Historia y élites. Autor: Federico Anaya Gallardo

Elecciones en México

Querida lectora: en las últimas semanas te he estado cansando con reflexiones acerca de la ley, la ética, la política y la biografía del gran cínico mexicano, Gonzalo N. Santos. Quisiera pensar que puedo hacer sentido de todo ello. Lo intentaré ahora recordando que todas esas cosas (las normas jurídicas, los deberes, las relaciones de poder y las vidas particulares) ocurren en el tiempo y en el colectivo. En mi ensayo de hoy buscaré la ayuda de un conocido comentócrata. El pasado 13 de febrero de 2021 Ricardo Raphael de la Madrid se lamentaba, en las páginas de Milenio, que “de nada sirvió permitir la reelección”. (Liga 1.) Esto, siete años después de que la élite intelectual aplaudiese las reformas constitucionales que autorizaban a reelegir alcaldes, diputados (federales o estaduales) y senadores. En 2014 se explicó que la reelección mejoraría “la rendición de cuentas, la continuidad de las decisiones en la labor legislativa, … [los] resultados para los ciudadanos y [que] se motivar[ía] … la profesionalización” (Liga 2). Cosa interesante, quienes apoyaban la reelección se curaban en salud contra el fantasma porfirista de nuestra historia nacional –que identifica reelección con dictadura– subrayando que quien reelige es la ciudadanía y que prohibir la reelección era quitarle el derecho al pueblo de volver a elegir a la persona que le había servido bien. En otras palabras, si eres democrático debes permitir la reelección… un caso de vuelco, retruécano o inversión de nuestra experiencia histórica.

Los reformadores de 2014 no quisieron ver que la “profesionalización” que buscaban con tanto afán ya se había logrado por otras vías. México prohibió la reelección inmediata de alcaldes y legisladores desde 1933, pero como somos una república federal y municipalista, esa prohibición sólo estableció un cursus honorum o “sistema de cargos” que combinaba puestos sucesivos en municipios, legislaturas estaduales y congreso general. Bajo el régimen antirreeleccionista, antes de ser presidente, Miguel Alemán Valdés fue gobernador de Veracruz-Llave (1936-1940); Adolfo Ruiz Cortines fue diputado federal (1937-1940); Adolfo López Mateos fue senador (1946-1952); y Gustavo Díaz Ordaz fue diputado federal (1943-1946) y senador (1946-1952). Y esto, sólo en la primera línea de la élite política postrevolucionaria. Las carreras legislativas de otros personajes fueron mucho más ricas. Alfonso Corona del Rosal fue diputado federal, senador y gobernador de Hidalgo. Luis M. Farías fue tres veces diputado federal (electo en 1955, 1967 y 1979) y alcalde de Monterrey (1985-1988) (aparte, aunque no electo, fue gobernador sustituto de Nuevo León entre 1971 y 1973). Augusto Gómez Villanueva fue dos veces diputado federal (1964 y 1988) y constituyente (no-electo) de la Ciudad de México en 2016. Todos estos ejemplos provienen del partido de Estado y en todos la carrera parlamentaria se complementaba con cargos en el partidazo o en los poderes ejecutivos (estaduales y federal). Profesionalización, en el doble sentido de profesar fidelidad al oficio político y de conocer los procedimientos legislativos y administrativos, no faltaba.

Bajo el mismo régimen de no-reelección, el cursus honorum de los políticos de oposición era igual de rico y profesional. A izquierdas, Pablo Gómez Álvarez ha sido diputado federal cuatro veces (electo en 1979, 1988, 1997 y 2018), una vez diputado estadual (electo en 1991) y senador entre 2006 y 2012. A derechas, Abel Vicencio Tovar fue diputado federal cuatro veces (electo en 1964, 1973, 1979 y 1988) y de 1959 a 1984 ocupó altos cargos en el Partido Acción Nacional.

Entonces, ¿de qué se quejaban quienes apoyaron la reelección? Nos dice Raphael: “Cuando el cargo de representación popular no se debe al pueblo sino al dirigente de partido, algo en la democracia se ha podrido.” Su pleito es contra la partidocracia. Su problema es que “los líderes de los aparatos partidistas actúan como dueños únicos del registro electoral”. Esta opinión es simplista. Olvida que, en la realidad, por más que haya derivas centralizadoras, todos los partidos tienden a fraccionarse en disputas internas. No sólo la izquierda se divide: en la derecha hemos de recordar la disputa de 1976 que le impidió al PAN nominar candidato presidencial o el cisma del Foro Democrático y Doctrinario en 1992. En el PRI, aparte de las antiguas divisiones por la selección de candidato en 1929 y de presidente provisional en 1932 –de las que he hablado en este espacio– recientemente vimos la disputa de 2004 entre un bloque de gobernadores priístas y Roberto Madrazo Pintado en la que este último se impuso como candidato para los comicios de 2006. En 2021 Raphael se queja de que el actual dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, Alito (n.1975), domina unilateralmente las nominaciones en el PRI. Se queja de que hayan sido cerradas las puertas a la reelección legislativa a personas que en su momento dirigieron el PRI nacional: Dulce María Sauri Riancho (n. 1951, dos veces diputada federal, dos veces senadora, gobernadora de Yucatán), René Juárez Cisneros (n.1956, alcalde de Acapulco, gobernador de Guerrero, dos veces diputado federal y una vez senador), o Enrique Ochoa Reza (n. 1972, sólo una vez diputado, en 2018).

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La queja de Raphael es una jeremiada, pero ilustra la importancia de la lucha entre las élites. La presenta un miembro de la élite quien ha construido su carrera pública como crítico intelectual del sistema político mexicano. Te recomiendo, lectora, sus libros Los Socios de Elba Esther (Planeta, 2007) y Mirreynato, la otra desigualdad (Planeta, 2014). Su seguimiento periodístico a los abusos del caso Wallace le acreditan. No extraña que, desde esa atalaya, Ricardo subraye la importancia de la formación y experiencia (la experticia). Aquí he argumentado que eso se conseguía igual en un sistema de no-reelección. Las lamentaciones de la élite intelectual pueden rozar el ridículo. ¿Existe un arreglo institucional en el cual las personas dedicadas a la política no ejerzan coacción unas contra otras? No. ¿Es posible imaginar un sistema de selección de liderazgos políticos sólo meritocrático? No. En este sentido, el que acaso sea el último gobernador priísta de Campeche (Alito) usa su posición como líder nacional del PRI para fortalecer a su facción. ¿Por qué habría de favorecer a una cabeza del priísmo yucateco (Sauri) o a una cabeza del priísmo guerrerense (Juárez)? ¡Son sus competidores! Y peor: ¿qué experiencia profesional legislativa tiene Ochoa Reza? Que Raphael incluya a este tecnócrata puro en su lista muestra la inconsistencia de los argumentos solamente intelectuales. El viejo Gonzalo N. Santos acaso le sorrajaría a Raphael su clásico cuando él apenas va, yo ya fuí y regresé.

Sin reelección y con reelección, en las últimas tres décadas el sistema político mexicano se ha ido reconfigurando y premia razonablemente la experiencia. Demostración de esto es que, en el actual Senado de la República tenemos personas como Beatriz Paredes Rangel (n. 1953, cuatro veces diputada federal, dos veces senadora, gobernadora de Tlaxcala, líder nacional del PRI, alta funcionaria federal, embajadora), Ricardo Monreal Ávila (n.1960, tres veces diputado, alcalde de Cuauhtémoc, dos veces senador, gobernador de Zacatecas) y Martí Batres Guadarrama (n.1967, dos veces diputado federal, diputado estadual, senador, líder nacional de Morena). El cursus honorum es similar y sólo la edad explica las diferencias. La experiencia muestra cómo nuestras élites partidistas han usado a las cámaras colocando en ellas a mujeres y hombres relevantes capaces de hacer política.

Ahora, ¿por qué son relevantes las personas políticas que he mencionado? Porque cada una de ellas representa conglomerados sociales, posiciones ideológicas. Detrás de cada una de las candidaturas que han recibido hay una fuerza social que sus partidos políticos debían tomar en cuenta. La crítica sólo intelectual de la praxis política suele olvidar esto: las candidatas y candidatos representan colectivos –de los cuales sacan la fuerza con la cual compiten como cabeza de su facción. Esta es una “profesionalización” más compleja, más profunda e importante: significa profesión de fe (ideología) y liga social (representación).

Hace casi tres años publiqué aquí una anécdota en la que Porfirio Muñoz Ledo declaraba en León, Guanajuato, en 1996: “—Sólo en un régimen autoritario un personaje gris como Ernesto Zedillo podría ser presidente. La democracia es un régimen que requiere y que produce liderazgos personales fuertes. Y sí, es verdad … que los perredistas desayunamos en mi casa y cenamos con Cuauhtémoc, pero todos vamos a comer a mediodía con Andrés Manuel.” (Liga 3.) La democracia requiere y produce liderazgos personales fuertes. Y estos se reproducen, se pulen y solidifican a través de la perpetua confrontación de personalidades –no en exquisitos exámenes de experticias.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://amp.milenio.com/opinion/ricardo-raphael/politica-zoom/de-nada-sirvio-permitir-la-reeleccion

Liga 2:
https://www.eleconomista.com.mx/politica/La-reeleccion-Mantener-cargo-tiene-sus-reglas-20170715-0004.html

Liga 3:
http://lajornadasanluis.com.mx/opinion/liderazgo-individual-o-gobiernos-colegiados-1-schettino-miente

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