José Reyes Doria | @jos_redo
“Lo que resiste, apoya”, decían los viejos lobos de mar del priismo pensante en la década de los setentas, como Jesús Reyes Heroles. La oposición, por el solo hecho de presentar resistencia consistente, fortalece el proyecto dominante y robustece la legitimidad del régimen. Una oposición decorosa, se erige en adversario de calidad que, además, proporciona estímulos para que el bloque gobernante mantenga la unidad, pues las confrontaciones internas derivadas de las ambiciones de personajes y grupos, fortalecerían a esa oposición acechante.
Con esa lógica, se diseñó la relación del priismo hegemónico con la oposición político-parlamentaria. Se dio la reforma política de 1977 para reconocer a los partidos de todas las ideologías. Así, el PRI y el PAN se alternaron la Presidencia de la República durante la fase del neoliberalismo que abarca los años 1982 a 2018, y podemos decir que la oposición político-parlamentaria fue capaz de presentar una resistencia discursiva y política que, si bien no tenía el poder para frenar las acciones fundamentales del régimen, sí logró colocar en el debate público las críticas de fondo al neoliberalismo.
La oposición político-partidista-parlamentaria más frontal en la fase “prianista” del neoliberalismo, la llevaron a cabo partidos como el PRD, y Morena en el último tramo; pero también jugaron un papel importante numerosos militantes del PRI que abrazaban la ideología del nacionalismo revolucionario, y dieron la batalla en el Congreso y en el debate público. Esta capacidad crítica y de movilización de la oposición convergió con la necesidad de legitimación de los regímenes neoliberales, lo cual hizo posible que éstos cedieran en diversos temas, como la liberalización política, la alternancia en gobiernos estatales y municipales, acciones y reformas para reconocer derechos sociales, de minorías, etcétera. Pero eso sí, sin ceder en los ejes determinantes del modelo neoliberal.
Hoy, ¿cuál es la situación, en esta coyuntura caracterizada por un poder político aplastante del obradorismo? En efecto, hoy domina de forma abrumadora el grupo político encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador. El poder acumulado por el obradorismo es inmenso, recordemos que dominan 25 gubernaturas, tienen mayoría calificada en el Congreso, controlan los Congresos locales, tienen el manejo total de la Administración Pública y el presupuesto, y cuentan con un aparato de información y propaganda incontestable.
Y algo no menos importante: la oposición político-partidista es prácticamente inexistente. En las pasadas elecciones, PRI, PAN, PRD y MC obtuvieron solo el 40% de la votación, la candidata del obradorismo, Claudia Sheinbaum, los arrasó en la disputa por la Presidencia. En la contienda por curules y escaños en el Congreso, la paliza fue de terror: la oposición solo ganó 44 de 300 distritos, y nomás un estado de 32. La debilidad de la oposición es clamorosa.
Para colmo, esa debilidad de la oposición se agudiza aún más, si consideramos que el prestigio y la credibilidad el PAN y el PRI están por los suelos. El estado de ánimo de la gente no ha perdonado, y al parecer nunca perdonará, los agravios, los abusos, la corrupción impune, el cinismo, la soberbia y la burla de los gobiernos y gobernantes del PAN y el PRI. Hay que señalar que ese intenso rechazo contra el PRIAN, ha sido consistentemente alimentado por la propaganda implementada desde Palacio Nacional, a través de lo cual se le atribuyen todos los males del país. La animadversión social contra el PRIAN es de tal magnitud, que, aunque se han presentado casos escandalosos de corrupción, abusos y malos resultados de la gestión de la llamada Cuarta Transformación, el grueso de la gente prefiere votar por el oficialismo que volver a darle su apoyo al PRIAN.
Entonces, la oposición partidista-parlamentaria no tiene capacidad para siquiera incomodar a las mayorías del oficialismo en el Congreso. La oposición tiene escasa legitimidad y menos autoestima para presentar críticas y debates sólidos contra las reformas y acciones tan profundas que está impulsando la 4T, y no hay indicios de que se pueda recuperar en el corto y mediano plazos. Al contrario, las tendencias inerciales, apuntan a un mayor debilitamiento de la oposición partidista, incluyendo un escenario donde el PRI perdería su registro, y el PAN se reduzca a ser una fuerza marginal, testimonial, similar a MC.
En cuanto a la oposición social, considerando en esta categoría a organizaciones sociales, campesinas, indígenas, feministas, trabajadores, maestros, ambientalistas, estudiantiles, medios de comunicación, academias, entre otras, definitivamente no tienen capacidad de articulación y movilización como para desafiar las decisiones fundamentales de la 4T. Tengamos presente que el diseño de control corporativo y despolitizador implementado desde la posrevolución, de 1929 a la fecha, siempre impidió que se conjuntaran movimientos sociales masivos y anti sistémicos. Los liderazgos y organizaciones que en las últimas décadas lograron armar protestas masivas contra el régimen, muchos de ellos ahora forman parte orgánica de la 4T, por lo que es muy poco probable que el actual régimen enfrente protestas y movilizaciones masivas.
En cuanto a la oposición de los grupos empresariales y otros factores reales de poder, ya vimos cómo se comportaron durante el sexenio de López Obrador: en general, se han acomodado al régimen de la 4T, porque más allá de la retórica anti neoliberal del gobierno, lo cierto es que no se cambiaron los ejes sustanciales del modelo neoliberal en materia fiscal, regulatoria, comercial, laboral. Sí hubo un grupo de empresarios que se dejaron llevar por sus impulsos ideológicos y se confrontaron abiertamente con la 4T, pero en general la política empresarial de AMLO dio continuidad al neoliberalismo. De hecho, en su último informe de gobierno en el Zócalo, el Presidente resaltó el “logro” de que las utilidades de los banqueros aumentaron sustancialmente durante su sexenio.
De este modo, tenemos un cuadro donde la oposición partidista, política y social están sumamente débiles. Las oposiciones no tienen fuerza, ya no digamos para frenar la agenda de reformas constitucionales y demás decisiones fundamentales del régimen obradorista; ni siquiera tienen fuerza para construir una narrativa creíble que cuestione el proyecto hegemónico. Vamos, la oposición no ha podido, al menos, redactar propuestas alternativas a las reformas que está realizando la 4T; no para que se las tomen en cuenta, porque eso no va a pasar, sino para dejar testimonio de que cuentan con capacidad crítica, con autoestima y posibilidades de conectar con algunos sectores sociales inconformes, para intentar la resurrección en el mediano y largo plazos.
En este escenario, las dinámicas del poder tienden, de forma cuasi inevitable, a confrontarse internamente, a disputar posiciones al interior de la nomenclatura gobernante. Puesto que la oposición es inexistente, los liderazgos y grupos que conforman esa amalgama de intereses variopintos que es la 4T detectan que no hay contención para reclamar más cargos, más deferencias, más recursos, más espacios, más influencia. Sin el riesgo de hacerle el juego a una oposición inexistente, los grupos internos pueden sentirse envalentonados y reclamar más poder sin inhibirse para romper reglas no escritas, o desconocer acuerdos que les asignan menos poder que el que creen merecer.
El factor de cohesión que es la figura poderosa de AMLO, necesariamente perderá fuerza con su salida formal de la Presidencia. No sabemos si Claudia Sheinbaum pueda y quiera desarrollar un estilo personal de gobernar basado en una personalidad, la suya propia, poderosa y omnipresente. En todo caso, con tanto poder acumulado en estos años y que está asegurado para los años que vienen, con o sin AMLO, los diversos grupos e intereses que gravitan alrededor de la 4T buscarán expandirse para consolidar y acrecentar su poder. La familia 4T es tan amplia y diversa que, sin una oposición a la cual temerle, es muy probable que sus miembros quieran ir por más poder de grupo, sin temor a que le generación de desequilibrios internos ponga en riesgo la hegemonía obradorista que es la fuente de su poder.
Los equilibrios internos del grupo dominante se mantienen por la fuerza arrolladora de AMLO, pero también por la inmensa masa de poder acumulado. Pero las tendencias a la confrontación interna se albergan en la diversidad contradictoria de su conformación. Recordemos que en el bloque dominante conexisten: expriistas de reciente y antiguo cuño; panistas decentes y no tanto; empresarios multimillonarios; líderes sindicales poderosos; activistas de base con ideología de izquierda radical; periodistas y propagandistas influyentes; organizaciones sociales diversas; familias dinásticas; representantes auténticos de campesinos, indígenas, maestros, jóvenes, feminismos.
Tanto poder no alcanza para tanta diversidad de intereses y visiones, y a pesar de la fuerza cohesionadora de AMLO, o de Claudia si se lo propone, la ausencia de una oposición realmente digna de ese estatus, puede estimular las confrontaciones internas que, al crecer, luego ya no son controlables.
Tal vez debido al momento festivo del estreno del gran poder acumulado, los representantes del régimen obradorista no se dan cuenta de que su actitud de estos días triunfales está hundiendo más y más a la oposición. Dan la impresión de que quieren borrar a la oposición de la escena política, que desaparezca por completo. Pero olvidan que siempre es conveniente que exista una oposición decorosa, para buscar que la mayoría aplastante se traduzca en consensos, y robustecer así la vertiente democrática y republicana del régimen. Incluso, desde la perspectiva más pragmática, una oposición decorosa es indispensable para dotar de estabilidad, credibilidad y cohesión a dominación obradorista, para que su hegemonía dure más en el tiempo.





