@jos_redo
Sabemos que el discurso de los gobernantes busca convencer de las bondades del gobierno, hacer creer que el país marcha muy bien. El Presidente Andrés Manuel López Obrador no es la excepción, sin embargo, su apuesta es muy alta porque no solo quiere convencer de que vamos bien, también asigna a su gobierno una trascendencia histórica similar a la Independencia, la Reforma y la Revolución. Su Cuarta Transformación es de ese tamaño, dice el Presidente.
Esto recuerda un célebre debate entre Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, en la televisión española de los años ochenta, donde el novelista peruano afirmaba que las décadas 1950-1980 constituían la época más feliz en la historia de la humanidad, debido al triunfo de la democracia liberal, las elecciones libres, la expansión de la seguridad social, la educación, las libertades y otras bondades.
Octavio Paz refutó la idea de Vargas Llosa y dio cátedra de filosofía de la historia. De entrada, dijo el poeta, las democracias occidentales son apenas un puñado entre Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, y pocas más. Basan su prosperidad en un sistema internacional injusto y dentro de sus sociedades persisten la exclusión y la desigualdad. La inmensa mayoría de la humanidad, dijo Paz, vive condiciones de pobreza, hambre, violencia, enfermedad y represión autoritaria.
Para Paz, la era más feliz en la historia de la humanidad fue la de los llamados Emperadores Buenos de la antigua Roma, como lo documentó en el siglo XVIII el historiador inglés Edward Gibbon. Los emperadores del siglo I D. C., de Trajano a Marco Aurelio, pasando por Adriano, decidieron que Roma no podía seguir dominando el mundo con base en la guerra y la expoliación intensiva de los pueblos conquistados. Suspendieron la expansión del Imperio y establecieron tratados políticos y comerciales con los países bajo el dominio de Roma. Flexibilizaron las leyes y las políticas para ampliar derechos y ciudadanía a la mayoría de los habitantes del Imperio.
Los Emperadores Buenos gobernaron casi cien años bajo estas premisas. Numerosos pueblos y ciudades conservan estatuas, columnas y arcos en su memoria. Adriano y Marco Aurelio, emperadores filósofos, sabían que la cultura, la moneda, el comercio, la ciencia y el espíritu romanos, impregnados de la herencia griega, eran las armas más duraderas y efectivas para la continuidad del Imperio.
Es difícil establecer cuál es la era más feliz de la historia, sea de la humanidad, sea de México, sobre todo cuando se afirma que esa era es el momento actual. Siempre hay algo o alguien que refuta o desmiente una afirmación tan categórica. Pero el discurso de AMLO asume el riesgo y afirma que la Cuarta Transformación no solo está a la altura de las tres grandes epopeyas nacionales, sino que es la culminación de lo que no se pudo lograr en la Independencia, la Reforma y la Revolución en materia de soberanía, dignidad y justicia.
¿Quién tiene fuerza para refutar en el plano político la narrativa de López Obrador, así como Paz refutó a Vargas Llosa en el plano intelectual? Ni la oposición, ni los medios, ni los diversos movimientos sociales, ni la academia han podido desvirtuar el México discursivo que AMLO construye todas las mañanas.
El Presidente ha dado por terminada la larga noche del neoliberalismo, caracterizada por el empobrecimiento del pueblo, la concentración impúdica de la riqueza, el saqueo despiadado de las arcas nacionales, la violencia criminal, la impunidad, la marginación y el olvido del pueblo. En esa lógica, el discurso de López Obrador ha establecido un antes y un después en la Historia, donde la nueva era comenzó el 1º de diciembre de 2018.
Una y otra vez, López Obrador asegura que el país ya no es como antes, cuando reinaba la corrupción y el país se desangraba por la voracidad insaciable del mismo Presidente en turno, los secretarios de Estado, los directores generales, los abogados o los empresarios amigos. Eso ya se acabó.
México ya no es como antes, dice el Presidente, cuando había masacres del crimen organizado y de militares y policías, eso pasaba antes, en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Ni los militares ni ninguna otra fuerza del Estado son ya violadores de los derechos humanos, ni gozan de favoritismos. Ya no es como antes, que la procuración de justicia se aplicaba al capricho de los gobernantes, ahora se aplica rectamente, sin fines políticos o electorales. Ya no es como antes, cuando el poder corrupto sometía a los legisladores, a los jueces y ministros de la Corte.
Ahora, el Presidente no tiene privilegios, mucho menos sus cercanos, sus amigos, sus familiares, ningún grupo social o burocrático tiene privilegio alguno. Ante las desgracias humanas o los desastres naturales, ya no hay demagogia ni hipocresía, ni fotos de propaganda, que eran vicios del neoliberalismo; ahora se previenen los accidentes, se garantizan el cuidado, el respeto y la reparación del daño a las víctimas, se imponen castigos inmediatos y ejemplares a los responsables, sean quienes sean.
Ya no es como antes, afirma AMLO, cuando el gobierno le daba carretadas de dinero a los empresarios más ricos. Ahora se apoya y se rescata a los de abajo cuando viene una crisis. Ahora se le echa la mano a los trabajadores y a los pequeños empresarios para que no cierren sus negocios. Incluso, ya no es como antes que se idolatraba el crecimiento del PIB, ahora también cuenta el índice de bienestar y la felicidad de la gente. Ya no es como antes, cuando los gobiernos no escuchaban a grupos largamente excluidos como las mujeres, los pueblos indígenas, los migrantes, los médicos, las víctimas, las madres de los desaparecidos por la violencia criminal. Ahora se les escucha y se les resuelven puntualmente sus reclamos.
Esa es la narrativa presidencial que se construye mañana tras mañana. El edificio luce, en el plano discursivo, bastante sólido, incluso ha sido coronado con una encuesta de inusitado alcance global, donde el Presidente López Obrador aparece como el mandatario con mayor aprobación en el mundo. Ningún otro gobernante goza de más popularidad entre sus gobernados que AMLO. El mismo Presidente presume de vez en vez los alcances planetarios de sus logros, como aquello de que México es ejemplo en el tratamiento de la pandemia de Covid-19; los cientos de miles de muertos eran inevitables, pero de no ser por la acción del gobierno mejor evaluado del mundo, pudieron ser muchísimos más los fallecidos.
Cada quien tiene su opinión sobre actual gobierno, cada quien decide si realmente se ha logrado todo lo que dice el Presidente López Obrador. De ser cierto, entonces estamos en una era que raya en la felicidad. Solo la realidad podría refutarlo, pero ella, la realidad, no tiene voz. En lo personal, creo que lo mejor es dudar cuando se dice que las cosas van requete bien.
Pero pronto tendremos un indicador más o menos objetivo respecto a qué tanto cree la gente en el país que dibuja la palabra presidencial: las elecciones del 6 de junio. Si el pueblo considera que es real todo lo que afirma el Presidente, entonces su partido y sus candidatos obtendrán una votación arrolladora, apabullantemente superior a los votos obtenidos en las elecciones del 2018. Veremos lo que pasa.







