Indigenismos y transformaciones. Autor: Federico Anaya Gallardo

Recién el 8 de agosto de 2020 el avatar “Axel Manuel Luna Campa” (@AxelManuelLun) quien declara participar desde Monterrey, Nuevo León, tuiteó: “Desde la derecha el indigenismo es básicamente una ideología que busca la destrucción de la hispanidad, desde tu lado tendrás otra definición.” En respuesta, al día siguiente, el académico y activista maya yucateco “Ezer R. May May” (@EzerMay) tuiteó desde la península: “¿No el indigenismo era la política del Estado para, entre otras cosas, castellanizarnos, o sea, hispanizarnos? [emoji de rostro pensativo] / Viví engañado… muchas gracias por desmantelar el engaño sobre qué es el indigenismo. [emoji de cara sonriente con boca abierta y ojos bien cerrados]”. Al tercer día, desde mi cuenta (@ANAYAFederico), comenté lo siguiente: “El intercambio … ilumina. / El indigenismo es Izquierda para reaccionarios y también instrumento del régimen para asimilar a los pueblos originarios. / La cuestión es discernir qué ayuda más a la liberación del Pueblo (los Pueblos) en cada circunstancia.” Lo complicado es que las circunstancias fluyen rapidísimas. Pero eso no es excusa: debemos tratar de discernir qué ha ocurrido.

El debate tuitero entre May y Luna es parte del interminable debate entre el país rebelado (de las revoluciones mexicanas, desde 1910 a 1994) y el país revelado (que se inventaron los intelectuales criollos). Para entenderlo pido paciencia al lector y le ruego acompañarme a Ciudad Las Casas, año de 1961, fines de diciembre. Fernando Benítez ha concluido una serie larga de entrevistas con promotores de educación bilingüe en el Centro Coordinador Indigenista Tzeltal-Tzotzil (CCITT) del Instituto Nacional Indigenista. El centro se conocía como La Cabaña.Serán publicadas por Editorial Era en el libro La última frontera en 1963 y luego, en el primer tomo de Los Indios de México, en 1967. Es importante recordar que justo en ese momento Benítez acababa de renunciar –con todo su equipo– al diario Novedades adonde, desde 1949, publicaba un suplemento cultural semanal llamado México en la Cultura. En febrero de 1962, a su regreso a la capital federal, Benítez reabriría su suplemento, ahora llamado La Cultura en México en la revista Siempre! En ese momento Benítez estaba “a la intemperie” y se refugia en los márgenes.

¿Qué encontró Benítez en Las Casas en ese invierno de 1961/1962? Lo que Gonzalo Aguirre Beltrán, el gran ideólogo del indigenismo mexicano, llamaba “región intercultural” y “región de refugio”. Ambos conceptos nos hablan del choque entre una cultura opresora, invasora (la “hispanidad” del tuitero Luna) y una cultura oprimida, desplazada (la de los pueblos indígenas, el “nosotros” del tuitero May). La cultura opresora dominaba la región imponiendo intercambios siempre favorables a sí misma. Para ello usaba las ciudades como “centros rectores” de lo que para los indios era una “región de refugio”. Triste refugio que sólo aseguraba su constante, permanente, explotación. Para cambiar esta situación de hecho, el INI creó los centros coordinadores y trató de organizar políticas integrales que permitiesen a los pueblos indígenas cambiar los términos del intercambio con las ciudades criollas.

Uno de los guías de Benítez en Las Casas fue el zapoteco Fidencio Montes Sánchez, profesor normalista que se había formado en la ciudad de México entre 1918 y 1930. Lo asignaron como profesor de primaria en Tepito, pero luego pidió su transferencia a Yatzachi, Oaxaca. Allí, el profesor Montes enfrentó cacicazgos de criollos e indígenas, pero logró establecer los cimientos de un sistema educativo mínimamente respetuoso de los pueblos de su región. No fue fácil. En algún momento Montes debió confrontar a un teniente del Ejército que se llevaba presos a diez muchachos del pueblo –pagado por el gran cacique de Villa Alta. Lo hizo sólo con su autoridad como director de la escuela y con un ejemplar de El Nacional (el periódico oficial del Partido del Gobierno) en la mano. Demandó al oficial que leyese una nota, cuyo encabezado decía: “El ejército es el apoyo material de la escuela”. No es que Montes creyese en la sola magia de la palabra impresa. Le confió a Benítez que se “empeñaba en que el teniente leyera el artículo dando tiempo a que el pueblo reaccionara”. La indecisión del oficial ganó la jornada para el profesor Montes. Los soldados fueron rodeados por la gente y los chicos fueron salvados. (Los indios de México, I:225.)

En Las Casas, Benítez entrevistó a media docena de promotores de educación tzeltales y tzotziles. Todos provenían de los municipios indios controlados por la ciudad criolla. Todos contaron la misma historia: cómo la élite blanca mantenía a la población campesina aislada, desorganizada, sin educación. Cómo se les permitía trabajar sus milpas en las propiedades de los criollos a cambio de realizar trabajos gratuitos. En cada municipio indio, los criollos se aseguraban de que todo funcionase a su favor a través de los secretarios municipales (siempre blancos). Los sacerdotes católicos hacían lo mismo. Los internados del INI en Amatenango, Chenalhó y Las Casas eran espacios de oportunidad para los muchachos que deseaban liberarse del yugo. No era ni perfecto ni eficaz. El INI no podía asegurar becas todo el año, así que los jóvenes debían bajar al Soconusco a trabajar en los ingenios cafetaleros para hacerse de algún miserable ingreso. De hecho, uno de los informantes de Benítez retrata el trabajo en Soconusco como “liberación” frente al trabajo en encierro prevaleciente en las fincas de los coletos en Los Altos.

A principios de 1962, ya cargado con todos esos datos, Benítez entrevistó al obispo católico en Las Casas. La diócesis aún se llamaba “de Chiapas”. El retrato que nos dejó del clérigo de 37 años, recién llegado de su natal León, es este: “Trata de ser agradable y sencillo [pero] detrás de esta apariencia se esconde un fanático. El joven prelado distribuye equitativamente su odio entre un comunismo que él necesita inventar a diario para mantenerse en actitud combativa y un protestantismo contra el cual no puede luchar, pero que a diario le sustrae algunas ovejas de su aprisco. … Sus partidarios en este combate son los explotadores de los indios, y sus enemigos, como es de suponerse también, no podían ser otros que los miembros del Instituto Nacional Indigenista, es decir, los únicos que los defienden y se esfuerzan en quebrantar la estructura feudal de Chiapas.” Benítez reportero consignó esta declaración directa del señor obispo: “–Los funcionarios de La Cabaña y los promotores hacen propaganda a favor del comunismo y del general Cárdenas.”

El joven prelado se llamaba Samuel Ruiz García. La historia de su conversión es larga e increíble. Tanto, que en abril de 1995, Benítez, entonces nuestro Embajador en Dominicana, dijo a Proceso que su entrevistado no podía ser Ruiz García, porque “era un miserable”. Sabemos que sí era Ruiz y que sí, en 1962 era un miserable. El joven obispo veía fantasmas cardenistas y comunistas, mientras que el INI trabajaba por los pueblos indígenas. Las cosas cambian. Para 1994, Salvador Abascal Infante, el fundador del sinarquismo mexicano, publicaba, en Editorial Tradición, un librito titulado La verdad sobre Chiapas 1523-1824 y el Comandante Samuel en la que equiparaba al obispo con los comunistas. Menciono a Abascal porque es el generador de una parte fuerte del discurso hispanista que vemos en comentarios como los del tuitero Luna.

Entre 1962 y 1994 el INI también cambió su ubicación en el espectro ideológico. En 1970 el INAH publicó De eso que llaman antropología mexicana. Guillermo Bonfil Batalla, Arturo Warman-Grij, Margarita Nolasco Armas, Mercedes Olivera de Vázquez y Enrique Valencia hicieron la crítica del indigenismo porque éste, de ser instrumento de liberación (descrito Benítez en 1963) se convirtió en lo que May recuerda hoy: una política de Estado para castellanizar-hispanizar a los pueblos indígenas. Bonfil Batalla profundizó la crítica en México Profundo (1987) y Rodolfo Stavenhagen demostró que la política indigenista se sustentaba en una falacia perversa: la intención de integrar a los pueblos originarios en un “Estado Mestizo” que era, en realidad, en mismo Estado capitalista controlado por los criollos de siempre. En 2018, el Inegi documentó la “cromatocracia” mexicana.

Pero estas trasformaciones (la del cura Ruiz en jTatic Samuel, la de los indigenistas en indianistas) no son –a fin de cuentas– sino cambios ideológicos en las élites mexicanas: joyas barrocas de la интеллигенция (intelligentsia) criolla. En el último siglo lo verdaderamente importante es la irrupción en las escenas cultural, política y social de actores indios que hablan por sí mismos. Los Otros ya no son esos seres fantásticos de Benítez que pedían un pan escondiendo sus máuseres. Son hombres y mujeres conscientes y preparados que hacen crítica seria de la sociedad que les oprime. ¿Existirían esos actores sin El Nacional cardenista que salva muchachos en Yatzachi en 1938? No. ¿Sin el INI que alfabetizó y capacitó a cientos de promotores culturales bilingües en los 1950? No. Pero tampoco existirían si el indigenismo de Aguirre Beltrán hubiese seguido adelante en su proyecto de integración en una mestizocracia dominada por los mismos criollos de siempre. Los cuadros del indianismo mexicano moderno nacieron tanto de las virtudes del indigenismo de ayer como de la crítica a sus errores.

Menciono a uno de ellos: Floriberto Díaz (1951-1995), el intelectual ayuuk que nos propuso el concepto de comunalidad para pensar una sociedad postcapitalista. Sabía adónde estaba parado y no renegaba de las contradicciones que nos atraviesan a todos en nuestro país. Allá por 1989, en un taller que ofrecimos estudiantes de la UNAM a la Asamblea de Autoridades Mixes en Oaxaca (ASAMI) Floriberto nos explicaba por qué “se podía platicar” con el gobierno priísta de Heladio Ramírez –y hasta dónde se podía confiar en él. Nuestros corazones radicales se escandalizaron; pero fue una lección para enfriar la cabeza. Al final del taller, nos dio una lección más. Analizó la relación de la comunidad con los profesionistas de la ciudad. Les recordó a los talleristas que nosotros, los abogados, no teníamos milpa pero que de alguna manera debíamos comer. Si la comunidad no tenía en cuenta esto y no se programaba, la milpa de la comunidad estaría en peligro. Tema bien planteado. Hoy todavía seguimos discutiendo acerca de la correcta relación entre intelectuales y organizaciones de base –y cómo financiarla.

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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