Fuga de Cerebros | Es momento de aceptarlo: perdimos la “Guerra contra las drogas”.

FOTO: NACHO RUIZ /CUARTOSCURO.COM

Por Daniel C. Santander*[1]

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Es momento de aceptarlo: perdimos la guerra contra las drogas. A pesar de más de cien años de lucha, hoy en día, se calcula que alrededor del mundo existen 250 millones de consumidores habituales de drogas y haciendo una estimación de las astronómicas ganancias del crimen en la actualidad, si esta industria ilegal fuera considerada un país, sería la cuarta economía a nivel mundial.

Pero esta lucha no sólo se trata de un problema de policías contra criminales, ni tampoco, recae en la decisión de una administración presidencial; se trata, de fondo, de una guerra contra la sociedad en general. A pesar de que este fenómeno ha cambiado radicalmente nuestra vida cotidiana en años recientes, la guerra contra las drogas fue creada hace más de cien años a partir leyes prohibicionistas a principios del siglo pasado.

Históricamente hablando, el gran cambio para nuestras generaciones no fue la masificación del consumo de sustancias psicotrópicas sino, su criminalización. En realidad, el uso de “drogas” es tan antiguo como la propia humanidad. Así, podemos encontrar registros en obras tan antiguas como la de Heródoto de Halicarnaso en el siglo V a.C., considerado el padre de la Historia, donde se describe el uso de cáñamo para fines rituales.

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Por ello, para comprender el paradigma de la guerra contra las drogas es necesario contextualizar que se trata de un fenómeno contemporáneo y por ello, todas y todos hemos sido formados y educados bajo esta concepción prohibicionista donde el consumo es ilegal. Pero este cambio generacional no sólo transformó nuestro entendimiento y relación con este tipo de sustancias, sino que también ocasionó el nacimiento de otro fenómeno que ha lacerado nuestra vida cotidiana: el crimen organizado.

A partir de la implementación de las políticas públicas que prohibieron y criminalizaron el uso y venta de amapola, marihuana, coca o alcohol a inicios del siglo XX en Estados Unidos, se generaron de manera súbita, redituables mercados negros que dieron origen a lo que conocemos como crimen organizado.

A pesar de estas nuevas restricciones, la demanda y consumo de drogas se mantuvieron estables. Pero al volverse más caras de producir, transportar y vender a raíz de la prohibición, éstas elevaron exponencialmente su precio en el mercado, lo que eventualmente dotó a los criminales de un poder económico nunca antes visto. A mayores ganancias, la competencia se endureció. Esto, también hizo que los criminales buscaran la protección de sus negocios por parte de los propios Estados a través de sobornos o intimidación. Así, se creó un negocio ilegal sumamente lucrativo que poco a poco se expandió y se consolidó como parte del desarrollo estatal.

Quizás, el ejemplo más citado de este binomio de prohibición y crimen es La Prohibición en Estados Unidos (1920-1933), a raíz de la promulgación de la Volstead Act que prohibió el consumo de alcohol e instauró una ley seca permanente. En un periodo corto y de manera súbita, los índices de violencia, crímenes, asesinatos y bandas criminales se multiplicaron en las mayores ciudades por la competencia que desató la venta ilegal de alcohol y persecución de las autoridades.

Al intentar comprender por qué ocurría este súbito aumento criminal surgieron dos principales posturas. La primera, se concentró en explicar el proceso como una compleja dinámica que involucraba a gran parte de la sociedad estadounidense: desde el consumidor, el médico que recetaba ilegalmente las sustancias, el policía que los protegía o el juez que los liberaba. La segunda, en cambio, se enfocó en estereotipar y señalar a los culpables: inmigrantes, minorías étnicas y poblaciones vulnerables.

Así, bajo esta segunda idea se desarrolló lo que se conoce como la conspiración extranjera (alien conspiracy) donde se culpó a los italoamericanos de extorsión, a los mexicoamericanos de la venta de marihuana, a los chinos del opio y a los afroamericanos de la heroína. Todos ellos, eran los responsables del “envenenamiento” de la sociedad estadounidense donde gracias a sus conexiones internacionales, importaban estas sustancias de manera estructurada bajo el amparo de la corrupción estatal.

Esto contribuyó directamente a que, cuando se instauró el Comité Especial de Investigación de Crimen Organizado del Senado de EUA (Comité Kefauver) en 1951 para diseñar las nuevas políticas públicas en contra este fenómeno, se concluyera que todos estos grupos seguían las mismas estructuras y dinámicas que los mafiosi sicilianos. Conclusión, que fue sustentada exclusivamente en los testimonios de un exintegrante de la “mafia italoamericana”. No importó origen, etnia, contexto o motivos, todos los grupos fueron clasificados bajo el mismo esquema “burocrático”.

Así, a partir de ese momento, se popularizó e internacionalizó la concepción de crimen organizado como un sinónimo de mafia, entendido bajo una rígida estructura piramidal, con un capo o líder a la cabeza, seguido de lugartenientes y soldados. Esta idea, creada bajo supuestos muy debatibles, permanece hasta nuestros días como el eje rector de nuestras políticas anticrimen y antidrogas. Basta recordar como ejemplo, que la DEA nombró “Operación Padrino” a la reciente investigación contra el general Salvador Cienfuegos.

Asimismo, como el crimen organizado fue visto como este cúmulo de actores, era lógico que los esfuerzos para combatirlo recayeran principalmente en atrapar a los líderes de esas organizaciones. Es decir, importaba más capturar al “Padrino” y no, como proponía la visión académica, en entender cómo y por qué se desarrollaron redes de extorsión y crimen en las ciudades.

De esta forma, en lugar de buscar una solución a largo plazo como resolver o debatir el prohibicionismo que generó aquellos mercados negros y que hicieron del negocio ilegal algo tan rentable, se optó por explotar el uso político y mediático de esta cruzada por atrapar a un Al Capone o a un Pablo Escobar. Éste fue el nacimiento de la Kingpin Strategy o como lo conocemos en México, el descabezamiento de las organizaciones criminales. Esta estrategia es una de las principales razones del actual incremento de la violencia, la fragmentación, la expansión y la diversificación del crimen organizado en nuestro país.

De igual forma, este modelo de crimen organizado influyó decisivamente en cómo se entiende el fenómeno criminal en Latinoamérica. La idea y estructura de los “cárteles” respondió a la homologación del concepto de mafia italoamericana en el contexto latinoamericano, entendiéndolos, como rígidas estructuras piramidales. Por ello, a pesar del incremento de las operaciones en su contra y las capturas de los principales capos latinoamericanos, el poder del crimen no ha disminuido. Simplemente, porque esta estrategia no responde al fenómeno criminal.

Pero las consecuencias de estas malas conceptualizaciones de las estructuras y dinámicas criminales van más allá de ser un problema teórico. Han ocasionado la perduración de políticas ineficaces e incorrectas, justificando el incremento de la militarización en la seguridad pública, impulsando la criminalización de los consumidores y desatando una espiral de violencia que hoy parece rebasarnos.

Por todo lo anterior, después de más de cien años de la Guerra contra las drogas, lejos de que el prohibicionismo haya contribuido a la salud pública o evitado la venta de sustancias ilegales, paradójicamente, ha propiciado las condiciones idóneas para que el crimen prospere y se expanda. Hoy en día, tan sólo el mercado de drogas ilegales en Estados Unidos es tan abrumador que cada año se gastan 100 billones de dólares en cocaína, heroína, marihuana y metanfetaminas, según el último reporte de la Casa Blanca.  

Por ello, hasta que no existan cambios radicales en cómo entendemos al crimen organizado, debatamos el prohibicionismo como la raíz del problema y se genere un verdadero cambio de estrategia, tristemente ―como menciona Tom Wainwright― no habrá un mejor momento como el actual, “para dirigir un cártel”.


[1] *Maestro en Estrategia y seguridad aplicadas por la Universidad de Exeter, consultor y profesor de Narcotráfico y Crimen Organizado en la UNAM y en la Universidad Anáhuac. Twitter @dc_santander

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