José Reyes Doria
@jos_redo
¡“El América es como el PRI”! dijo, un lunes de finales de los años ochentas, un profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. El día anterior, en la final contra el Cruz Azul, el equipo de Televisa iba perdiendo por dos goles faltando menos de 10 minutos de juego, en ese momento el profesor tuvo que apagar la TV y salir de su casa ineludiblemente. Seguro de la derrota americanista, fue a cumplir un compromiso, y su sorpresa fue mayúscula cuando horas más tarde conoció el resultado: el América había remontado y se coronó campeón. El título americanista incluyó la polémica de rigor: decisiones arbitrales dudosas a su favor, sospechosos errores de algunos jugadores del Cruz Azul, etcétera.
Y es que el PRI era todopoderoso, controló los espacios neurálgicos de la política mexicana desde 1929 hasta el año 2000. Cuando las cosas se ponían difíciles en las elecciones o en la aplicación de políticas cuestionables, el régimen priista contaba con numerosos hilos para imponer sus decisiones e intereses estratégicos. Así ocurrió en la elección presidencial de 1952, cuando el PRI movilizó las buenas y las malas artes para derrotar al carismático general Miguel Henríquez Guzmán y asegurar el triunfo de Adolfo Ruiz Cortines. Una operación de Estado similar realizó el priismo en 1988 para imponer el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre el popular ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Lo mismo, en innumerables elecciones por gubernaturas, alcaldías, curules o escaños.
Los fraudes electorales no se pudieron probar plenamente (tontos no eran), pero sí quedó huella de una baraja delirante de trampas, manipulaciones, ficciones, abusos y demás artilugios para ganar o arrebatar. El Poder Judicial, el Congreso, las policías, los medios, los organismos electorales hasta antes de 1997, los principales poderes, estaban alineados en una red de pactos y complicidades que hacía casi imposible que el PRI perdiera las posiciones estratégicas que sustentaban su dominación. Nada es para siempre, claro, finalmente el régimen priista cayó en el año 2000, al menos en cuanto un cambio del partido y la clase política en el poder.
Reflejo de la sociedad, el fútbol presentaba siempre el fenómeno del América como un equipo millonario, propiedad de la empresa de medios más importante de Hispanoamérica en su momento. Televisa, desde los años sesentas, se montó en la popularidad que el América tenía en la capital, y a base de propaganda televisiva intensa, logró hacerlo el equipo más popular de México, junto con las Chivas del Guadalajara. Con tal poder, el América era, y sigue siendo, amo y señor de la Federación Mexicana de Fútbol, de la Liga MX de Primera División, de las comisiones de árbitros, en fin, de los hilos del poder del gran circo que es el deporte más popular de México y el mundo.
El América, obviamente, no es campeón perpetuo, porque en el fútbol nadie puede controlar todas las variables, ni Televisa. Pero torneo tras torneo despliega al máximo su poderosa influencia en el sistema jurídico y el Poder Judicial del juego (el arbitraje y las comisiones disciplinarias), en los medios, entre los grandes grupos empresariales, para obtener ventajas que a veces rayan en el robo descarado. La final que le arrebataron a los Pumas en 1985 en un tercer partido de desempate, o la reciente eliminación del Cruz Azul en la actual liguilla y la victoria sobre la misma Máquina en la final del torneo pasado mediante sendos penaltis dudosos en ambos duelos, estos y muchos otros episodios más, dan fe de la estirpe arrasadora, autoritaria e inescrupulosa del América (nótese que le voy a las Chivas).
El PRI en su etapa de esplendor, siempre proyectó una sensación de inevitabilidad de sus victorias electorales y políticas. Cuando más complicada parecía una elección local o la presidencial, finalmente ganaba el PRI con sospechosos aludes de votación o defenestraciones de opositores. El dominio del PRI era inexorable porque era el único partido con un Proyecto de Nación, decía su propaganda. El América siempre merece ganar, aunque juegue feo o sea superado por el rival, porque tiene una estrategia y un proyecto superlativos. Y si las cosas se complicaban mucho, ahí estaban a su servicio los órganos electorales o los árbitros.
Realmente, el paralelismo está más que fundado, encaja a la perfección si observamos las trayectorias históricas de ambas entidades. Incluso en la ideología: así como el PRI transitó sin pudo del nacionalismo revolucionario al neoliberalismo depredador, así el América ha abandonado la filosofía del juego ofensivo y espectacular para practicar, cuando ha sido necesario y por años incluso, un estilo defensivo-ratonero-especulador.
El América sufrió un bache en los años 2010-2020, fenómeno que coincidió con la caída del régimen priista y el empoderamiento de otros equipos, como los Tigres, el Monterrey, el Cruz Azul, el Toluca o el Pachuca. Pero hoy es tricampeón, una verdadera hazaña en los torneos cortos que empezaron en 1996. En toda la historia del fútbol nacional, solo el Cruz Azul y las Chivas han sido tricampeones también; las Chivas, orgullo que hoy de poco sirve ante la debilidad del equipo, ha sido el único que ha logrado un tetracampeonato.
Así como en los años setentas, ochentas y principios de los noventas, el ánimo social se inundaba de desesperanza ante la perspectiva de que el PRI seguiría ganando y gobernando por muchísimo tiempo más (solo los priistas de hueso tricolor eran felices), así hoy se puede sentir y presentir un negro panorama para el fútbol de México: este América parece que va a lograr otros dos o tres campeonatos seguidos más (solo los americanistas están felices). No parece haber esperanza de que otro equipo le dispute el poder al América al menos en los próximos tres o cuatro torneos.
Interesante coincidencia: el resurgir del América arrasador ocurre en el mismo tiempo histórico de la llamada Cuarta Transformación. Parecería que las Águilas siguen un destino manifiesto que las entrevera con los regímenes poderosos, ahora con el obradorismo-claudismo-morenismo, que goza de un posicionamiento político igual o más imponente que el priismo cásico. En estos últimos seis años, cuando parecía que una elección podía ser complicada para Morena, casi siempre no solo ganó, sino que muchas veces arrasó de forma inesperada. Ambas entidades son populares, y, a la vez, ambas son polarizantes: las odias o las amas masivamente (el único equipo bienamado por casi-todos es Chivas; en la política no hay un equivalente).
Si Plutarco, el célebre historiador griego de la Antigüedad, viviera en estos tiempos, sin duda sentiría una fascinación irresistible por incluir en sus Vidas Paralelas al América, al PRI y a Morena, dándose la licencia de inventar un “paralelismo de tres”. O bien, escribiría dos capítulos: uno, con las vidas paralelas del América y el PRI, otro, con el paralelismo América-Morena.
El régimen del PRI duró setenta años (aunque la vox populi dice que todos llevamos un priista dentro, por aquello de que la cultura política priista sigue muy viva). No sabemos cuánto durará la hegemonía del obradorismo-claudismo-morenismo (apenas se está asentando una cultura política morenista, que trata de ser distinta a la priista, pero esa batalla se sigue librando fuertemente).
Pero lo que sí sabemos, es que el América seguirá existiendo en la era postMorena, y que parece inevitable que mientras coincidan en el tiempo, las Águilas seguirán cosechando campeonatos a rajatabla. La única amenaza para Morena, parece que podría venir del interior mismo de la familia morenista, pues la oposición formal está en estado de coma. La única amenaza para el América es que las Chivas recuperen la memoria histórica y le disputen la supremacía, porque los otros equipos que hoy tienen poder y dinero, no tienen la grandeza del Rebaño Sagrado. ¿Cuál hegemonía durará más: la del América o la de Morena? El balón está rodando.





