Intellectualis vitae, vitae practica. Autor: Federico Anaya Gallardo

En textos previos hemos visto cómo toda conversión intelectual requiere praxis. Para vergüenza de nuestra sociedad, abundan los ejemplos de ibicencos o irapuatenses y no tanto biografías como las del ayuuk Floriberto Díaz Gómez. Confío en que ya las tendremos, pues se trata de vidas intelectuales y prácticas que se están viviendo justo ahora. Hoy quisiera regresar al punto de quiebre de muchas de las vidas que he repasado en estos meses, el Dos de Octubre. Llamo la atención del lector acerca de cómo la soberbia del gobierno fomenta lo que el gobierno odia. El 5 de octubre de 2020, en Revista Común, Adela Cedillo escribió en su columna Historias de Fuego un artículo relevante: “Tlatelolco: el abismo entre memoria y verdad y la disputa por los muertos”. (Liga 1.) Cedillo nos enseña que, si bien una ciencia histórica exigente ha encontrado que fue pequeño el número de muertos aquella infausta tarde, el gobierno mismo procuró que la leyenda de La Matanza de Tlatelolco fuese aterradora. El régimen “se benefició de que la sociedad creyera que los muertos habían sido centenares, pues la idea de una enorme carnicería de Estado generó parálisis y desánimo.”

Cedillo correctamente califica como perversas a las mentes de quienes entonces gobernaban el país. Infundiendo pavor la administración Díaz Ordaz evitaba un escándalo internacional. Justo en agosto de ese 1968, pero en Chicago, durante la convención del Partido Demócrata, los manifestantes contra la guerra en Vietnam habían coreado “the whole world is watching” (todo el mundo lo está viendo) mientras la policía del alcalde demócrata Richard Daley los reprimía ferozmente. El gobierno mexicano –precisamente porque era perverso y no brutal– leía atentamente lo que ocurría en el mundo. Del caos en Chicago había salido fortalecido el candidato opositor, el republicano Nixon. En México no había oposición electoral viable, pero la legitimidad del régimen ya era escasa. Con el escenario olímpico montado, dejar que se exagerase lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas salía más barato.

La leyenda de una noche sangrienta se combinó –preciosismo perverso– con una multitud de pequeñas represiones antes y después de Tlatelolco. La guionista Guadalupe Ortega recuerda que “en el edificio de departamentos donde vivía yo con mi madre y hermanas, teníamos de vecinos a dos hermanos maestros, jóvenes ambos. Un día, de los últimos de septiembre [de 1968], llegó uno de ellos a tocar apresuradamente, a pedirnos que les escondiéramos la propaganda, libros y varias otras cosas que tenían escondidas, que estaba por llegar la policía. Sin tiempo qué perder las dos familias hicimos el trabajo con la celeridad que reclamaba el momento. Efectivamente esa noche llegó la policía a catear del departamento. Semanas después me enteré de que los hermanos maestros habían sido detenidos. No supe más de ellos”. (Liga 2.) Ya conté aquí cómo el guionista Xavier Robles, entonces estudiante en la Universidad Autónoma de Puebla, fue golpeado y arrestado el 5 de octubre de 1968.

El 3 de octubre de 1968, Gaspar Morquecho Escamilla, de apenas 18 años, fue arrestado en una calle de la ciudad de México. Él recuerda: “fui detenido –junto con un grupo de amigos de la cuadra–, por la policía del DF. Estábamos haciendo pintas en protesta por la matanza en Tlatelolco. Un vecino nos había denunciado… Fuimos a parar a la Jefatura de Policía. A dos de nosotros nos remitieron a Lecumberri y nos imputaron 10 delitos… Después de 82 días de reclusión en el Palacio Negro un grupo de estudiantes fuimos ‘liberados bajo fianza’, y nos dejaron el delito de ‘resistencia de particulares cometido por pandilla’. Tenías que ir a firmar cada semana a los juzgados. Sin duda, la reclusión fue una intensa experiencia de vida…”. (Liga 3.) El arresto del muchacho Morquecho muestra los tentáculos del terror.


Imágenes compartidas por Gaspar Morquecho en Facebook (Liga 3.)

El Estado se impuso con toda su formalidad, pompa y circunstancia. La boleta de 24 de diciembre de 1968 muestra el águila republicana, los sellos de la “Corte Penal” y las decisiones que tomó “el C. Juez”: “Por desistimiento del Ministerio Público queda libre por todos los delitos con exclusión de…” El reprimido podía regresar con los suyos pero debería pasar lista de presente ante el ogro filantrópico. Morquecho nos ha compartido, entre otras imágenes de aquella experiencia, un recorte de periódico que muestra a la “cabeza” del Ministerio Público que le acusaba, el procurador general de justicia del DF, Gilberto Suárez Torres. El licenciado aparece explicando “a los padres de los motineros y terroristas presos” cómo es que se están revisando los expedientes “de los procesados por los disturbios comunistas”. Nos explicaba que al centro, justo detrás del licenciado, está su padre. ¿Qué pensaban, qué sentían madres y padres de los muchachos presos mientras por las colonias de la ciudad corrían alucinados los rumores de cientos de cadáveres cremados en trincheras abiertas en el Campo Militar Número Uno? Por supuesto, en salvar a sus hijos e hijas. Si eso implicaba oír a un licenciado mendaz calificar a los chicos de motineros, terroristas y comunistas; padres y madres pasaban el amargo trago.

Gaspar Morquecho Escamilla salió de Lecumberri el 24 de diciembre de 1968. “Justo para pasar la Nochebuena en familia” debe haberse justificado algún licenciadillo del régimen. Porque el ogro filantrópico excusaba todas sus maldades, todas sus mentiras, como medios para restaurar la “normalidad”. Pero, quienes conocemos a Gaspar sabemos que ese muchacho no era “normal”. Su praxis posterior lo llevó de las pintas a cosas más grandes. Así nos lo contó él en una ficha biográfica, el 29 de junio de 2014, escrita en memoria de su madre, doña Eva Escamilla López: “Salí de la prepa y fui a parar a la Escuela Nacional de Arquitectura –UNAM. A principios de la década de 1970, mientras algunos de los compañeros andaban en la guerrilla otros andábamos con lo del Autogobierno de Arquitectura. Para Chiapas hicimos proyectos de vivienda indígena. Pasamos y sobrevivimos la matanza del 10 de junio en San Cosme y por ahí del 72 un grupo de tres nos vinimos a Huixtán [Chiapas] para materializar los proyectos de vivienda. Pues hasta allá fue a parar doña Eva porque las viejas chismosas, sus vecinas, la molestaban e inquietaban diciéndole que yo andaba de guerrillero. Llegó al ejido y pa’ su sorpresa se encontró que lo que hacíamos era algo trabajoso pero más simple: batíamos lodo para hacer adobes y tejas. Se regresó tranquila.”

Gaspar regresó a México en 1973 “y los de la Organización [lo] mandaron al trabajo popular. [Fue] a parar a los pedregales de Héroes de Padierna”. Luego estaría en Monterrey y finalmente, en 1979, retornó a Chiapas –adonde ha acompañado diversos procesos de organización popular. A mí me gusta llamarle bankilal (hermano mayor) pero un día fue ijtsinal (hermano menor). Aquí importa reportar el camino de menor a mayor. Gaspar nos dice que la reclusión fue una intensa experiencia. Asumo que no fue fácil construir el Autogobierno de su facultad y que su vivencia del Jueves de Corpus fue más seria e intensa que la de Aguilar Camín y Krauze. (“La saña y el terror”, en La Cultura en México/Siempre!, 30 de Junio de 1971. Liga 4.)

Gaspar no se hizo guerrillero pero ni a él ni a su generación le faltaban razones para tomar las armas. El perverso terror inyectado en 1968 por el gobierno a la sociedad mexicana antecedió a una ola –ahora sí real y perfectamente documentada– de masacres, ejecuciones, desapariciones forzadas que se prolongaron por más de una década. Lo más impresionante de la película Oblatos, el vuelo que surcó la noche, es cuando los ya viejos guerrilleros y guerrilleras de la Liga Comunista 23 de Septiembre recuerdan la represión que los empujó a la vía armada.

El gobierno fomentó lo que el gobierno odiaba. Adonde no había oposición, convocó el huracán del movimiento armado y obligó a formar partidos. Adonde había apatía, obligó a la organización popular de base. Adonde había indiferencia, provocó que naciera la consciencia. Pero que no se olvide: todo lo bueno que digo se obtuvo a pesar del gobierno, en contra del gobierno. Se lo debemos a la praxis de cientos de mujeres y hombres que reconocieron que la vida del estudiante, del intelectual, no rinde fruto sin praxis concreta.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.revistacomun.com/blog/tlatelolco-el-abismo-entre-memoria-y-verdad-y-la-disputa-por-los-muertos

Liga2:
https://www.laotrarevista.com/2018/10/guadalupe-ortega-recuerdos-por-venir-1968/

Liga 3:
https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=3570672202996501&id=100001612700808&sfnsn=scwspmo

Liga 4:
http://www.siempre.mx/2018/06/la-sana-y-el-terror/

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