El terror nuclear y cómo se evita. Autor: Federico Anaya Gallardo

Foto: Xinhua -- La formación de misiles nucleares Dongfeng-41 participa en un desfile militar celebrando el 70º aniversario de la fundación de la República Popular China en Beijing, capital de China, el 1 de octubre de 2019.

Si lo que hasta ahora te he contado acerca de Ucrania, la Federación Rusa y otros países eslavos te parece centenario, denso y lleno de dolor, lectora, hoy agregaré otro terrible elemento a esa complejidad. A finales de agosto de 1945 la ceniza nuclear cubría Hiroshima y Nagasaki. Una de las maldiciones que la crónica impone a la Historia es que eventos como ese distorsionan nuestro entendimiento. En aquel momento, prácticamente nadie, fuera de los círculos más cercanos a los líderes estadunidense, británico y soviético, estaban al tanto del Proyecto Manhattan. EU e Inglaterra no sabían que la URSS ya estaba enterada. Oficialmente, fue sólo hasta el 25 de julio de 1945 (apenas doce días antes del ataque a Hiroshima) que el presidente Truman reportó al secretario general Stalin que la bomba existía.

Esta anécdota es relevante para nosotros. El primer ministro Churchill, quien sabía que en ese instante Truman revelaría al soviético la existencia de la bomba, registró así la escena: “…era vital medir el efecto que la noticia ejercería sobre Stalin. Pareció quedar encantado. ¡Una nueva bomba! ¡De un poder extraordinario! ¡Probablemente decisiva en la guerra contra el Japón! ¡Qué suerte! Esta fue la impresión que saqué en aquel momento. Estoy seguro de que Stalin no tenía la menor idea de la importancia de lo que acababa de oír (…) Si hubiera tenido alguna idea de la revolución que se estaba produciendo en los asuntos mundiales, su reacción hubiera sido muy distinta (…)”. El descendiente del gran duque de Malborough siempre despreció al hijo del zapatero georgiano –del mismo modo que los europeos occidentales siguen despreciando a todos los pueblos al Este de Alemania.

Pero sucedía que el georgiano llevaba tres años enterado del Proyecto Manhattan, gracias a la inteligencia soviética y a la solidaridad de algunos de los científicos occidentales. La URSS, aunque con retraso, estaba desarrollando su propia bomba nuclear y el Kremlin sabía del potencial destructor de la nueva arma. La falta de sinceridad angloamericana demostró que Occidente jamás consideró a la URSS su aliado. (Para comprobar esto, lectora, busca las Memorias de guerra de Churchill.)

Avancemos. El más grande impacto de la bomba fue geopolítico. Entre 1943 y 1945, los tres grandes (URSS, EU e Inglaterra) habían discutido cómo se organizaría el mundo luego de vencer a los nazi-fascistas. Juntos, cara a cara, los tres liderazgos habían acordado crear un sistema de seguridad colectiva. El término “Naciones Unidas” nació como sinónimo de “Aliados” en las proclamas militares. La obscena maldad del enemigo común imponía a todas las naciones aliadas un altísimo estándar geopolítico. La conferencia internacional de San Francisco empezó sus trabajos en abril de 1945 (tres meses antes de la prueba nuclear exitosa en Álamo Gordo). La Organización de las Naciones Unidas y la nueva Corte Internacional de Justicia fueron constituidas en junio siguiente, un mes antes de la explosión en Nuevo México. Es decir, los 46 estados fundadores diseñaron las instituciones ignorando la existencia de las armas de destrucción masiva. Un gravísimo defecto de origen –que explica por qué en la Crisis de los Misiles Cubanos de 1962 y en la guerra ruso-ucraniana de hoy (junio 2022) la ONU brille por su ausencia.

La URSS alcanzó a EU, pero con cuatro años de retraso. Su primera detonación ocurrió en agosto de 1949, pero aún entonces carecía de mecanismos seguros para transportar y soltar la bomba sobre un objetivo. La primer prueba de bombardeo soviética exitosa ocurrió apenas en 1951. En por mientras, EU habían pasado de la fabricación artesanal (cada una de las bombas de 1945 era hecha a mano) a la manufactura en serie. Gracias a esto último, en junio de 1950, cuando empezó la Guerra de Corea, los estadunidenses tenían 300 bombas atómicas y una gran flota de B-29 para transportarlas a sus objetivos. Hoy nadie quiere recordarlo, pero esa década fue la era del monopolio nuclear.

El poder absoluto corrompe absolutamente. ¿Hay poder más absoluto que la posibilidad de resolver cualquier conflicto descargando el fuego nuclear sobre tus enemigos? En Corea, EU ponderó al menos dos veces esa posibilidad. Su comandante militar (MacArthur) llegó a soñar una región contaminada por 60 o 120 años para evitar ataques de los comunistas. El presidente Truman desplegó bombarderos B-29 con capacidad nuclear tanto en Extremo Oriente como en Europa. En agosto de 1950, cuando los comunistas dominaban casi toda la península coreana, la encuesta Gallup preguntó a los estadunidenses su opinión sobre el uso de la bomba atómica para resolver el conflicto. 60% de los encuestados se manifestaron en contra, 28% a favor, 12% no tenía opinión. En los siguientes seis meses, MacArthur desembarcó en Incheón y salvó a los sudcoreanos, ocupando casi toda Corea del Norte. Pero entonces China entró en el conflicto y derrotó a los estadunidenses. En el verano de 1951 se había estabilizado el frente y la opción nuclear volvió a discutirse. Una nueva encuesta de Gallup encontró que hasta 50% de los encuestados apoyaban el uso de la bomba atómica pero sólo contra objetivos militares.

Cuando Truman amenazó con usar la bomba, el primer ministro británico Clement Attlee (laborista) viajó de inmediato a Washington para detener a su aliado y logró seguridades que una decisión así no se tomaría sin informar primero a Canadá e Inglaterra. (El sistema de transparencia canadiense ha puesto a disposición pública documentos de esa cumbre británico-estadunidense. Liga 1.) Si EU había logrado un mandato para repeler el ataque de Corea del Norte, la ONU no apoyaría una guerra nuclear.

Pero el problema central estribaba en que en aquellos años sólo EU tenía capacidad de ataque nuclear. MacArthur o su sucesor (Ridgway) podrían haber bombardeado a Corea del Norte y a China. La URSS no habría podido tomar represalias nucleares. Un contraataque convencional soviético en Asia o Europa habría enfrentado a cientos de B-29s con capacidad atómica. Washington podría haber reinado solitario, desde nuestro hemisferio, sobre una Eurasia contaminada por sus 300 bombas.

Eventualmente, el programa nuclear soviético alcanzó al estadunidense. Aparte de las flotas de bombarderos tradicionales, ambas potencias desarrollaron misiles para lanzarse mutuamente las cabezas nucleares. China detonó su primera bomba en 1964. El hecho de que las potencias nucleares podrían destruirse mutuamente aseguró, paradójicamente, la paz.

En octubre de 1962 este arreglo pasó su peor prueba. Aprovechando los ataques estadunidenses a la revolución popular en Cuba, la URSS ofreció no sólo solidaridad política, sino que colocó misiles nucleares en la Isla. EU denunció la maniobra y el mundo estuvo al borde de un enfrentamiento nuclear. La URSS podría haber destruido ciudades estadunidenses. Los misiles yanquis colocados en Turquía e Italia podrían haber destruido ciudades soviéticas. Khruchev y Kennedy dieron un paso atrás. Moscú retiró sus misiles del Caribe. Washington los suyos de Turquía e Italia. Una línea directa entre ambos poderes ejecutivos se estableció para asegurar negociaciones directas en crisis futuras.

Cuando se disolvió la URSS, en 1991, el peligro mayor era la proliferación de potencias nucleares. ¿Qué Estado heredaría el arsenal nuclear soviético? Guiados por la prudencia, los estadunidenses apoyaron el monopolio a favor de la República Socialista Soviética de Rusia (RSS-Rusia). Lo anterior implicaba el retiro de los artefactos nucleares de las repúblicas que se habían separado de la URSS. Los casos más graves eran Ucrania y Kazajistán. Ambas repúblicas aceptaron la desnuclearización –misma que fue monitoreada por la ONU.

El arreglo incluía la declaración formal de que ninguna de las repúblicas separadas de la URSS entraría en una coalición militar. Esta era una garantía a la soberanía de la naciente Federación Rusa y un seguro que evitaba excusas de enfrentamiento nuclear con el nuevo Estado. Pero sobre esto regresaré, lectora, la semana que viene.

Liga usada en este texto:

Liga 1:
https://declassified.library.utoronto.ca/exhibits/show/korea—canopy—and-consultat/truman-s-speech–informed-or-c/13-december-1950–truman-attle

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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