El sagrado masculino y la resistencia. Autor: Iván Uranga

La firmeza de una convicción no tiene fuerza sin la ternura de un ideal.
Iván Uranga

Pensemos por un momento que la diferencia sustancial entre hombres y mujeres no es lo biológico, sino nuestra forma de relacionarnos ante la vida toda. Sobre lo biológico he escrito en esta misma columna las diferencias y sus efectos antropológicos desde el origen en el artículo “¡Cuánto vale un óvulo!” que ha tenido una muy buena lectura y del que he recibido excelentes comentarios en mi correo sobre todo de investigadoras.

Lo que me interesa compartir hoy es el reto que presenta el conocimiento de la identidad personal y cómo se relaciona con lo masculino y lo femenino. Esta reflexión se inscribe en una vieja inquietud humana que ya constaba en el oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». A esta columna que hoy cumple 2 años le llamamos “El Espejo” precisamente por esta máxima, porque para poder crecer la consciencia sobre nosotros mismos es fundamental observarnos y ser observados por nosotros mismos, es decir, no sólo como el reflejo de lo que somos, sino cómo nos mostramos o nos abrimos ante todo lo demás.

Lo primero que nos determina es nuestra pertenencia, y esta, contrario a lo que se cree, la determina un pequeño tokonoma o nicho, tal vez rascado con la uña de nuestro índice, en cualquier parte del mundo durante nuestra niñez en donde fijamos nuestra mirada y reflexionamos sobre nuestra existencia. La segunda pertenencia es el lugar en donde más se nos extraña y este lugar casi siempre es el cariño incondicional de alguien. Nuestra tercera pertenencia es ese lugar en donde decidimos conscientemente ser. Es a lo que dedicamos nuestra vida y puede ser desde un mísero empleo, hasta el universo mismo, pasando por querer ser un papel que diga tu cargo o tu grado académico, o el ser padre o madre y decidir que eso por más miserable que sea, es lo que quieres ser.

Se ha hablado mucho del sagrado femenino que básicamente se refiere a la capacidad reproductiva, receptiva, fluida, sensitiva, creativa, tierna y cuidadora de lo femenino, relacionado con el agua y el corazón, por lo que las características del sagrado masculino son dar, la acción, rapidez, intrepidez, osadía, fuerza, entusiasmo, relacionado con el fuego y cerebro. En lo personal pienso que esta percepción “mística” es muy limitativa y condicionante, que refleja solamente los paradigmas impuestos y tienden a que las personas se conformen con su rol social establecido. Todos los seres humanos podemos desarrollar todas esas características sin importar nuestro sexo.

Lo que sí es una realidad es que por naturaleza, el hombre se abre hacia fuera, enfrentando y la mujer se abre hacia dentro, acogiendo. Es esa capacidad innata de competencia varonil y protección femenil lo que distingue –desde donde yo veo– a lo masculino de lo femenino, con la ventaja de contar con un cerebro que genera un sistema de aprendizaje propio que te permite, independientemente de tu biología decidir tu propio rol en la vida. Garantizando que un hombre pueda ser todo lo femenino que quiera y a una mujer todo lo masculino que se le antoje.

Durante mi vida he generado diversos documentos sobre feminismo, incluso en un congreso feminista en Argentina escuché que una compañera citaba uno de mis textos y se lo atribuía a “la compañera I.Uranga”. Los últimos dos años he publicado una columna todos los lunes en el portal de Julio Astillero y de 150 artículos al menos 15 de ellos hablan de feminismo, por lo que entiendo que algunas voces misóginas me llamen “Compa Mangina” (“man” de hombre en inglés y “gina” de vagina) que es un término de acuñación reciente, y lo usan para “insultar” a los hombres, qué, como en mi caso, defendemos o somos solidarios con el feminismo. Aunque pretende ser un insulto, no lo es, por lo menos en mi caso, porque me significa y me distingue, porque soy un hombre irremediablemente heterosexual y feminista, por lo que también a algunas compañeras (y compañeros) les molesta que escriba sobre feminismo; ellas porque creen que no se puede ser feminista si no eres mujer y a ellos porque creen que es tarea de las mujeres escribir sobre feminismo. Situación que me sucede igual con los compas intelectuales de las comunidades originarias, que creen que no debo escribir sobre temas que involucren a los pueblos indígenas, pero hace mucho entendí que si queremos cambiar el mundo nada nos puede ser ajeno.

Aunque tengo toda mi vida en una formación permanente, jamás escribo nada, si no es desde la experiencia concreta, en el campo, en la montaña, en la ciudad, he luchado hombro a hombro con campesinos, obreros, colonos, indígenas, estudiantes, maestros, mujeres, hombres, intelectuales, sindicatos, organizaciones, comunidades y pueblos, en la academia, desde la clandestinidad, en los medios públicos o en la calle he luchado en diversas latitudes de los 5 continentes. Y me he ganado el derecho de no hacer nunca nada que no quiero hacer y hacer sólo lo que amo. Es decir, nadie puede decirme qué hacer o qué no hacer o qué escribir o qué no escribir y nunca me han pagado por dar mi opinión.

El principal problema que enfrenta el hombre para construir su identidad es el modo de procrear, (aunque el coito indudablemente no es el único ni el más importante modo de amar) presenta una primera dualidad a superar; el varón al darse sale de sí mismo.

Como género saliendo la semilla de él se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertura pero acogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y a su amor. Sin la mujer el varón no tendría dónde ir. Sin el varón la mujer no tendría qué acoger. La mujer acoge el fruto de la aportación de los dos y lo guarda hasta que germine y se desarrolle. Todo este proceso –aunque él es también protagonista– se realiza fuera del varón.

Posteriormente la mujer es apertura para “dar a luz” (expresión mística y sinónimo cultural de parir) un ser que tendrá vida propia. A través de la mujer y con ella el varón está también en el hijo o hija. El varón está en la mujer y está en el hijo o hija, pero fuera de él. La mujer, sin embargo, es sede, regazo y casa. El varón está en la mujer. El hijo, cuando ya está fuera de su madre, siempre, sigue estando en ella. También la mujer está en el hijo, pero fundamentalmente ellos están en ella.

Difícilmente el hombre va a superar esta dualidad que es cultivada por la sociedad en donde el ser madre es sagrado y nuestra madre es la mejor mujer del mundo. El pequeño o gran Edipo nos perseguirá por siempre a menos que trabajemos nuestra consciencia del Yo y logremos deslindar a nuestra madre, como ente superior a los demás humanos.

Para intentar explicar y descubrir la condición sexuada dentro de la persona, habrá que hacerlo con  preposiciones, que son los términos gramaticales que describen las relaciones. A lo masculino correspondería la preposición “Desde”, pues parte de sí para darse a los demás. A lo femenino le correspondería la preposición “En”: pues se abre dando acogida en sí misma. La persona masculina se podría describir, entonces con Ser-con-Desde, o Coexistencia-Desde, y a la femenina como Ser-con-En, o Coexistencia-En.

Este modo de darse diferente y complementario, se da en todos los campos y en todas las relaciones humanas, independientemente de la preferencia sexual y apoyándose en la dimensión constitutiva de apertura que tiene cada persona, habría dos modos de ser persona; la persona femenina y la persona masculina.

La realidad humana sería, entonces, disyuntamente o Ser-con-Desde o Ser-con-En que en la práctica es el equilibrio entre la dureza y la flexibilidad lo que nos permite existir, es decir, nuestra permanencia y resistencia depende de este equilibrio.

La resistencia

La resistencia es la capacidad física que posee un cuerpo para soportar durante un tiempo determinado. Por lo que resistir no es una acción permanente, cuando hablamos de resistir, estamos hablando de dos finales posibles; cedemos ante la fuerza o la fuerza cede, pero jamás hay un ganador. En lo que respecta a nuestra especie estamos a punto de ceder porque perdimos el equilibrio entre la dureza y la flexibilidad.

Cuando hacemos bioconstrucción en las comunidades autónomas autogestivas, debemos entender este principio básico, si queremos que nuestras casas resistan el mayor tiempo posible.

Para que una construcción perdure, debe haber compactación y tensión; un elemento que dé la dureza y otro que dé la flexibilidad para que lo duro no se fracture: La construcción de edificaciones de concreto deben llevar cemento para darle dureza y varillas de acero para darle flexibilidad, eso permite que lo que se construya no se desmorone; pero si la construcción tiene demasiado cemento se romperá y si tiene demasiado acero se doblará. Este principio ha sido aplicado desde las primeras construcciones humanas. Cuando se hicieron las primeras construcciones de tierra se dieron cuenta que si no le ponían fibra vegetal, sólo eran terrones que se desmoronaban, pero al aplicar la flexibilidad con paja, ramas, o excremento de animales herbívoros con un alto contenido de fibras, las construcciones podían durar años.

A diferencia de las construcciones de concreto que tienen una vida útil de no más de 50 años, existen construcciones de adobe (tierra y fibra) que tienen más de 5 mil años de antigüedad. Estas construcciones, las más antiguas, usaron como molde las manos humanas formando una especie de conos entre las dos manos, que acomodaron cuatro de estos conos con el pico para arriba como base y uno metido hacia abajo entre los cuatro de base y así repetían esta operación de forma lineal hasta formar las paredes más antiguas jamás construidas. Por lo que nos gusta pensar que gracias a la evolución, estamos diseñados con un cuerpo, que usado como herramienta es todo lo que necesitamos para transformar nuestro hábitat en un hogar digno para cohabitar con todo en perfecto equilibrio.

Por supuesto que usamos tecnologías alternativas y saberes milenarios para construir “con lo que hay”. La idea principal es no tener que migrar materiales para evitar la huella química y el cambio del medio natural y si somos capaces de construir usando sólo el material natural de la zona, cuando no estemos, este material regresará a la tierra de forma natural y en el mismo sitio donde fue transformado, pero no piensen que somos fanáticos, sólo somos muy prácticos, por lo que si en el lugar ya existe material traído de otro lado, se usa.

Este mismo principio de combinar la flexibilidad con la dureza para lograr resistencia, lo podemos observar en todas y cada una de las formas de la naturaleza, desde plantas, animales o montañas y que en las relaciones humanas es la combinación entre lo sagrado femenino y lo sagrado masculino. Y digamos que es sagrado porque es el principio de toda la vida.

Se dice que todo hombre debe construir su casa con sus propias manos para que dé resguardo a su familia durante toda su vida, por lo que en las comunidades el hacer adobes y construir las casas es básicamente una tarea masculina, en contraparte hemos podido comprobar científicamente que toda semilla plantada por las manos de una mujer es dos veces más fértil que la que siembra un hombre.

Cuando escuchamos esta creencia, nos dimos a la tarea de experimentar con decenas de jóvenes con los que trabajamos en las universidades y las comunidades para comprobar la fertilidad por sexo y pudimos constatar que las semillas sembradas por mujeres fueron por lo menos 40% más fértiles que las sembradas por hombres.

Después nos dimos a la tarea de enseñar a las compañeras a hacer los mejores adobes y las mejores casas que la ciencia y la experiencia nos ha enseñado a hacer con bioconstrucción y a los compañeros a hacer pruebas de fertilidad en todas las semillas para garantizar un 100% de efectividad, con lo que demostramos que la consciencia sobre las cosas puede hacernos iguales a hombres y mujeres y que ellas pueden ser todo lo masculinas que quieran y ellos todo lo femeninos que se les antoje.

En todo caso la clave para la resistencia es la armonía entre lo duro y lo flexible, dos flexibles no resisten y dos duras o duros no duran.

Durante el último milenio la tierra ha sufrido el efecto de la explotación tenaz, desmedida y dura de la masculinidad humana, es necesaria un nueva era femenina sensitiva, receptiva, creativa, tierna y cuidadora que proteja y priorice la vida y no la ganancia, el sagrado masculino debe contraerse y dejar que el sagrado femenino se expanda para sobrevivir como especie. En todo caso es pura compensación histórica, ya vendrán tiempos de armonía, equilibrio y equidad, si sobrevivimos.

Aquí pude ver los artículos publicados de Iván Uranga en el portal de Julio Astillero.

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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