El trasnochado PAN quiere salvarnos del “comunismo” de AMLO. Autor: José Reyes Doria

El coordinador de los senadores panistas, Julen Rementería, junto al dirigente de Vox, Santiago Abascal. Foto: Twitter @julenrementeria

@jos_redo

La imagen no deja de ser ridícula: el PAN, a través de sus senadores, se reúnen y pactan con la organización ultraderechista española Vox. El ridículo radica en el afán de autopromoverse, los panistas, como los campeones justicieros que van a salvar a México de las garras del comunismo que, temen, implantará irremediablemente el presidente Andrés Manuel López Obrador.

El ridículo evoluciona a un patetismo por la rusticidad del universo político-conceptual que manejan los panistas y, en general la ultraderecha. Sus expresiones, vale decir: su burda propaganda, denota que no entienden lo que es el comunismo, ni en el plano teórico, ni en las versiones históricas que el mundo conoció durante el siglo XX.

Este posicionamiento del PAN hace patente que se encuentran en un profundo extravío ético-político, derivado del desgaste histórico de la propuesta original del panismo de Manuel Gómez Morín. Desde su origen en 1939, el PAN se proclamó abiertamente como un partido de derecha, cuya misión era reaccionar contra el cardenismo y las políticas de reivindicación social del régimen posrevolucionario.

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El PAN original, si bien declaradamente reaccionario, obtuvo legitimidad de su compromiso con la democracia, la justicia y la defensa de la perspectiva ética de la función publica. La historia la sabemos: el PAN se fue posicionando a través de las décadas, hasta ganar la presidencia de la República en el año 2000 con Vicente Fox, rompiendo 70 años de dominio del PRI; y en 2006, con Felipe Calderón, en una elección de Estado destinada a frenar el ascenso de López Obrador.

El poder, como suele suceder infaliblemente, corrompió al PAN, incluso antes del año 2000. Hasta antes del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), el PAN había podido sortear la inestabilidad de su mezcla interna de diversas facciones de la derecha. En general el panismo doctrinario había logrado mantener a raya los dos extremos que querían tragarse al partido y al país: la ultraderecha fascista y el pragmatismo más rapaz. Pero los pragmáticos sucumbieron al poder y se entregaron al gobierno de Salinas, para legitimarlo por el fraude electoral del que provino y obteniendo, los pragmáticos del PAN, grandes tajadas de poder y dineros.

Ahí el PAN perdió la brújula ética. Con el sexenio de Fox, el PAN perdió también el presunto prestigio de ser capaces de hacer un gobierno honrado desde la derecha. Al contrario, el sexenio de Fox se caracterizó, por el despilfarro, la corrupción y la fusión de lo peor del PAN con lo peor del PRI, para enterrar profundamente la esperanza de una verdadera democratización de México y una reivindicación de los amplios grupos sociales históricamente marginados. Este desprestigio panista derivó en la cruzada abierta y salvaje para imponer a toda costa a Felipe Calderón en 2006.

Ya en el tobogán del escarnio político popular, el PAN en el poder lanzó en 2006 una típica política de la extrema derecha: una guerra. Sí, una guerra contra los carteles de la droga, tanto para legitimar a Calderón como para orientar las prioridades del Estado panista: primero la guerra y la búsqueda de la pax conservadora, y después lo demás, sin importar si se pierden miles y miles de vidas.

A partir de entonces, con las demoledoras derrotas político-electorales de 2012 y 2018, el PAN se encuentra en un laberinto, la derecha económica y social ya no lo respalda, y la derecha política se alía con la expresión política que mejor garantice sus posturas e incluso se ha aliado con algunas corrientes de Morena. En este escenario de debilidad y orfandad, el PAN comete el error estratégico de aliarse con la Vox española, la expresión política de un fascismo trasnacional que quiere colonizar el mundo desde la supremacía racial, ideológica, económica y de clase.

Abrazar el combate al comunismo es tan burdo, que hasta Díaz Ordaz se sonrojaría con esa bandera. De inmediato se produjo una división en el interior del panismo, lo cual indica que aún persisten, agazapadas, diversas corrientes del panismo doctrinario que, ante dislates de este tipo, buscan rescatar a su partido. Pero, si tienen éxito los doctrinarios del PAN, su lucha por quitarle el partido a las corrientes ultraderechistas será muy larga: una brega de eternidad, como diría Gómez Morín.

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