Inverosímil defensa de un trágico sexenio. Autor: Ignacio Betancourt

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Mensaje de Peña Nieto

Pese a que en el sexenio de Peña Nieto el número de pobres se incrementó con cien mil pobres más y el país no creció ni a la mitad de lo que el gobernante ofreció cuando era candidato (según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social Coneval), en una inoportuna y contraproducente campaña en medios de comunicación masiva el agonizante gobierno actual realiza la inverosímil defensa de un trágico sexenio. Los escasos priístas aún en el poder colocan al “copete parlante” en una absurda y excesiva difusión de los bienes que (dicen ellos) trajo al país como presidente. Tal parafernalia coloca en su justa dimensión a los priístas, tan acostumbrados a gobernar con plena impunidad. La desfachatez de su cinismo los ha llevado a creerse irremediablemente poderosos. Ellos mismos, en su lamentable autoengaño han llegado hasta el límite de suponer grato lo más inaceptable para la población.

Toparse en cada página de periódico, revista o en todo canal televisivo, la cara sonriente del principal culpable de la colectiva desgracia de un país que se encuentra lejísimos de la tasa de 5% anual de crecimiento que se supone indispensable para la satisfacción de la población más explotada es algo inaceptable, por decir lo menos. Tarde o temprano toda propaganda a favor de los depredadores les resultará contraproducente, porque un partido que tan desfachatadamente promueve (con nuestros impuestos) la glorificación de tan cínico gobernante no conoce el país que dice gobernar, México es un lugar totalmente inventado por su insaciable rapiña y esto ha sido su inevitable perdición. Olvidar que todo se transforma es un error gravísimo.

El pasado no solamente es un recuerdo, en ocasiones es ardiente memoria, fuego que nada extingue, recordatorio insoslayable de lo que un poder sin el freno de la participación social de las mayorías puede llegar a realizar. El ahora contiene lo ocurrido pero también lo que puede ocurrir.

Pasando a la corte de caravanas, el representante del llamado Partido Verde Ecologista de México hace unos días declaró sin rubor en el inicio del funcionamiento de la sesenta y cuatro legislatura diputadil: “la valentía y amor a México” de Enrique Peña Nieto. Aunque luego el vocero del Partido del Trabajo haya señalado que el país pasó “del miedo a la indignación, de la indignación a la esperanza” y aludió a un cambio de rumbo social, político y económico, obviamente no precisó cómo será posible tal cambio.

Las declaraciones atrevidas menudean en la palabrería de los diputados que aún se imaginan que los decires actúan mágicamente pese a no ofrecer opciones para su concreción. Entre ese turbio mar de declaraciones Peña Nieto intentó despedirse exitosamente de su nefasto sexenio como un triunfador (sólo frente a la élite que se benefició de sus dispendios), asegurando que “con las reformas estructurales la idea fue convencer, nunca imponer” y aún añadió: “Entregaré finanzas sanas, deuda manejable y baja inflación”. ¿Qué le corresponde hacer al ciudadano ante mentiras tan flagrantes e institucionalizadas? Cuando la desvergüenza no tiene límites, los límites deberá imponerlos la ciudadanía. Participar en el cambio resulta inevitable para todo ciudadano, es ahora o quién sabe cuándo. Todo parece indicar que a cincuenta años de distancia (1968-2021), en México la única diferencia entre los presidentes de la república es el copete, indiferentes o plenamente ignorantes de que la población está “hasta el copete” de la depredación de los encopetados.

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