El nudo. Cuento por: Iván Uranga

La Bestia no pudo con ella, la Covid sí
En memoria.

            -No quiero que venga, no lo quiero,  ya no lo aguanto más, no otra vez, debo hacer algo, pedir ayuda, siempre acaba lastimándome, y lastimando a los que más quiero. Ya no más, Dios mío ayúdame; este es mi cuerpo, esta es mi mente y sólo yo debo decidir sobre ellos y no él. Es un desgraciado que llega y abusa sin piedad de mí, destruye mi dignidad y mi orgullo-. Gritaba desesperada Raquel al tiempo que aventaba al piso la computadora- si no ha pasado ni un mes, ¿por qué ahora que me va tan bien, por qué tiene que aparecer ahora?, cada vez que me violenta, tardo más en recuperar mi ánimo y mi autoestima, me lleva más tiempo convencerme de nuevo que debo seguir adelante, que puedo vivir mejor y cuando me estoy sintiendo tranquila, aparece de nuevo ese bastardo hijo de puta a hacerme daño, a violar mi cuerpo y mi mente,- repetía llorando Raquel al tiempo que caía de rodillas y se desvanecía. Sabía que era inevitable, había sentido el furor que traía el aliento de la bestia, su nerviosismo aumentaba al grado de no poder poner en orden sus ideas, su esposo se había ido, y le preocupaban más que ella, sus hijos, porque su madre ya no podría ayudarle, de pronto vio con claridad, -Eso es, son ellos, es mi madre y ese maldito que no me quieren, tratan de quitarme a mis hijos, es algo que me están dando en la comida, en el agua ,tengo que escapar, irme lejos de todos… me quieren matar- Aquel hombre se deslizó despacio en la sala, donde se encontraba Raquel en posición fetal y llorando, con una mueca que intentaba ser un sonrisa dulce, se acercó al costado de ella poco a poco, diciéndole – Ya llegué, soy el amigo que siempre te ayuda a escapar, vamos, anda, donde nadie nos pueda hacer daño, anda- y diciendo esto Fernando, la envolvió en una cobija con fuerza y la cargó.

            -Esta trastornada, es un enferma mental como su difunto padre- dijo la madre de Raquel a Fernando en la sala de espera del hospital -ya le dije Doña Mary que no está bien que le diga así, eso es despectivo, Raquel lo que tiene es un problema de salud mental- contestó Fernando. Él era un joven Trabajador Social voluntario que entre sus responsabilidades tenía la de ayudar a Raquel.

            Raquel era una alegre joven madura que se destacaba desde muy pequeña por su sensibilidad. Comenzó a estudiar piano a los 6 años y cuando empezaba a dar sus primeros conciertos profesionales a los 20 años le diagnosticaron “la enfermedad”, al principio pensaron que se trataba de una crisis nerviosa ocasionada por el estrés de los conciertos, Juan, su novio, músico y violinista, estuvo siempre con ella apoyándola en todo momento, juntos decidieron que debían casarse para que ella estuviera más tranquila y poco después de cumplir los 22 años, Raquel contraía matrimonio con Juan. Los primeros años de matrimonio se caracterizaron por los constantes ingresos al hospital y las visitas a los especialistas, Juan poco a poco fue conociendo más sobre la enfermedad de Raquel, se enteró de que, en el caso de estos pacientes,  aquella liga que tienen todas las personas y que permite que la imaginación sea controlada por la realidad, en algún momento “se rompía” y los tratamientos intentaban de alguna manera restablecer y mantener esa unión.           

            Durante el primer embarazo de Raquel, Juan la obligó a deshacerse del producto, amenazándola con irse de su lado si no abortaba. Le dijo que debía interrumpir el embarazo, sobre todo porque ella estaba en constante medicación, la realidad es que él en alguna visita escuchó afirmar a uno de los médicos tratantes, que él había atendido al padre de Raquel hasta el día que éste se suicidó. El miedo se apoderó de Juan ante la posibilidad de tener un hijo “dañado”, ¿Qué haría él con un “niño roto”? Lo mismo hizo años después, cuando Raquel quedó embarazada por segunda vez, pero en esta ocasión, al día siguiente del legrado, Juan la abandonó para siempre y sin despedirse; ella entre la rabia y la frustración, entendía los motivos de Juan, porque ya fuera que anduviera a tientas en medio de las tinieblas de la confusión que le provocaba la enfermedad o cuando se hundía en la depresión o cuando le daba esa euforia destructiva, sabía que la enfermedad no soltaba a su presa, y Juan, que durante 10 años la acompañó, era siempre una víctima más de “La Bestia”, como llamaba Raquel a los episodios psicóticos que sufría. Ahora a sus 35 años no le quedaba más que dar clases de piano con supervisión, durante los periodos de tranquilidad entre visita y visita de La Bestia.

            Doña Mary era una mujer sencilla, que había sido maestra rural en los tiempos de la alfabetización, donde conoció a Pedro, el padre de Raquel, él era un joven filósofo escritor, obsesionado con las revistas, la radio, los seguros de vida y los automóviles, trabajaba de intendente en la escuela a donde ella fue asignada y escribía siempre extraños relatos, historias que cautivaron a Doña “M” como él la llamaba, Raquel nació justo una semana después de que Doña Mary cumpliera los 40 años y  un año después, Pedro se había suicidado extrañamente una noche, al correr descalzo por la autopista haciendo ruidos y moviendo las manos como si condujera un auto, hasta que un camión marca Volvo lo embistió de frente y acabó con su vida. Y desde siempre ella se había hecho cargo de Raquel. Cuando Raquel empezó de novia de aquél músico Doña Mary se sintió muy preocupada, pero ese joven era tan simpático y amoroso con su hija, que el tiempo que duró él cuidando él a Raquel, fueron como un oasis de tranquilidad, dónde hasta pudo volver a frecuentar a su amigas sin tener que ocultar o dar explicaciones de “la enfermedad de su niña”;  fueron los mejores años de su vida. Pero no duró mucho su alegría, porque “el maldito desgraciado de Juan, había abandonado a su pobre hijita” y ahora ella era quién debía volver a cuidarla.

            Cada vez que Raquel abandonaba el hospital, absolutamente sedada, poco le daba la cabeza para pensar en cómo había sido la visita de La Bestia, pero bien que reconocía aquel brazo fuerte que la acompañaba, ese brazo se llamaba Fernando, siempre estaba ahí, para no dejarla caer. Ella siempre bromeaba con él – que tal Fer, ¿ahora cómo te fue con La Bestia?, ¿te costó mucho domarla?- le decía mientras le mostraba una sonrisa cómplice, – Nos fue mucho mejor esta vez, ya casi la tenemos domada – le contestaba con seriedad Fernando y le dijo:- Pero ahora es tiempo de dormir, de descansar, ya sabes que no podemos alterarte el sueño, ya mañana platicaremos más.

            Ese medio día Fernando le llevó el almuerzo a Raquel que recién se despertaba, era un buen plato de pescado, acompañado de espinacas con aceite de oliva y nueces, y una fresca agua de piña. -Anda come algo, ya sabes que no me gusta darte el medicamento en ayunas-  Raquel se sentía mucho mejor y sonriendo le dijo:- Es una ventaja estar medio loca, mira te tratan como una reina, sólo me falta un rico licuado de avena y mi pan de dulce- Fernando la miró haciéndose el enojado mientras le decía- Ya sabes que eso no lo puedes comer, el gluten te hace daño, además que debemos cuidar tu dieta por que las pastillitas esas que te dan, engordan-. Después de comer, Raquel le pidió a Fernando que le contara como había sido la visita de La Bestia en esta ocasión, Fernando le relató desde el momento en que llamó su madre hasta que llegaron al hospital a que la atendieran, Raquel escuchó con suma atención y cuando él terminó le pregunto: -¿No agredí a nadie, no intenté lastimarte, había alumnos, alguien más me vio?-. -No, no, tranquila, llegué a tiempo, tu mami estaba sola contigo y ella en cuanto te vio mal, se fue a su recámara, se encerró y me llamó, además tú debes recordar todo-. -Sí, pero a veces no sé qué fue real y que no, además  pobre de mi madre, desde aquella vez que la empujé para salir y se lastimó la cadera ya me tiene mucho miedo, me siento tan mal Fer, esto es muy desesperante, cada vez que me siento mucho mejor, cuando siento que ya no regresará más, aparece de repente, sé que es un momento, pero me parece tan larga la agonía desde que llega el preámbulo, cuando comienzo a sentir esa euforia extraña, hasta que aparece, sé que son sólo unos segundos pero parecen eternos, te juro que si pudiera en ese instante tomaría un arma y en cuanto apareciera acabaría con La Bestia-. – Tienes que entender que los episodios no son el fin del mundo, cuando sientas que vienen hay que esperarlos con cautela, sabes que pasarán y ya sabes cuáles son nuestras armas, debemos cuidar tu medicación, tu dieta, tu descanso, hacer ejercicio, socializar, debes sentirte productiva, además con tu música nos ayudas a acabar con los estigmas en torno a las personas con problemas de salud mental, es como dice tu padre en ese ensayo que escribió que tanto te gusta, anda léemelo otra vez- – Siempre lo tengo aquí junto a mí encima del buró, escucha:

            -Todos tenemos, como mínimo, dos mundos en nosotros mismos. Uno, el “real”… y otro el “deseado”. Al primero lo aceptamos y vivimos con cierta resignación; mientras que el segundo, lo conocemos, pero hemos aprendido a renunciar a él, seguramente por miedo a que se convierta en una realidad incómoda para los demás. “El mundo real” nos hace supervivientes y demuestra a nuestro EGO la capacidad de adaptarnos a lo incomodo, adverso y perjudicial que es; mientras que el segundo, el mundo de los sueños, nos convierte en infatigables luchadores románticos, exploradores de universos, y habitantes del deseo, que sin duda es el mundo que merecemos.

            Firmemente creo que el equilibrio entre ambos es la verdadera cordura, digan lo que digan los terapeutas y presuntos expertos del comportamiento humano. Es más, es ese equilibrio el que nos permite vivir ambos mundos a la vez, pues ambos cohabitan en nosotros, siempre es el mundo en que vivimos el reflejo fiel de un fragmento de la dualidad en nuestra mente, y cada ciudad y pueblo, cada casa, cada calle, cada profesión o canción, surgieron primero en el mundo de lo imaginario.

            Pero si vamos un poco más allá, también veríamos que, al igual que existen dos mundos en cada persona, en cualquier ser humano coexisten dos vidas, en paralelo. Una, la que algunos consideran erróneamente única, que es la vida exterior, esa que está fundamentada en lo externo, en lo tangible y ajeno…y que demasiadas veces conforma el rígido concepto que tenemos de nosotros mismos y que defendemos con tesón; la segunda vida, más íntima y verdadera, yace en nuestro interior y proviene del alma, ese espacio profundo en el que se unen la razón y el sentimiento. Ambas vidas son, como he dicho antes, en principio, paralelas y aparentemente excluyentes entre sí…aunque quizás sólo se trate de ver y de vivir la vida desde una nueva y diferente óptica. Uno puede experimentar una situación confusa, dramática si quieres, en el exterior…mientras que internamente -en su otro Yo- la experimenta desde la paz profunda y la serenidad, encontrándole el sentido oportuno. ¿No sería esto también esquizofrenia? ¿Por qué debe ser sólo crítica cuando esta confusión dramática invade nuestro mundo interno?            

            Particularmente creo que hay un invisible hilo o puente que une ambas vidas -la exterior y la interior- y que uno puede -y debe- aprender a reforzar ese vínculo, evitando que éste se rompa definitivamente para evitar sentirse mal y que el otro, el de afuera, te diagnostique un “algo” patológico.

            Ese puente o hilo que une ambas vidas paralelas es, precisamente, lo que nos remite al bienestar, es decir, “aquel sentimiento que se basa en la distancia que hay entre lo vivido y lo deseado”. Por decirlo de alguna manera: mientras más distancia hay entre ambas vidas, más sensación de infelicidad sentimos. Creo que la madurez radica en ser capaz de anudar ambos mundos y ambas vidas…integrándolas en una sola. Porque eso nos dota de integridad, de coherencia y de paz interior… es decir, lo contrario que la ansiedad y el estrés, que muy a menudo sentimos la mayor parte de nuestra vida. Por decirlo de alguna manera, no hay que buscar -como solemos hacer, desde siempre- la felicidad en una sola de esas vidas, sino hay que aprender a encontrar el equilibrio entre ambas para poder ser felices, lo que es muy distinto. Este no es un deber urgente -tenemos toda la vida por delante, aunque no sabemos su duración hay que intentarlo, pues la recompensa es uno mismo.

            Y, mientras se recorre ese camino de la vida hacia la integridad, el equilibrio y la coherencia entre el mundo interno y el externo, entre la vida ajena y la propia, uno puede compartirlo con los que verdaderamente ama, haciendo de ese camino -a ratos, maravilloso y a ratos complicado- algo singular, irrepetible y mágico, como la vida misma. ¿No es eso, quizás, el amor a la vida misma que íntegra a los demás, dándonos cuenta de todo y así poder amar de verdad, entendiendo y ayudando a quien, como nosotros mismos, camina, aprende, nos ama y encuentra cada día más su equilibrio sirviéndonos de espejo y, al fin poder compartir la felicidad de esta vida que vamos conquistando, día a día? Personalmente, siempre he sido una persona solitaria y, por ello, me han creído un enfermo,  he ido alternando ese incansable luchador de mi verdad interior con ese mero superviviente en este mundo externo y loco, que demasiadas veces nos empuja a renunciar a una de estas vidas y optar por la más conveniente y aparentemente confortable, no para sí mismo, lo que quieren es que vivamos una vida conveniente para el mundo y para los demás.

            Pero, con el tiempo y gracias al amor de mi esposa, me di cuenta de que es, precisamente, la renuncia a una de ellas -la del interior- lo que desequilibraba mi vida y, como consecuencia, lo que me hacía sufrir. En esto no hay culpables, no puede haber culpables, cada ser humano es distinto, el mundo es diverso y sólo el cambio es permanente, la aspiración única del hombre es encontrar el equilibrio en el conflicto, porque el conflicto nos hace evolucionar, no queremos ni siquiera es la paz, porque la paz es un estado al que se puede llegar sólo después de la guerra, del desamor, de la sinrazón, todos los seres humanos intentamos sobrevivir, y todos nuestros actos están determinados por nuestra herencia genética, cultural y social, nuestro hacer es producto de nuestra propia miseria o riqueza antropológica, no podemos ser culpables, pero si somos responsables de todos nuestros actos, en cada uno está el cambiar, el transformarse, el hacer cada vez más estrecho el espacio entre nuestros sueños y nuestra realidad. Y aprendí que uno puede renunciar a parte de su vida exterior y quedarse sólo con lo esencial y beneficioso, que le ayude a ser más uno mismo, a amar y amarse y hacerlo en consonancia con su propósito interior e inalterable. Al fin y al cabo, la vida exterior cambia constantemente y la podemos y la debemos hacer a nuestra medida, a partir de nuestra firmeza interior y lo que elegimos libremente, en cada pequeña decisión que tomamos. Pero el interior, en cambio, tiene un vigía permanente que es la conciencia que nos recuerda que esa vida coherente y plena pugna por salir, por evidenciarse en nuestra vida y que lograrlo nos procura serenidad interior. Es más, en cuanto aparece una oportunidad de vivirla, resuena en nuestro interior y es difícil renunciar a ella. Quizás sea, al fin, esa renuncia voluntaria a vivir lo que sentimos profundamente, la que nos hace sentir patológicamente solos y desequilibrados -además de hacernos sufrir-, al ser poco consistentes con nuestro interior y con el sentido verdadero de lo que acontece en nuestra vida.

            Debemos darnos a los otros, a los problemas de los otros, por nosotros mismos, porque nos afecta, no por hacer un favor, el favor no debe existir, el favor corrompe el futuro, la gente por pagar un favor, por no ser ingrata, es capaz de mentir, de engañar,  de comprometer su integridad, su dignidad, su respeto, cuando hacemos algo por alguien siempre lo hacemos por nosotros mismos, la diferencia es donde radica nuestro YO, si este sólo te da para preocuparte por lo que pasa en tu casa, pues harás cosas para estar bien en tu casa, pero si a tu YO le afecta lo que pasa con tu vecino y lo que le pasa al que vive otro lado del mundo, entonces tu YO deberá hacer cosas que ayuden a los que están al otro lado del mundo, pero lo harás no por lo demás, sino para estar bien tú y tu ser interior, es decir tu YO.

            Así, insisto, la vida no es más que ese necesario equilibrio entre nuestro interior y el exterior…y, sin duda, la felicidad es consecuencia de ese equilibrio que nos permite ser capaces de adaptarnos a nuestro mundo exterior y cambiante, pero sin dejar de obedecer a nuestro propósito interior, donde habitamos con el amor y, como consecuencia de ello, llega la tan deseada paz, pero no se puede lograr si dejamos que las cosas pasen, debemos tomar las riendas. La vida debe ser una construcción consciente-.

             El texto que leía Raquel lo conocía Fernando desde hacía 3 años cuando lo leyeron por vez primera, pero cada vez que lo escuchaba, era como si fuera nuevo, diferente, ahora se sentía un tanto emocionado y con una gran sonrisa en su mirada, sentía por vez primera que había entendido la misión de su labor como voluntario, de eso se trataba, su labor era como hacer un nudo fuerte y evitar que se separara el pensamiento de la realidad, pero tendría que ser un nudo muy especial, tejido con amor, comprensión, tolerancia, disciplina, disposición,  -Debe ser un nudo muy flexible, para darle siempre todo el espacio que necesite a su soledad- pensó, -Debe ser también un nudo sumamente social y comunitario, un nudo productivo, con buenos hábitos y sobre todo un nudo fértil que no se rinda, que si llegara a romperse tengamos siempre el material necesario para comenzar de nuevo, con más ganas, con más experiencia, siempre para hacer cada vez un mejor nudo hasta lograr el amarre perfecto que controle a La Bestia y poder vivir mejor.

            Esa tarde Raquel se sintió sumamente tranquila, la conversación con Fernando le había dado mucha paz, sobre todo el saber que su episodio había sido bastante leve en comparación con otros que había tenido anteriormente, recuerda muy bien el episodio sucedido a la semana siguiente de haberse ido Juan. Ella había suspendido las pastillas por recomendación de algún amigo en  internet, en esas salas de conversación que le dijeron que entrara. En una visita anterior al hospital había escuchado de otra paciente, acerca de un lugar en internet donde escribían las personas con estos mismos problemas, ella le preguntó que si servía conversar con personas iguales a ellas y le contestó que era lo mejor, que daban muchas recomendaciones y había muchos casos que se habían curado; al sentirse tan sola y abandonada, Raquel optó por entrar a internet a buscar esas salas de conversación donde encontraría afinidad y consuelo para su mal, y siguiendo el consejo de otros, que como ella, padecían de este mal, suspendió el medicamento y pensó que con el té que le recomendaron y los ejercicios de yoga, era suficiente para controlar a La Bestia. Cuando comenzó a sentir que venía, ella sintió que tenía la fuerza para controlarla, porque por internet le habían dicho que ella sola podía y La Bestia apareció como nunca antes se había mostrado, esta vez sumamente violenta, sin temor a morir, era ella quien quería matar, encontrar a sus hijos a como diera lugar, castigar a los culpables, fue esa la ocasión en que llegó la policía por ella y mientras la recluían en el Centro de Salud Mental, a su madre la ingresaban en el hospital con lesiones en la cadera. Siempre le gustaba tener presente ese episodio para no olvidar nunca lo que no debe hacer y porque fue en esa ocasión que conoció a Fernando, –su ángel de la guarda-  como le decía por jugar y porque sabía que a él le molestaba, ese día entendió que no se puede luchar sola contra La Bestia. Fernando distaba mucho de sentirse un ángel, -decía él-, conocía perfectamente la parte obscura del hombre, la había vivido, en su primera juventud donde había consumido cualquier cantidad y variedad de drogas, pero fue gracias al amor de sus padres, pero sobre todo a la solidaridad de una amiga que había logrado salir del infierno aquél, y sentía que al ayudar como voluntario en la asociación le permitía resarcir un poco el daño que había hecho con su conducta anterior; ahora repartía su tiempo entre su trabajo en la Universidad, la Asociación y Raquel.

            Esta semana debía acudir a un seminario de capacitación, que le permitía trasmitir y aprender de las experiencias en torno al apoyo a las personas y familiares con problemas de salud mental y, que aunque estaba claro que cada caso era diferente, el compartir experiencias le enseñaba y reconfortaba en la tarea de vida que se había propuesto.

            Raquel, al sentirse sola volvió a entrar a internet adonde ocasionalmente volvía buscando estos sitios donde compartían comentarios las personas con problemas de salud mental, ella entraba a esos sitios con la idea de recomendarles no suspender el tratamiento, que creyeran y confiaran en sus médicos y les recomendaba la asociación que le brindaba ayuda a ella. Y esta semana, ahí, Raquel conoció a Gabriela, quien era un chica desesperada que pedía ayuda para su pareja que había sido diagnosticada con un problema de salud mental; ella se encontraba en medio de un embarazo, por lo que Gaby se sentía muy preocupada, no sólo por la actitud de su marido sino sobre todo, por todo lo que había escuchado sobre cómo era que se heredaban esos padecimientos, y también el estar cansada de ser el centro de la agresión verbal por parte de él, que insistía en que ella todo lo hacía para causarle un mal, Raquel pensaba -Ella no entiende que él está dominado por su conciencia alterada y que no puede volver y ni siquiera ver su conciencia alterada, y mucho menos si es su primer episodio- La gran culpa de Raquel por la pérdida de sus hijos hizo del problema de Gaby un caso personal, -que ningún bien le hacía- como le insistía Fernando, cuando habló por teléfono con Raquel a mediados de la semana, Raquel contaba con la ventaja del desahogo económico gracias a que su padre tuvo la obsesión de adquirir decenas de seguros de vida, y a que su muerte había sido declarada como accidente automovilístico, hecho que le permitía contar con el recurso para atender su problema, pero también le daba la posibilidad de ayudar a otros, y ella había decidido que le arreglaría la vida a Gaby. Esta le decía en su mensaje que su esposo se había desaparecido tres semanas de su casa y que cuando apareció, regresó mucho más tranquilo, que incluso le comentó que si se iba, lo hacía como una medida de protección para hijo y para ella, que él sabía de su mal y que intentaba alejarse del ellos, porque los quería y no quería hacerles daño, que permanecer junto a ellos sólo les traería desgracias y temía que en algún episodio pudiera hacerle daño a ella o a su hijo, Gaby sentía que realmente lo amaba, pero conforme le iba creciendo el vientre, él se iba alejando más, Raquel fuera de toda proporción y contrario a lo que requiere alguien con “la enfermedad”, le aconsejó que lo mejor era que se alejara de él, que no pusiera en riesgo la vida de ella ni la de su hijo, que contaba plenamente con ella para apoyarla en lo que necesitara.

            Gaby le siguió contestando los mensajes durante toda la semana, Fernando, que sabía lo que Raquel hacía, intentaba explicarle por teléfono, que para poder ayudar a alguien se debe estar bien consigo mismo, y que aun así, se debía contar con apoyo especializado para descargar y contener al que contiene, al que ayuda, que ella no estaba en condiciones de involucrase en una situación tan riesgosa y que podía salir muy lastimada, que toda la ansiedad que le podía proyectar Gaby acabaría por provocarle otro episodio, que ella debería abocarse a sus clases de piano que tanto bien le hacían, o que podía seguir acompañando con música las campañas contra los estigmas hacia las personas con problemas de salud mental. Pero para Raquel, todo aquello no significaba nada en ese momento, ella debía proteger a Gaby y a su hijo a toda costa. Llegando el viernes, Gaby le pidió que le enviara dinero para poder independizarse de su esposo, que estaba decidida a dejarlo, que lo mejor era lo que ella le había dicho, debía estar en un lugar seguro, ver por ella y por su hijo, de forma casi imperceptible los mensajes de Gaby se fueron transformando durante la semana de la esposa amorosa, que solicitaba ayuda para su esposo, en la mujer en peligro que solicitaba apoyo para ella y su hijo, -era lógico- pensaba Raquel- cuando uno tiene problemas mentales no se da cuenta hasta donde afecta a las personas que nos rodean y el esposo de Gaby era capaz de pedirle que matara a su hijo por el miedo a que naciera con su misma enfermedad-, parecía que de nada habían servido tantas platicas profesionales en donde se les había explicado con claridad que las posibilidades de que el hijo de una pareja donde sólo uno de ellos tuviera problema de salud mental padeciera lo mismo eran muy bajas, y que con un ambiente familiar sano, se reducían casi a cero.

            Por la noche de ese domingo Fernando llamo a Raquel desde el lugar dónde concluía su seminario, para saber cómo se encontraba y para verificar que estuviera cumpliendo con sus horas de sueño, Raquel muy excitada le  comentó lo que había hecho por Gaby, que le había enviado dinero y su número telefónico, para ayudarla a salir de su situación, que ella tenía todo el derecho a tener a su hijo y que gracias a su ayuda, ahora Gaby podía contar con el dinero suficiente para poner a salvo a su hijo, Fernando se sentía desesperado por la actitud de Raquel, sentía que no estaba haciendo bien su trabajo, que ella se estaba metiendo en situaciones contrarias a las que podrían lograr su bienestar, pero aun así y con toda la preocupación, se mantuvo tranquilo y escuchó con calma toda la historia de cómo ella había convencido a Gaby para que dejara a su marido y que su gran logro era haber salvado la vida de un niño, cuando Raquel paró de hablar, Fernando le pidió que respirara profundo, que se calmara, que recordara que la excitación no le hacía nada bien, de forma pausada y firme le dio su punto de vista, le hizo ver que el dinero jamás podía ser una forma de ayuda directa a las personas, que tomara el ejemplo de ellos mismos, que la asociación a través de él, le ayudaba constantemente, que se diera cuenta que ellos nunca hablaban de dinero, que lo importante en estos casos era estar ahí, poner el hombro, acompañar y orientar, fomentar una mejor vida, más sana, más productiva, más tranquila y que lo que le decía no era para que ella saliera en ese momento a buscar a Gaby, que lo que ella necesitaba era tranquilizarse, descansar, que él estaría ahí por la mañana  y podrían conversarlo con calma, Raquel no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban, su mejor amigo se había vuelto contra ella, seguramente la odiaba, colgó el auricular y desconectó el teléfono, era necesario alejarse de todos, todos la odiaban, debía hacerlo en silencio con mucha cautela, porque todos oían todo lo que ella decía y pensaba.

            Al día siguiente, Fernando llegó temprano a  casa de Raquel y se enteró por Doña Mary, que a Raquel la habían internado en el Centro de Salud Mental  porque la habían encontrado semi-desnuda en el ala de maternidad del hospital pidiendo que le entregaran a su hijo. Entró a la habitación de Raquel a recoger algunos documentos médicos y lo enseres personales que sabía  que debía llevar al Centro de Salud, tomó las cosas y el teléfono de Raquel y partió.

            Al entrar al Centro de Salud sonó el teléfono de Raquel, contestó Fernando y el interlocutor le explicó que una joven adicta había muerto de una sobredosis y que había dejado abandonado en la calle a un bebé recién nacido, que el único teléfono que habían encontrado entre sus cosas era ese y le llamaban para saber si eran parientes o si conocía a algún pariente de la difunta, para no llevar al niño al orfanatorio.

            Fernando, colgó y se detuvo un poco antes de entrar, respiró profundamente, sabía bien ahora lo que debía hacer, ahora necesitaba más que nunca fortalecer los hilos con los que debía comenzar de nuevo a tejer esperando cómo siempre que nunca más se rompiera el nudo.  

Fin.

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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