Humorismo (involuntario) entre periodistas por AMLO. Autor: Rogelio Hernández López

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Andrés Manuel López Obrador

Un poco o mucho de diversión tuvimos, hasta quienes padecemos de mal humor permanente, con noticias y artículos relativos al candidato presidencial ganador. En los primeros tres días afloraron hechos absurdos, comentarios disparatados en cascada y reconversiones abruptas de personalidad que concitan lástima.

Por ejemplo, lo que asombró a colegas de distintos medios y lo calificaron como una gran imbecilidad, fue observar que desde el 2 de julio, más de 15 motocicletas con camarógrafos, a veces con su reportero, se dedicaron a perseguir al candidato ganador a donde fuese; hilera de máquinas con reporteros-más-que-ansiosos, con movimientos de peligro por ir tomando imágenes o aprovechando los altos para extender el micrófono y preguntas como queriendo lograr una exclusiva.

–¡Qué estúpidos! Hasta creen que eso es hacer periodismo– reaccionó con muchas dosis de encanijamiento una experimentada periodista. Lo irracional que mueve a risa hasta que ocurren los accidentes.

Los sapientes

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Durante esos días consecutivos, lo más profuso se vio en ese extraño y risible Partenón invertido del periodismo mexicano, que en lugar de investigaciones se saturó de columnas con pocos cimientos analíticos, rebosantes de adjetivos y lugares comunes. Esa parte medio periodística también se hizo amlotemática.

Los medios impresos y electrónicos se saturaron de escritos y comentarios rebosantes de solemnidad y tesis repetidísimas; aunque algunas pocas sí fueron aportaciones sesudas, una gran parte, sobre todo de periodistas que no tienen más espacios que los gratuitos del ciberespacio, mostraron sus mejores grandilocuencias, bien sentenciosas, con la intención de imponer la última verdad, como si ésta proviniera de pensadores consagrados y no de ocurrentes sin investigación ni obra.

Muchos de estos colegas harto sapientes –no cito a nadie para que no me aíslen– hicieron esfuerzos para revertir las barbaridades y adjetivos que repitieron decenas de veces contra ese candidato cuando estaba en campaña, pero pocos se sinceraron con un “me equivoqué”.

A esta actitud de las decenas de nuevos expertos en el amloísmo y morenismo el mismo 2 de julio, se les atravesó un sarcasmo gigante en Facebook. Gustavo Hirales Morán, analista en serio, experimentado y conocedor real de la política en todas sus modalidades, insertó un texto en su muro que debió arrancar carcajadas a quien entendió su sardonismo:

“Comunicado urgente: durante los últimos 5 o 6 años alguien hackeó mi cuenta de facebook y estuvo lanzando críticas destempladas y chistes de dudoso humor contra el presidente electo (antes de serlo, aclaro). Desde alguna parte del paisaje urbano desautorizo esos ataques y confirmo haber recuperado el control de mi cuenta. Digo, por si estaban con el pendiente. (¿Ya seré digno de amnistía?)…”

Menudearon también los letreros de fondo multicolor, pero esos sí con chistoretes sin disfraz, igual que los cientos de memes que con fotos, dibujos o imágenes en movimiento, pero siempre con buen humor, exhibieron las filias y fobias que, al converger en las mismas listas de las plataformas, propiciaban discusiones y guerritas verbales de esas que solazan mucho a quienes entienden que hay dos fanatismos coyunturales: amlofóbicos en decadencia vs pejezombis refrescados, como se acusan entre ellos. De veras que sacan la risa sea o no intencional hacerlo.

Un extremo

A mí me topó un caso especial (que espero sea el único entre periodistas). Se me hizo una pregunta que me arrancó una muy amplia sonrisa, que casi se torna en sonido carcajiento, pero me contuve para no lastimar al colega que la expuso muy serio y hasta preocupado:

–Maestro ¿cómo nos sumamos desde el periodismo a la revolución que comenzó el 1 de julio?–

Atraganté saliva y seguramente mis ojos buscaron algo en el cielo por varios segundos mientras ocultaba la mueca de sorna que tendía a escapárseme, no porque me haya colgado el apodo que algunos ignaros insisten en colocarme, sino por las significancias de su inquietud, que parecía sincera. Para no responderle, cambié de tema:

–Hablemos de cosas serias. ¿Qué selección ganará el mundial? –

Así, tramposamente, le excité en otro sentido las glándulas suprarrenales para alejarle un poco de ese algo, muy diferente al periodismo, que lo estaba abduciendo y que le hiperestimulaba la creencia de que él también debe ser un personaje directamente activo de lo que sigue en la transición.

Atiné. Cuando comenzó a hablar de Rusia 2018 olvidó lo circunspecto.

No es difícil acertar que para la mayoría de mexicanos mayores de los 8 años, el soccer es otro asunto de sus apasionamientos, tema del que normalmente sí conocen más y, aunque no sepan, hablan como si fueran, al mismo tiempo, director técnico, árbitro, analista, cronista, portero, defensa, medio, medio líbero, ala izquierda o centro delantero. Y claro, este susodicho dedicó media hora a darme lecciones de a de veras porque soy villamelón confeso.

No es revolución

Como temía que regresara a su pregunta calculé en recordarle algunas categorías sociológicas, de esas librescas que se exponen desde la secundaria…

Pensé decirle que no hay a la vista ninguna revolución en México, más que un fenómeno masivo de renovación del mismo modelo general de capitalismo con fuertes influencias neoliberales, de revalidación del mismo régimen político presidencialista con un incipiente parlamentarismo y otras acotaciones legales; que paradójicamente las elecciones revalidaron al sistema electoral y que, muy probablemente provocarán reformas en aquellas áreas que amenazan con agudizar las contradicciones esenciales del modelo económico-político, especialmente las que derivan de la pobreza.

En resumen, pensé reiterarle, como perogrullo, que lo ganado por AMLO y Morena no transformará lo esencial, lo estructural de México, sino que refrescará la credibilidad general con el régimen político y que, probablemente con un modelo de gestión anticorrupción, logrará disminuir con poco la inequidad social, la inseguridad y la violencia criminal.

Quise decirle todo eso y refrendarle que una revolución, como dicen los diccionarios, implica un “Movimiento político, generalmente acompañado de lucha armada, que tiene por consecuencia el rompimiento con la situación anterior de una sociedad y la creación de nuevas formas de gobierno, de nuevas leyes y de nuevas maneras de comportarse sus miembros: la revolución de 1910, la revolución francesa, la revolución cubana” (Diccionario de El Colegio de México).

Pero, por respeto no se lo dije. Me guardé mi sonrisa (porque me son escasas) y me despedí. Además quise seguirme divirtiendo con el lado jocoso del momento político que involuntariamente me permiten ver mis colegas en sus medios y en los 23 muros o comunidades de Facebook que me comparten. Y eso que no estoy en otras redes sociales…

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