José Reyes Doria
@jos_redo
La gran mayoría de los manifestantes en la marcha #MiVotoNoSeToca en defensa del INE, eran clase media y alta, de tez blanca, atuendo impecable: playeras tipo polo de marcas de prestigio como Lacoste, Ralph Lauren, Nike, Adidas. Todos de rosa, algunos de blanco, con finas camisas de Náutica, Calvin Klein, Givenchy. Mezclillas de alta costura, linos de gran calidad, calzado a la moda para caminar bajo el sol, lentes oscuros y bonitos sombreros de diseñador. Asimismo, muchos manifestantes morenos, pero también ataviados regiamente, así como una gran cantidad de personas a las cuales los escasos recursos se les nota de inmediato. Las clases medias movilizadas, pues.
En donde no había un problema, el presidente López Obrador abre un frente e insufla vida a una oposición social que lucía desorientada, desarticulada y desesperanzada. ¿Para qué lanzarse contra el INE? Hay quienes dicen que, porque AMLO no siente segura la victoria en el 2024, y por eso quiere someter y dominar al INE, como ya lo hizo con la CNDH. Sin embargo, esta hipótesis, si bien es verosímil, no explica del todo que, en su afán de aniquilar al árbitro electoral, el Presidente le regale una formidable bandera a la oposición social clasemediera. Otros dicen que López Obrador odia al INE porque fue artífice del fraude electoral de 2006 que le robó la Presidencia y se la entregó a Felipe Calderón. Esta lectura parece más convincente, pero aun así no justifica un lance tan arrebatado como el querer aplastar a la institución civil más apreciada por la sociedad mexicana, es decir el INE.
AMLO y sus asesores sabrán por qué la embestida contra el INE, por qué así y por qué ahora. Pero muchos observadores piensan que este acto de agresión contra el INE es un desatino estratégico que puede salirle caro al Presidente. Recuerda aquella famosa sentencia de Talleyrand, cuando a propósito de la ejecución de un duque borbónico por órdenes de Napoleón, dijo “es algo peor que un crimen, es un error”, por las graves consecuencias que tal crimen trajo para los proyectos de expansión napoleónica. No hacía falta lanzarse contra el INE de esa forma tan recalcitrante, en cualquier escenario AMLO y Morena perderán mucho más de lo que ganen, esa es la verdad.
Como sea, la cruzada para descuartizar al INE (Adán dixit) ha provocado una rebelión fifí, una insurrección de las clases medias ilustradas y no ilustradas, en un momento en que su animadversión contra AMLO se encontraba huérfana de liderazgos, discurso y cohesión. Se trata de grupos sociales privilegiados, con buen nivel de ingresos, independencia económica, importante formación académica y cultural, múltiples conexiones en los negocios, el comercio, la academia, el exterior, los medios, las redes sociales, los clubes. Pero también clases medias bajas, empobrecidas, casi del pueblo idílico obradorista. No participan los grandes empresarios, porque el gran capital, en general, está contento con López Obrador, pues su gobierno ha respetado en lo esencial las bases económicas, financieras y fiscales del modelo neoliberal.
Si bien la rebelión fifí exhibe liderazgos cuestionables, como los de Claudio X, Alito, Calderón, Fox, el PAN, el PRI, el PRD, etcétera, lo cierto es que está adquiriendo una forma más bien horizontal de organización, que tiende a superar o condicionar a esos liderazgos sumamente desprestigiados. La rebelión fifí se ha nutrido de una suma de agravios que López Obrador les ha asestado con escarnio, burla y consistencia. En general, sus condiciones económicas, profesionales y sociales no han sufrido menoscabo significativo bajo el gobierno de la llamada Cuarta Transformación, pero, al acicate de la embestida obradorista contra el INE, consideran que deben asumir una actitud política con más protagonismo.
Esa, al parecer es la cuestión interesante de las recientes movilizaciones de la rebelión fifí. No es por una grave amenaza a sus condiciones económicas y sociales por parte el gobierno de AMLO, aunque algo hay de eso. Por lo visto en las manifestaciones masivas en defensa del INE, por lo dicho en los medios y el debate público, las clases medias se están movilizando porque experimentan el agravio de la exclusión política. La debilidad brutal del PAN, el PRI y el PRD, significa para las clases medias una forma fehaciente de exclusión política, ya que a través de estos partidos obtenían cargos públicos e interlocución con los poderes constituidos. Del mismo modo, las clases medias ilustradas tenían canales de interacción sumamente efectivos con las burocracias y las dependencias del gobierno federal y los gobiernos estatales. Con la llamada 4T, esas clases medias han sido desplazadas, o al menos una porción considerable de esas clases medias, pues el gobierno de AMLO y en los estados se ha colocado una parte, menor, de las clases medias.
La intención de aniquilar al INE, ha sido leída por los clasemedieros como la formalización de la política de agresión y exclusión del gobierno Obradorista-Morenista. El sometimiento del INE, en la visión de sus defensores clasemedieros, implica la consolidación de las condiciones de exclusión política que ya experimentan: si el régimen se apodera del INE, las elecciones libres corren serio peligro y el juego político electoral tenderá a concentrar autoritariamente el poder en un grupo cada vez más reducido que gravita en torno a López Obrador. Por lo tanto, la rebelión fifí tiene el propósito de restaurar las condiciones de apertura político-electoral, acceso igualitario y plural a los cargos públicos, a la interlocución, al presupuesto, a los contratos. En una palabra, las clases medias ilustradas y. no ilustradas reaccionan para evitar que AMLO las margine del poder y de las decisiones políticas. Como lo expresaron en el Zócalo, quieren ser partícipes de la definición del futuro nacional. Desde luego, hay diferencias ideológicas, pero en lo sustancial las mueve la cuestión política.
No deja de ser interesante el paralelismo de la rebelión fifí con diferentes movimientos insurreccionales y revolucionarios a lo largo de la historia de México y el mundo. Las clases medias, ilustradas y no ilustradas, han sido casi siempre las impulsoras iniciales de grandes transformaciones revolucionarias, o al menos han condicionado el ejercicio del poder despótico que ha tratado de ningunearlas. En la Roma antigua, los comerciantes, los artesanos, los administradores públicos, solían rebelarse y arrebatar espacios políticos cuando las élites querían marginarlos; Julio César, a pesar de ser patricio, lo entendió muy bien y forjó alianzas con ellos. La Revolución Francesas inició al impulso de las clases medias burguesas, las cuales exigían originalmente solo participación política para definir los términos de la organización fiscal del Estado; ya después el pueblo raso se prendió, asustando a la propia burguesía. Napoleón entendió muy bien esto y proyectó la energía revolucionaria hacia el exterior.
La Revolución Mexicana, la Rusa, la Cubana, germinaron en el descontento, la organización y el liderazgo de clases medias que, de inicio, se lanzaron a la insurrección porque los espacios políticos estaban cerrados y no podían defender sus intereses en el aparato del Estado. Porfirio Díaz concentró de forma absoluta el poder, hasta excluir por completo no solo a las clases medias, sino a las generaciones jóvenes. El reclamo original de Madero fue el sufragio efectivo y la no reelección, lo cual significaba también: queremos tener poder político, participar en las decisiones fundamentales y ser tratados con respeto y en proporción de nuestra influencia social, económica y cultural. Ya después irrumpió el pueblo armado con Villa y Zapata y las clases medias se asustaron.
Aclaro, por si hace falta: no estoy comparando la rebelión fifí en ciernes con los movimientos revolucionarios antes mencionados. Lo que se establece es que, a juzgar por el discurso de las clases medias movilizadas hoy contra López Obrador, éstas reaccionan a la exclusión política de que son objeto por parte de la llamada 4T. En la tradición histórica de las clases medias, quieren la parte de poder que les corresponde según ellas, rechazan ser excluidos de las decisiones, quieren participar directamente en la defensa de sus intereses y sus ideas en los espacios de decisión pública. La descuartización del INE, para las clases medias, significa la concreción de su destierro político, pues esa acción concentraría el poder en muy pocas manos, en un grupo y un Líder que no están dispuestos a compartirlo con nadie que piense distinto o que no se someta. La rebelión fifí, así, se está alimentando de dos factores: su determinación de no ser marginadas del poder; y de la reacción ante la estigmatización, el ninguneo y la ofensa que todos los días les inflige el Presidente.
En Palacio Nacional seguramente acabarán por entender esta situación. De otra forma, lo que hoy se vislumbra como una permanencia del Obradorismo-Morenismo de tres-cuatro sexenios en el poder, podría reducirse dramáticamente si se menosprecia a las clases medias, si se empecinan en confundirlas con los líderes impresentables hoy visibles.
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