Entrevistamos a algunos indigentes en la Ciudad de México, así es como enfrentan el Covid-19 (nota de Maleny Navarro en OEM-Informex)

Foto: Roberto Hernández/OEM-Informex

No usan cubrebocas, y sus manos se mantienen relativamente limpias, hacen lo que pueden en sus condiciones para asearse

Maleny Navarro | OEM-Informex

La tarde cae en Eje Central. Las nubes amenazan con una lluvia intensa, pero el calor no cede. En la esquina de esta avenida con República de Cuba un grupo de personas se resguarda del intenso sol, están sentados y recargados sobre la pared de una escuela, pero separados por un metro de distancia. Es época de cuidarse con las herramientas a la mano.

Se acerca un policía. “¿Cómo están hoy? ya sé que ya les dije, pero tengo que invitarlos a que se retiren de este lugar. ¿Ya comieron? No olviden que en el albergue también pueden asearse”, les dice de cerca. “Échenos la mano poli, ahorita nos vamos moviendo”, le responden y poco a poco toman sus mochilas para moverse.

Mientras caminan a paso lento para aparentar que desalojan la banqueta, se acerca a la gente. “¿Qué traes, güerita?”, le dicen a una mujer que lleva en su bolsa dos recipientes con comida y una botella de agua. “Es poco, pero espero les ayude”, responde y estira la mano para dejarles la bolsa. De inmediato, el resto se acerca y comienza a pelearse la comida y el agua.

Mario les grita: “cálmense banda, ámonos pa’l otro lado”. Y así, todos desalojan esa banqueta para cruzar Eje Central, toreando los coches y para resguardarse frente a la Cervecería Chapultepec, que mantiene sus cortinas cerradas debido a la contingencia sanitaria.

“Soy Mario Huerta, tengo como unos ocho, nueve… 17 años en la calle. Le damos la vuelta al Centro, las Conchitas, a mí me gusta más en mi domicilio pero pss”, cuenta entre risas pues no tiene un hogar. La plática sigue, pero Mario sólo espera el momento de poder comer, afirma que hay días buenos para ellos.

“Las brigadas nos llaman y vamos al albergue y son otras caras. Piojos. No nos dan atención, no nos toman atención, a nadie, a nadie, a nadie. Ellos nos ponen en un papel y en todo con todo, pero hay cosas malas”.

Foto: Laura Lovera/OEM-Informex

Antes de comenzar a grabar la charla, Mario acepta que el Covid-19 no le preocupa, pero sí le afecta, pues sin la gente no hay a quien pedirle una moneda. “La gente la humanidad de la gente pues es… se para y saca las cosas (donaciones)…”, dice y hace una pausa. Mira al cielo por unos escaso segundo y regresa a lacharla.

“No somos rateros, simplemente como ahorita tú viste nos dicen ‘ten’…” Divaga y hace otra pausa. “¿Si me entiendes? Como ahorita, ya nos comemos todo esto”, señala la comida, voltea a ver a su compañero y se lo avienta. “Toma Pa, pa’l rato”. Y agrega: “Son cosas que no tenemos, nos cooperamos con todo”.

Mario viste una playera con la Virgen de Guadalupe, pantalones café y una mochila que luce pesada.

-¿Qué cargas en tu mochila?

-Mis cosas, mi chamarra, mi cobija

-¿Irás a un albergue?

Niega con la cabeza. “Son gentes que no saben agradecer y atendernos a nosotros, te tienen en un concepto de ratero, violento, mugroso, vicioso. En un albergue, ¿que haces, manta? creo que ellos tienen más pecados que nosotros. Nosotros nomás agarramos cosas de la calle, gracias a Dios no nos ha pasado nada. Sí tomo, pero no ofendemos a nadie”.

-¿Y si llueve?

-El de allá arriba nos protege, ¡en serio eh! Dime, ¿quién crees que nos cuida?. El presidente allá no, ese cabrón sale nomás. Nos daban un taco frente a Palacio y prefirieron quitarnos.

Al terminar de platicar con Mario y sus compañeros, las nubes cumplen su amenaza. Llueve y el grupo se dispersa.

La Secretaría de Inclusión y Bienestar Social de la Ciudad de México (Sibiso) brinda servicios de asistencia social y cuidados a personas en situación de calle.

Entre las acciones emergentes diseñaron un plan para atender a la población y los primeros respondientes son quienes laboran en el Centro de Valorización y Canalización (CVC), luego viene la atención en un albergue transitorio y finalmente la residencia permanente en los Centros de Asistencia e Integración Social (CAIS).

Almudena Ocejo, titular de la Sibiso, señaló en marzo que invirtieron dos millones de pesos adicionales como parte de las medidas para evitar contagios y dijo que no se ha presentado ningún caso en los CVC, Espacio Techo, y los CAIS, que atienden a dos mil 150 personas, donde 45 por ciento son adultos mayores.

SIN CASA PERO CON HOGAR

De acuerdo con Nadia Troncoso, directora general del Instituto de Atención a Poblaciones Prioritarias, hasta diciembre, las alcaldías con más personas en situación de calle son Cuauhtémoc, con 30 por ciento; Gustavo A. Madero, con 23 de cada 100; Venustiano Carranza, con 20 por ciento, e Iztapalapa, con 11 por ciento.

Alan cumplirá 33 años el 27 de mayo. Descansa sobre la banqueta entre República de Cuba y Mina. El Covid-19 no afecta su salud pero sí su sobrevivencia.

“Llevo 18 años viviendo en la calle, entre reclusorios y anexos. Aquí siempre o en Garibaldi, Lagunilla, Tepito, todo casi en el Centro. Debido a la drogadicción me agarraron. Estuve en el tutelar de menores, tenía 17 años, me hice como un mes”, confiesa, se sonroja y sonríe. “Estaba robando autopartes”, añade con un gesto que denota su arrepentimiento.

Tras confesarse, un alivio recorrió su cuerpo y comenzó a contar su vida.

“Me cae en la verga porque vivo de la gente: ‘una torta, ahí te va una manzana’, me dicen y no hay. Ve cómo va el camión vacío, a los troles ya no nos dejan subir porque según ya traen cámaras y del Metro, pues te sacan. En la mañana me llevaron los policías en el Metro, estaba pidiendo monedas en el vagón, me alteré porque no hay dinero, no hay cómo me sustente y entonces me emputé y le dije que no me iba a bajar y la policía pues estaba haciendo su trabajo y me dijo ‘te vas a bajar’ y le dije ‘no me voy a bajar cómo ves, al chile’. Y me amagaron y me bajaron”.

-¿Te estás cuidando?

-¿Referente al sexo? -ríe- ¡Nooo!, esta enfermedad no me importa. No le presto atención, trato de no acercarme a los viejitos, si yo lo traigo y ese pedo, trato de no afectar a la gente grande. Namás así protejo a la gente, porque protegerme yo, la verdad me valgo verga, agarro vasos de la calle y ahí tomo refresco. Me vale madre, así vivo. Está culero, ¿veá?

-¿Con quién te juntas?

-Conmigo mismo, nos drogamos nosotros solos. Soy el doctor Jekill.

Alan se ríe, convive y abraza a los reporteros que estamos con él. Se refiere al doctor Jekill, del libro El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson, donde este personaje cree que con una pócima podrá separar el bien y el mal de las personas.

Pero sin la gente, dice Alan, no se puede sobrevivir. “Pues va a valer madre, no se qué hacer. La verdad es que si ya me estoy… llega un pedo en el que te desesperas machín y dices ‘no mames, ¿qué pedo? ¿qué voy a hacer, wey?’. O sea subirme al trole sin llegar a faltosear (porque sé como se hace eso), ¡ah!, siento que con este pedo deberían abrir negocios y ayudar a la gente”, dice frente a un bar cerrado.

“La gente de la calle vive de la moneda, de quienes comen en un restaurante y si no están abiertos ¿dónde chingaos vamos a comer? Si llueve ahorita la puta policía dice que no nos paremos en la escuela y dicen quédate en casa. ¡Ahí es mi casa! ¿a dónde chingaos me voy?”.

En una hora de recorrer el corazón de la Ciudad de México ninguna brigada apareció. Platicamos con Mario, Alan, el Pa, el Greñas y con un grupo de jóvenes que limpiaba parabrisas frente a la panadería La Ideal. Nadie se acercó a auxiliarlos. Alan resumió esta situación.

-¿Las brigadas te ayudan?

-Sí, pero huelo a alcohol, soy adicto, no me pueden llevar así a un albergue, ¿por qué crees? porque me voy a encontrar con gente de la calle que también anda peda y nos vamos a picudear y nos vamos acabar rajando en la madre. En la calle así es este pedo. “Perro negro y callejero… soy un perro negro…”

Y mientras terminaba de cantar este himno de El Tri, le lanzamos la última pregunta: ¿Te gustaría dejar la calle?

-Al parecer por lo que estoy haciendo, estoy no bien, pero estoy aquí. La lógica es que sí me late, yo creo, ¿que culero suena que diga eso, no?

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