In partes tres. Autor: Federico Anaya Gallardo

Cayo Julio César inició así su libro más famoso: Gallia est omnis divisa in partes tres, “la Galia se divide en tres partes”… Yo desearía escribir un ensayo que empiece así: Louisiana Potosinensis est omnis divisa in partes tres … que son el Altiplano seco (adonde se asienta su capital), la Zona Media y la Huasteca Potosina. Juan Pedro Viqueira nos enseña la importancia de los escalones ecológicos. En mesoamérica las entidades políticas no se organizaban sólo alrededor de una urbe y el hinterland que le rodeaba (¡qué aburrido puede ser el pensamiento europeo!) sino juntando nichos productivos que proveían al centro rector de productos diversos. Así fue el Estado potosino desde su nacimiento. Altiplano minero, Zona Media cerealera (ahora naranjera) y una Huasteca que proveía “excesos”… azúcar, cecina y quesos, café, petróleo y una preciosa salida al mar, allá en la barra de Tampico.

Mi esquema en tercios para San Luis de la Patria parecería afectado por la moderna urbanización de la capital potosina. Hoy día, de los 2.8 millones de personas que habitan la entidad, 1.2 millones viven en ella (¡42%!). Los manuales e informes separan a la metrópoli estadual como una cuarta región. Pero no nos engañemos, su carácter regional sigue marcado por la historia larga. El real de minas del que nació esa ciudad sigue allí. Entre 1996 y 2010 la lucha más sonora de la sociedad civil potosinense fue contra la Minera San Xavier, que con el sistema de tajo a cielo abierto terminó de explotar lo que quedaba de oro en el cerro rico de San Pedro.

Para entender lo potosino hay que analizar también las rutas de comercio. La capital potosina ha prosperado siempre a la vera de caminos reales. En la colonia se conectaba al de Tierra Adentro a través de una región rica en salinas, que surtían a los beneficios por amalgamación de los plateros. En el porfiriato los ferrocarriles modernizaron las mismas rutas. Hacia 1890 la ya venerable ciudad renovó su vocación autorizando la instalación de una fundición moderna en la vieja hacienda de Morales apenas a seis kilómetros al Oeste de su casco colonial. La Compañía Metalúrgica Mexicana (CMM) procesaba mineral de Zacatecas y Guanajuato para luego sacar su producción a Tampico mediante el Ferrocarril Central Mexicano. De regreso, los vagones traían azúcar, productos vacunos, café y petróleo. Para asegurar el suministro de maquinaria, cereales y noticias, el Ferrocarril Nacional Mexicano conectaba a la capital potosina al sur con México y al norte con Nuevo Laredo (los regios quieren creer que con ellos). La CMM luego sería absorbida por ASARCO (los Guggenheim) y más tarde engullida por Industrial Minera México (los Larrea) y allí sigue, refinando zinc. Hoy día, la carretera federal 57 complementa la línea férrea (ahora en manos de la Kansas City Southern de México, KCSM) conectando México, Querétaro, San Luis Potosí, Monterrey y Laredo. Esto explica el atractivo de la capital potosina para las armadoras de automóviles. De 1990 a la fecha se han instalado allí plantas de BMW y General Motors. El clúster automotriz incluye unas cien empresas.

Dicho lo anterior, es extraño que en la historia potosina las hegemonías políticas nunca hayan nacido de su siempre próspera capital. Durante el siglo XIX el Estado fue jaloneado por rebeliones populares y conspiraciones de élite nacidas en la Zona Media (historias de Barraganes y Moctezumas que aún no terminan). Y fue de esa región de donde surgió el cacicazgo que controló el Estado durante el porfiriato. Los Díez Gutiérrez y los Espinosa tenían sus inmensas haciendas allí. Luego de la tormenta revolucionaria, el cacicazgo fifí fue sustituido por uno plebeyo, pero de nueva cuenta nacido en esa Zona Media, con Saturnino Cedillo al frente. Y este poder no pudo ser derrotado sin la intervención de otro cacicazgo equivalente, pero nacido de la Huasteca y liderado por Gonzalo N. Santos.

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Así las cosas, son las regiones subyugadas, los escalones ecológicos controlados económicamente por la capital potosina, quienes han provisto al Estado con hegemonías políticas estables. Sólo el liderazgo de Salvador Nava Martínez desafía esta constante. Pero –por cierto– el Buen Doctor nunca gobernó el Estado.

¿Qué decir del gallardismo en este contexto de más largo plazo? ¿Estamos, al fin, ante la aparición de una hegemonía política nacida de la capital potosina? Te sugiero que la respuesta es NO, lectora.

Viví en la metrópoli potosina de 2007 a 2010. Trabajaba en la Comisión de Derechos Humanos estadual, cuyas oficinas se ubican (hasta hoy) en el muy elegante y tradicional “Barrio de Tequis”, pero vivía en un fraccionamiento popular en Soledad de Graciano Sánchez. Mi ombudswoman a cada rato me reclamaba: “—¡Cómo es que vives de aquél lado de las vías!” Se refería a las vías del Nacional Mexicano/KCSM que corta la mancha urbana de norte a sur. “Este lado” de las vías, el Occidente, es la ciudad criolla (curra), respetable, habitada por gente decente y catrines. “Aquél lado” de las vías, el Oriente, es la ciudad teca, marginal, habitada por chusmas. De hecho, el oriente de la metrópoli potosina es otro municipio libre. En la colonia se llamó Soledad de los Ranchos porque no tenía centro urbano, sino que se formaba por asentamientos dispersos de trabajadores pobres que laboraban en la ciudad curra, en las haciendas de los curros o en el mineral de San Pedro (controlado por los curros).

Si los de Soledad obtuvieron ayuntamiento, fue sólo porque el Visitador Gálvez se los concedió en 1767 y ésto, sólo para apaciguar las demandas de justicia de esas gentes luego de su participación en Los Tumultos de aquel año. (Te recomiendo leer Nueva Ley y Nuevo Rey, de Felipe Castro Gutiérrez, UNAM-Colmich, 1996.) Los curros nunca perdonaron que a esa chusma se le tratase del mismo modo que a ellos. En el siglo XX la ciudad curra le “concedió” a Soledad que usaran sus aguas negras para regar sus parcelas. (En el favor iba el desprecio.) Hoy Soledad se apellida de Graciano Sánchez para recordar que sólo los agraristas se ocuparon algo de esa población.

El gallardismo viene de “aquel” lado de las vías, de Soledad. Yo viví entre los soledenses mis tres años potosinos y puedo decir que el sentimiento general fue de alivio –luego de sufrir ayuntamientos priístas y panistas miserables. Ricardo Gallardo Juárez (el padre) creó su fama como un alcalde preocupado por los de Abajo. Ante el abandono previo cualquier cosa habría hecho el milagro de la popularidad, pero no se puede negar el mérito de este grupo emergente. Ricardo Gallardo Cardona (hijo) heredó la estafeta como munícipe en Soledad y ahora, una década después, ha logrado la gubernatura.

En otras palabras, el gallardismo, aunque urbano, se parece más al cedillismo y al santismo en cuanto que es externo a la élite curra tradicional de la capital potosina. Que ahora el cacique llegue de Soledad no lo hace distinto de los que vinieron del pueblo de Palomas en la Zona Media o de Tampamolón en la Huasteca. De hecho, el horror pánico conque las élites potosinas han visto al gallardismo recuerda la actitud que asumieron frente a los cacicazgos previos. (Incluido Díez Gutiérrez, al que igual al principio despreciaban.)

Pero, junto al temor de clase, en esas élites siempre ha habido adaptabilidad. El mejor ejemplo es el modo en que las “familias bien” de “este” lado de las vías se colaron en el entorno del hosco Saturnino Cedillo y fueron transformándolo. El agrarista radical de 1920 terminó siendo un paladín del conservadurismo católico en 1938 y el mérito de esta transformación (en realidad, degradación) fue de personas como Edgardo Meade Elorduy que le apoyaron, acompañaron y, por supuesto, medraron en su sombra. (Meade dirigió el banco ixtlero, volviendo plata la fibra recolectada por los cedillistas más pobres.)

El otro gran cacique, Santos, también se encontró a esos acólitos dispuestos a colaborar con él. Los despreció siempre, pero los usó y procuró su compañía. (Todavía hoy se duelen de haberlo recibido en La Lonja, el exclusivo salón de la élite.) Esos curros daban lustre al “prebostazgo” del huasteco bronco.

Más recientemente, la élite curra se inclinó ante el cacique huasteco y magisterial Carlos Jonguitud Barrios. Yo oí a uno de ellos recordar con sorna cómo el gobernador orinaba frente al elegante restaurant La Virreina. Pero ese mismo curro omitía señalar que dentro de La Virreina esperaban al Señorgobernador varios industriales curros interesados en “hacer negocios” a la sombra del profesor.

Siempre hay un Meade Elorduy dispuesto a civilizar al líder bárbaro. Sospecho que si observamos atentos el gabinete gallardista con estas pistas, encontraremos varios Meades –a izquierdas y a derechas.

El fenómeno que te comparto, querida lectora, lo aporto como una pista para entender por qué las élites políticas potosinas no produjeron en 2020-2021 una candidatura no-gallardista viable. Pero de esto deberemos hablar en otra ocasión.

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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