Geranios. Autor: Luis Sánchez

Foto: Pixabay

Por Luis Sánchez

Eran como alas de pétalos encendidas; de geranios para ser precisos. 4 pares. Si uno se paraba y veía desde ahí, ese rincón entre los matorrales, no veía nada, pero si daba un paso hacia la vereda, hasta podía sentir las ráfagas que las alillas provocaban; sí, de luz, o “súbitos golpes luminosos” como dijo el Otro, ese que se quedó ahí sentado, el único que no se aburrió con las alillas; porque los demás nos hartamos y le seguimos. Según él, a varios minutos de que lo dejamos ahí, las alillas le dieron espectáculo: piruetas, vuelos en picada, y hasta hacían ruidos como de campanillas; que dizque lo invitaron a bailar con ellas; pero lo más increíble es que según él les enseñó una redova. Y se lo dijimos, le recalcamos que con nosotros no debía andarse con mamadas, porque si regresábamos y no era cierto lo que nos contaba “íbamos a deshojar geranios luminosos”; como me interrumpió el del bigotito, con tono burlón, cosa que me pareció bien pendeja porque, qué le importaba al Otro que deshojáramos las alillas de luz, bien fácil se nos pelaba mientras revisábamos lo que nos contó. No, no debía andarse con mamadas porque lo quebrábamos ahí, en el mismo rato en que llegáramos y las alillas no hicieran más que andar de un lado para otro entre los matorrales como cuando antes. Fue cuando el del sombrero se desmayó, y pues vimos que debajo del sombrero traía una bolsa de chilitos piquines, ya bastante duros, “y endiablaos”, como dijo el de la camisa verde cuando se zumbó uno. A mí no me dio por levantar al del sombrero porque traía el piquetito de ver los geranios, les dije que ahí lo dejaran y que anduviéramos a la vereda.

A lo mejor ya te las hueles, pero entonces no se me ocurrió que el Otro ya no era en realidad el Otro, incluso cuando se puso a silbar la de la bruja no me las olí. Fue cuando el de la mochila se nos adelantó corriendo y se nos perdió, de ese ya no supimos y “seguramente ya ni sabremos” como dijo el de la camisa verde, todo siseos porque lo enchilado no se le había pasado, luego dijo que tenía que buscar un río porque dizque traía el infierno en la lengua. Y pues adiós. Ya nomás seríamos el del bigotito, el Otro y Yo.

Llegamos al lugar cuando las alillas estaban detenidas en el aire, “y en el tiempo” (estas palabras fueron lo último que vi decir al del bigotito, porque desapareció su carne ahí mismo. Al principio era cosa de no creérsela cuando uno lo escuchaba de repente y no veía a nadie, pero luego nos acostumbramos, como cuando decía luego que las lentejas se veían bien sabrosas, o cuando preguntaba riéndose qué se sentía cagar o mear, pero nosotros no le veíamos ni el bigotito). El Otro fue hacia ellas y les gritó, señalándome, que ay taba yo, “el testigo”. Fue cuando me cayó el veinte, al Otro lo habían hechizado los geranios voladores. Pero era tarde porque el sortilegio me alcanzó igual; quedé inmóvil, como estatua, mientras veía cómo el Otro acercaba la mano a las alillas, hasta tocarlas; y te lo juro, era para mearse verlo engarrotado, como electrocutado al tacto con ellas, doblado por el dolor hasta quedar hincado; y gritaba todavía el bato, gritaba que no le importaba, que si fuera Adán antes del exilio se condenaría por Ella otra vez y otra vez y otra vez. Yo le gritaba que no la chingara, que no sabía el bato lo que decía, que estaba hechizado por los geranios; pero de nada sirvió, el Otro llevó su terquedad hasta lo último, y yo estoy bien seguro que también a mí ya me llevó la chingada. Eso que dijo de Adán no se ni de dónde le vino.

Seguimos el camino después de ahí, y nos encontramos nuevamente al del sombrero, que nunca estuvo desmayado de verdad; luego al de la camisa verde que nunca estuvo tan enchilado, aunque ya no vimos al de la mochila. El del sombrero y el de la camisa verde me preguntaron que quién era la mujer que se unió a la andanza, esa que el Otro no dejaba de besar y agasajarse; yo no quería ni hablarles a los pinches culos, pero les dije que era la perdición de al menos el Otro y mía; porque ya me andaba arrepintiendo de no haber sido yo el que se quedó esperando, viendo las alillas a la orilla de la vereda, como hizo el Otro; y ya se me estaba llenando la cabeza de ideas, ideas ponzoñosas, homicidas, y pues ellos dijeron que la mujer era cosa de magia o algo así, un encanto,  un “sortilegio femenino”, como dijo el del bigotito.

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