Gran triunfo de AMLO, Morena y la fe, imparables para el 2024: ¿con Claudia, con Marcelo o con fractura? Autor: José Reyes Doria

Foto: Gobierno de México.

@jos_redo

“Estoy feliz, feliz, feliz”. Así habló el Presidente López Obrador en la mañanera del día después de las elecciones. No es para menos, pues obtuvo un gran triunfo. A nivel federal retuvo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y en los estados sumó 11 gubernaturas a su causa. El único dolor grande, fue haber perdido en la Ciudad de México, incluyendo la alcaldía Cuauhtémoc donde se ubica el Palacio Nacional.

En cuanto a la Cámara de Diputados, el objetivo real nunca fue (no podía ser, AMLO lo sabía) obtener la mayoría calificada de dos terceras partes. Política y estadísticamente era altamente improbable que Morena y sus satélites obtuvieran 334 diputados, pero el Presidente lanzó ese objetivo como ariete propagandístico para polarizar y movilizar a sus seguidores, de tal forma que renovaran el respaldo a la llamada Cuarta Transformación. La verdadera meta estratégica, irreductible e innegociable, era conservar la mayoría absoluta (50% + 1), pues sin ello la segunda mitad de su sexenio hubiera sido de pesadilla.

Este triunfo permitirá que López Obrador mantenga el control sobre el presupuesto federal hasta 2024. Es sabido que este margen de maniobra es indispensable para sostener e incrementar los recursos destinados a los programas sociales, lo cual consolidará la adhesión de los millones de familias beneficiarias. El manejo absoluto del presupuesto también garantiza el financiamiento incesante de los grandes proyectos de infraestructura de la 4T; el Tren Maya, el Aeropuerto Felipe Ángeles, la refinería de Dos Bocas, el corredor del Istmo, tienen presupuesto garantizado, cueste lo que cueste (por lo general este tipo de proyectos terminan costando mucho más que lo originalmente presupuestado). Sobra decir: el control del presupuesto también permitirá que el Presidente tenga a raya a gobernadores, empresarios, organizaciones sociales.

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AMLO y Morena tendrán ahora 17 gubernaturas, la mayoría de ellas. El año que entra es casi seguro que gane Hidalgo y Oaxaca, en 2023 no hay forma de que no gane Quintana Roo y la joya de la corona, el Estado de México. Por lo tanto, López Obrador y Morena llegarán a la elección de 2024 con, al menos, 21 gubernaturas en la bolsa, lo cual significa control político, maquinarias electorales locales, recursos y presencia local en dos terceras partes de la Federación. Con el dominio del presupuesto federal y 21 presupuestos estatales, la 4T tendrá una base de poder que difícilmente podrá ser desafiada.

Desde luego, este proceso electoral deja lecciones políticas a López Obrador y a Morena que deben asimilar, si quieren capitalizar tan grande base de poder de cara a la elección de 2024 y para consolidar los ejes del proyecto obradorista. El respaldo al Presidente López Obrador en estas elecciones tuvo tintes de verdadera fe. López Obrador supo trasladar su popularidad a MORENA, no en su totalidad porque el Presidente tiene una aprobación del 60 por ciento, mientras que Morena y sus satélites obtuvieron el 45 por ciento de los votos. Pero con eso fue suficiente.

En gran medida es un acto de fe en la persona de López Obrador si tomamos en cuenta que, en todos los sondeos de opinión, las mismas personas que lo respaldan a la vez reprueban los resultados de su gestión de gobierno. Las mismas personas que lo aprueban como Presidente, están seguros que su gobierno tiene malos resultados en educación, en salud, en empleo, en crecimiento económico, en seguridad, en combate a la corrupción, en la erradicación de la pobreza. Pero la gente tiene confianza ciega (como él lo pide) en el hombre López Obrador, al que perciben como honesto, congruente y uno de los suyos que habla por ellos y los defiende.

La fe en AMLO hizo posible, en gran medida que en estas elecciones no le afectaran las graves adversidades que enfrentó, además del desgaste natural del ejercicio del poder. Ni los 500 mil muertos y los millones de enfermos por la pandemia, ni los 12 millones de empleos perdidos entre formales e informales, ni la caída de la economía en un 8.5 por ciento, ni el cierre de miles y miles de pequeños negocios, ni la precarización del trabajo, ni los 10 millones de nuevos pobres, ni la violencia imparable, ni el desdén hacia las mujeres, ni desastres como el desplome de la Línea 12 del Metro (esto perjudicó a Claudia Sheinbaum pero no a AMLO).

A pesar de esa gran capacidad para eludir los costos de todo lo anterior, y a pesar de la fe de que es objeto, AMLO tuvo que esforzarse al máximo para asegurar los resultados que se propuso en estas elecciones. Hizo campaña de tiempo completo desde las mañaneras, sabedor del poder de penetración de su mensaje; exprimió al máximo el impacto emocional de sus programas sociales, incrementando los beneficios, adelantando entregas mensuales, generando expectativas para incorporar a más familias; sin incurrir en negligencias, utilizó el halo de esperanza que representaban las vacunas contra el Covid, dosificando su aplicación, privilegiando sectores y regiones, generando expectativas entre jóvenes de entre 18 y 30 años, dándole una probadita a los de 40-50 años, sin tener las vacunas necesarias para cumplir en lo inmediato esa esperanza; orientó la aplicación de la justicia para lograr el máximo beneficio político y electoral, incluyendo la aprehensión de un ex gobernador priista el mismo día de las elecciones.

No sabemos si las acciones antes descritas fueron determinantes para el gran triunfo de AMLO y Morena, o si, incluso sin realizar nada de eso la fe obradorista lo iba a sacar a flote. Pero en Palacio Nacional sintieron la necesidad de hacer eso y muchas acciones más, para asegurar el reposicionamiento político necesario para lo que viene. Sin embargo, deben sacar las lecciones inherentes, porque los retos políticos y sociales por venir requieren una conducción política eficiente. En apariencia, los opositores partidistas y parlamentarios tienen poca capacidad de desafiar el poder de AMLO, pero cuando predomina una correlación de fuerzas como esta, las oposiciones y problemas se gestan o se infiltran en el grupo gobernante, vienen de adentro.

La carrera presidencial del 2024 empezó en el momento en que se cerraron las casillas electorales el 6 de junio. Marcelo Ebrard y Claudia Sheinbaum son los candidatos con más probabilidades de suceder a AMLO, sin embargo, el tablero político surgido de las elecciones anuncia serias dificultades para AMLO si quiere elegir a alguno de estos dos prospectos para la candidatura presidencial. Claudia, favorita sentimental de López Obrador, perdió estrepitosamente la Ciudad de México, el PRIANRD le arrebató 10 de 16 alcaldías y 13 de 24 diputaciones federales. Nunca, desde 1994 la izquierda había experimentado una derrota de esa dimensión. Sin duda Claudia queda debilitada, tanto al interior del grupo compacto de AMLO como ante la sociedad capitalina y el electorado nacional. El proyecto de rescatarla, fortalecerla y proyectarla al 2024, ahora será mucho más adverso que antes de las elecciones, tal propósito implica el serio riesgo de dilapidar el capital político de AMLO y generar una fractura irreparable.

Marcelo Ebrard tampoco sale fortalecido. Es vox populi que no es el favorito de AMLO, condición que, de entrada, dificulta sus aspiraciones. Además, comparte con Claudia el enorme costo político del derrumbe de la Línea 12 del Metro. El Presidente, por lo tanto, tendrá que valorar si el impulso del gran triunfo electoral del 6 de junio es suficiente para promover a Claudia o a Marcelo a la candidatura presidencial, sin generar una fractura en las cúpula de la 4T y, más importante, sin que ese empeño signifique poner a un candidato presidencial debilitado que, a pesar del gran posicionamiento político del gobierno obradorista, pueda ser derrotado por una posición eventualmente unificada (además, algo simbólico que puede o no pesar en el imaginario popular: Claudia o Marcelo serían el primer Presidente de México con apellido extranjero).

@jos_redo

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