque les tenía miedo, o porque estaba comprado por ellos”.

El tono del expresidente adquiere rasgos de profeta bíblico que ha visto el futuro y no ha sabido cómo hacer lo correcto, del teólogo político que observó de frente el mal y no fue capaz de intensificar el castigo, como el enloquecido Leviatán que busca a toda costa imponer la autoridad. “Se pierde la amenaza creíble de que quien comete un delito será castigado. Delinque todo aquel que puede delinquir, no solo los capos o los grandes criminales, pues se ha generado una atmósfera permisiva. La idea generalizada de impunidad propaga la idea de que se puede delinquir sin castigo”.

El castigo es el gran tema del expresidente, no el Estado de derecho. Sin ninguna duda sobre el diagnóstico de lo que ocurría en el país, se concentró en el castigo y en las estrategias que mejores resultados garantizaran. Pero no le alcanzó el tiempo para castigar con más fuerza y se lamenta por no haber sido capaz de “hacer que la sociedad y la clase política identificaran a los delincuentes como los verdaderos enemigos” en una guerra incomprendida.

Por esa razón, cuando acepta las “enormes limitaciones” y los “errores” de su “plan de acción”, concluye con un mea culpa: “No tuve éxito”. El fracaso representado no en los excesos de la fuerza pública, sino en la imposibilidad de castigar más.

Pero el talante de hombre grave que impone penas y castigos a los delincuentes desde el poder para establecer el orden sin importar las consecuencias, que a ratos aparece en las páginas del libro, se transforma en líneas más adelante en el temperamento de una personalidad impulsiva y rijosa.

El retrato de esa faceta se nos revela en un episodio que habría sucedido en un almuerzo con jefes de Estado de América Latina. En la mesa, acompañaban al mexicano, entre otros, los presidentes de Venezuela, Brasil, Honduras y Panamá. Excitado, Hugo Chávez comentaba la compra de un millón de fusiles “para el pueblo venezolano”, y Lula da Silva se regodeaba con la idea de que con la ayuda de Francia construiría la mayor fuerza aérea de América Latina. Chávez dijo de pronto, divertido: “¡Y juntos, Brasil y Venezuela, vamos a invadir México!”, y soltó una carcajada que secundó el mandatario brasileño. Felipe Calderón dejó los cubiertos en el plato y respondió: “¡Y juntos, o por separado, nos la pelan a los mexicanos!”.

En otro apartado cuenta que en una ocasión le pidió al entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, las armas y la tecnología que aparecían en una serie de ficción televisiva, donde el principio de investigación contra el terrorismo era la tortura a los detenidos: “¿Recuerda usted el programa 24, con Jack Bauer?, pues bien, necesitamos todas las herramientas”.

Para Felipe Calderón el poder es un juego de guerra, ejemplificado en dos de las tramas más exitosas de la televisión moderna. “La política es una combinación de House of Cards y Game of Thrones, porque más allá de la fantasía, sí existe ese juego de ambiciones, de traiciones, representadas en tales series de ficción”.

En ese contexto construye su propio concepto de poder, cuyo “elemento esencial”, lo constituye “el mando de la fuerza pública”. Una reveladora concepción del poder desde su presidencia. Pero en ese juego bélico se enfrentó a una abrumadora oposición, que además del mando de la fuerza pública, usó el recurso de la argucia para diezmarlo. “El grupo de gobernadores priístas sabía usar el poder político”, recuerda con la nostalgia de quien perdió la batalla. “Un error que tuve como presidente fue el no haber presionado más arriesgadamente, con todos los instrumentos a mi alcance, a los gobernadores para que asumieran su responsabilidad”.

Para este momento de la lectura, estamos convencidos de que el autor no pretende profundizar en la historia y sólo toca la epidermis enrojecida de esa realidad. Envuelve en el silencio los detalles de la biografía de su exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, preso en Estados Unidos acusado de nexos con el narcotráfico y no abunda en lo que denominó “la complicidad de algunos gobernadores” con la delincuencia organizada.

El libro, más que una revelación sobre los pormenores de las decisiones que tomó como presidente, es un compendio de propaganda aderezada con algunas anécdotas que tampoco aportan mayor información sobre el proceso de toma de decisiones en su gobierno.

Decisiones difíciles es un libro fallido que intenta convencer al lector de que el desempeño del expresidente Felipe Calderón fue épico. Una épica entendida desde el sacrificio de la política, ejercida con la fuerza que autoriza y legitima el poder para aplicar el castigo y eximir la culpa que rondaba el país entero. No hay forma de evadir que desde las primeras páginas la estrategia narrativa intentó construir un personaje histórico que carga sobre sus hombros la pesada losa de sus decisiones y encara con entereza la ingratitud pública, pero desafortunadamente para el autor, faltó talento para sostener esa versión de su biografía.

Pero quizá una de las grandes lecciones que Felipe Calderón aprenda de su propio libro, es que no hay redención en la política, sólo falsos dilemas y la distorsión de la historia plegada al interés propio.

@jorgetorresnews
Periodista, crítico y ensayista, autor de Nazar, la historia secreta y Cisen, auge y decadencia del espionaje mexicano, ambos de editorial Debate.

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