Hegemón desorientado. Autor: Federico Anaya Gallardo

Durante la segunda mitad de los 1980s, nadie sospechaba que la URSS estaba por disolverse. La hipótesis occidental en boga, enseñaba que el “totalitarismo” era un régimen más estable que su primo pobre (el “autoritarismo”) y mucho más que las siempre inestables democracias. Incluso algunos de los teóricos del desarrollismo aceptaban que el camino leninista a la modernización era más eficaz y rápido que el propuesto por los liberales. De allí la sorpresa general por lo realmente ocurrido. A finales de 1989, Radio Free Europe declaraba: “¡Estamos boquiabiertos!” (“Our jaws cannot drop any lower”). Las primeras impresiones sobre lo acontecido nos dicen mucho: sorpresa política, inesperado cambio de régimen, revolución no anticipada, evento dramático e imprevisto. En este sentido, hablar de una “victoria” de los EUA en la Guerra Fría contra la URSS se vuelve complicado. El bloque comunista se colapsó por causas que debemos seguir estudiando hoy día (véase Stephen Kotkin, Armageddon averted: The Soviet Collapse, 1970-2000, 2008) y no exactamente por los golpes recibidos por EUA. Ganar por chanfle –es decir, por un golpe oblicuo o sesgado– no sabe igual. ¿Qué hubiese ocurrido si Reagan hubiese hundido a la República Imperial en una guerra general en Centroamérica? ¿Habrían los europeos aceptado el despliegue de los misiles Crucero? ¿Gorbachev habría estado dispuesto a retirarse de Europa Oriental? Por eso Thatcher recomendaba prudencia a Reagan antes de la invasión de Granada (1983).

Wallerstein demostró el declive estadounidense, pero finalmente es un marxiano. Propongo consultar a una destacada pluma de las Derechas. Jeane J. Kirkpatrick, quien fuera embajadora de Reagan ante la ONU (1981-1985), publicó su recuento personal de la caída comunista a través de sus columnas en Los Angeles Times. Lo tituló así: El desvanecimiento del Estado Totalitario… y otras sorpresas (AEI Press, 1990). La palabra de Kirkpatrick nos es útil porque nadie podría sospechar que esta famosa halcona haya tenido, jamás, ni la más mínima tentación de reconocer cualquier virtud a sus enemigos en el bloque oriental… ni la capacidad de aceptar la debilidad del imperio que ella defendía. En uno de sus artículos, aparecido originalmente en Rock Island, Illinois, como “Voto sobre derechos humanos en la ONU refleja el cambio socialista” (The Rock Island Argus, 11 de Marzo de 1990, p. 4), Kirkpatrick explicaba a sus lectores que, en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU “el resultado de un voto no sólo proviene de los méritos de cada caso, sino también del tamaño y cohesión de los bloques”. La halcona aplaudía una resolución contra Cuba (1990/48) en la que se criticaba la represión contra personas que habían rendido testimonio ante la Comisión. 19 a favor, 12 en contra y 12 abstenciones. Celebraba que Bulgaria, Hungría y Panamá hubiesen votado junto con EUA a favor. Olvidó mencionar que EUA acababa de invadir Panamá cuatro meses antes y que en la mayor parte de los demás casos (Sudáfrica, Palestina), EUA perdió las votaciones. Me interesa subrayar que la embajadora lamentaba ante sus lectores que México hubiese votado en contra de EUA y que Argentina, Brasil, Colombia, Venezuela y Perú se abstuvieran. Para la reaganita, “los votos latinoamericanos fueron de nueva cuenta desalentadores … demostrando que la solidaridad Latina es más fuerte que la solidaridad con los derechos humanos”. Pero lo más interesante es lo que Kirkpatrick concluye de ese voto dividido: “Es irónico que esta unidad Latina se demuestre en un tiempo en el que los antes sólidos bloques de Asia, África y el Medio Oriente se derrumban.” El bloque comunista se desvanecía, pero EUA tenía precisamente entonces problemas con su “patio trasero”. Esos problemas sólo irían en aumento en la década siguiente: en 1989 había ocurrido el caracazo, en 1992 Hugo Chávez dio un golpe de Estado fallido y en 1999 ganó democráticamente la elección presidencial venezolana.

El Domingo 18 de Octubre de 1998, Kirkpatrick fue entrevistada por Connie Doebel en el programa de análisis de prensa “Washington Journal” de C-Span (Cable-Satellite Public Affairs Network,el “canal del congreso” de EUA). (Liga 1.) Allí Kirkpatrick señaló que los EUA y sus aliados europeos habían fallado en actuar en Kosovo –lo que correctamente era percibido por Irak y Rusia como una debilidad –que ella atribuía a la “falta de voluntad”. La visión de la embajadora siempre fue simplificadora e ideológica –en el peor sentido de la palabra: “nadie sabe lo que pasará ahora. Todos los grandes movimientos del siglo XX han llegado como sorpresas. …El nuestro es un siglo de revoluciones violentas, cada una más inesperada que la anterior. … La verdad es que no hemos discernido las ‘leyes’ del desarrollo histórico, acaso porque no existen. Los líderes individuales tienen un impacto más grande en la historia de lo que deseamos reconocer –porque los individuos son muy impredecibles” (“Nadie sabe lo que pasará ahora”, The Los Angeles Times, 27 de Mayo de 1990, p.M7).

La “voluntad” de los EUA poco tenía que ver ante la complejidad de las últimas dos décadas del siglo XX. La analista conservadora percibía algunas señales, pero era incapaz de evaluarlas adecuadamente. Percibió que una nueva “visión” estadounidense podría ser “una nueva y activa diplomacia triangular basada en la realidad del gran poder económico” de EUA, Japón y la recién unificada Alemania (“La visión trilateral de Bush”, The Washington Post, 16 de Julio de 1990, Liga 2). En 1998, aceptó en C-Span que el porcentaje del presupuesto de las Naciones Unidas que la República Imperial debía aportar (25%) reflejaba su peso económico en 1945, pero no el de finales de siglo. En esos tiempos, la Derecha republicana empezaba a reclamar que EUA pagase menos a la organización global, paradójicamente, alegando que su economía ya no era tan grande en términos relativos. Es decir, la cuestión del tamaño decreciente del hegemón estadounidense ya estaba allí, pero ni Kirkpatrick ni Washington entendían cabalmente el proceso de conformación de nuevos bloques económicos. (Paradoja: tal vez Carlos Salinas de Gortari estaba más claro en esto.) Lo que más impacta es la ceguera de la reaganita ante la cuestión de China, que ya estaba creciendo –¡y mucho! – en esos días. Un estudio de 1996, de Max Boisot y John Child indicaba que las tasas de crecimiento del coloso asiático eran muy altas y que lo seguirían siendo. (“From Fiefs to Clans and Network Capitalism: Explaining China’s Emerging Economic Order,” en Administrative Science Quarterly [Cornell U.], 41-4, 1996, Liga 3.)

Como correctamente sugería Wallerstein, el problema estructural era el declive de los EUA como hegemón en la economía-mundo. Kirkpatrick aplaudía la apertura de la China comunista a la inversión extranjera, pero no entendía el modo en que la expansión de la industria estaba articulada con las varias economías regionales chinas y sus mercados populares campesinos. Para la analista de Derechas, lo único que importaba de Pekín eran la represión de 1989 (Tiananmén), la falta de apertura política y la negativa abandonar definitivamente la planeación Estatal de la economía. Notar cómo estos temas seguían anclados en la ideología de una Guerra Fría que ya había acabado.

La posibilidad de una clase media china con crecientes posibilidades de consumo no se avizoraba en los análisis geopolíticos en la Capital Imperial. Hacia 1994, mis profesores de Georgetown estaban más ocupados en discernir qué estaba ocurriendo en Centro Asia luego del colapso soviético. Hoy en día, el tema central de la expansión global china es precisamente la capacidad de compra de su clase media y el jugoso mercado que representa para Europa. La iniciativa Belt-and-Road que uniría definitivamente Europa y China integrando Centro Asia y la ruta del Índico es interesante porque implica a un tiempo una asociación comercial razonable para todos y una apuesta por la paz. Del mismo modo que China se desarrolló en los últimos 40 años vendiendo a la clase media estadounidense, ahora los países centroasiáticos, europeos y africanos integrados en esta nueva Ruta de la Seda podrían prosperar produciendo para la clase media china.

La emergencia de esta esfera de influencia china, sustentada en el comercio y las comunicaciones, fue uno de los aportes más interesantes de Stephen Kotkin en sus conferencias de 2017 en el IWM de Viena que mencioné hace dos semanas. Así las cosas, al declive estadounidense hay que sumar la emergencia de China y la posibilidad de una integración euro-asiática. Definitivamente, un horizonte que no nos imaginábamos en los ya muy lejanos 1990s.

Ligas usadas en este artículo:

Liga 1:
https://www.c-span.org/video/?113227-1/washington-journal-Sunday

Liga 2:
https://www.washingtonpost.com/archive/opinions/1990/07/16/bushs-trilateral-vision/919d42fa-424a-4ba1-ae60-86226a2870e3/

Liga 3:
http://www.jstor.org/stable/2393869

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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