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El Espejo | Lenguaje inclusivo; un camino a la libertad. Autor: Iván Uranga

Una de las primeras formas de autonomía y un principio básico de libertad es poseer nuestro lenguaje de todas las formas que nuestra imaginación nos lo permita.
Iván Uranga

La propuesta de un lenguaje inclusivo no debiera ser una simple ocurrencia de colectivos de mujeres para erradicar el masculino genérico del español, en busca de igualdad. En donde “todos” pasaría a referirse sólo a los varones, “todas” continuaría siendo exclusivo para las mujeres y “todes” pasaría a ser genérico, es decir mixto, porque esta premisa en el lenguaje es errónea y muy básica, porque establece que la “o” es masculina la “a” es femenina y la “e” es neutral, sin embargo palabras como nene y nena que son respectivamente masculina y femenina así como periodista o testigo las cuales al ser de género común se pueden acompañar con el artículo masculino y femenino “el” y “la”, desacreditan por completo esta idea.

Si pasamos el lenguaje inclusivo que proponen por la vara de la costumbre suena ridículo, si lo pasamos por la vara de la política, suena tendencioso y si lo pasamos por la vara de la ley lingüística es incorrecto, porque precisamente la costumbre, la política, y la ley son la base del patriarcado, hasta la sola idea de medir por varas; por lo que debemos hacer cambiar la costumbre y cambiar la forma de hacer política para cambiar la ley y lograr comenzar a derrumbar al patriarcado.

Por lo extenso del tema, en esta ocasión comenzaré por analizar el absurdo debate entre la izquierda y la derecha partidaria sobre la palabra “presidenta” porque se ha vuelto el falso eje de discusión entre los conservadores que insisten en llamar a cualquier mujer que preside “presidente” y quienes defienden que debe ser presidenta lo hacen la bajo la premisa de género. Y nada está más alejado de la verdad que estas dos posiciones.

Comencemos por decir que el idioma español sí usa el género gramatical masculino como genérico y que es una norma patriarcal dentro del lenguaje, pero también es cierto que, si desestructuramos el lenguaje a voluntad por cuestiones políticas, en muy poco tiempo terminaríamos por no entendernos, el primer problema es el poco uso que le damos a las palabras existentes; el idioma español tiene alrededor de 100 mil palabras y de forma común los hispanoparlantes, no usan más de 100 palabras diferentes para una conversación básica, que son el rango de palabras aprendidas por un niño o niña a los 2 años.

En una situación académica universitaria se usan alrededor de 1500 palabras, aunque una persona que terminó la educación preparatoria debiera tener en su haber el uso de por lo menos 20 mil palabras activas (que sí usa) y 30 mil palabras pasivas (que conoce, pero no usa) aun con estos parámetros les puedo asegurar como docente de doctorado, que un alumno destacado no usa más de 7500 palabras.

¿Por qué planteo esto como un primer problema?, porque si de forma común, en el mejor de los casos, un legislador o legisladora no usan más de 1000 palabras diferentes en sus congresos, podrían sufrir un daño neuronal, si se les obliga a tratar de entender la etimología real de cada palabra que usan, porque ni para los legisladores (ni para el Ejecutivo) “la ley es la ley” y menos las leyes gramaticales.

He escuchado durante las últimas semanas en los diferentes foros legislativos de habla hispana del mundo, el argumento de la ultraderecha de que se debe decir “la señora presidente” incluso en España, argumentando que: en el castellano existen los participios activos derivados de los tiempos verbales, en donde el participio activo del verbo atacar es “atacante”, el de salir es “saliente” y el de cantar es “cantante”.

Y que el del verbo ser es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, “el que es”.

Y que por ello cuando se quiere nombrar a la persona que denota la capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade la terminación “ente”. Así, al que preside se le nombra presidente, independiente del género masculino o femenino del que realiza la acción de presidir. Por tanto, cometemos un error gramatical al adjudicar un femenino que no existe al decir presidenta. Si esta afirmación fuera cierta, las personas que luchan serían luchantes y no luchadoras, el que trabaja trabajante y no trabajador, el que inventa inventante y no inventor y el que corre, corriente y no corredor, porque en este caso valiente sería el ser que valida.

La realidad es que ente, aquí no viene de ser, es sólo una marca morfológica de la cual los verbos se sirven para declinar una de sus formas no personales al participio, es decir, si soy una persona que habla mucho soy un hablador, pero si tengo la capacidad de hablar soy hablante, si soy una persona que piensa soy pensador, pero si tengo la facultad de pensar soy pensante. Si soy una persona que estudia soy estudioso, pero si tengo la voluntad de estudiar o estaría estudiando soy estudiante. Este error generalizado es tan burdo como afirmar que la “a” es femenina, la “o” es masculina y la “e” es neutral; el español no es tan rígido como el alemán, sus reglas nunca son absolutas.

Si seguimos fomentando el falso argumento que el participio activo del verbo ser es “ente”, seguiremos cometiendo errores lingüísticos importantes. Si, estudiante es el o la que estudia, ardiente es el o la que arde, comerciante es el o la que comercia, pero no podemos decir que adolescente es el o la que adolece, porque no vienen del verbo “adolecer” viene del latín adolescere que significa “crecer, desarrollarse”, además bajo este argumento ¿de dónde viene el paciente? ¿ser que…?

Pensemos un poco, ¿Por qué estos entes que reniegan de la pablara presidenta, no reniegan de la palabra sirvienta? Lo hacen sólo por su perversión machista, clasista y blanca.

La realidad es que hablan de participios activos de lo que realmente son sustantivos y luego por su infinita ignorancia ponen en la misma bolsa a los adjetivos. Los adjetivos califican al ser, por ende, podríamos decir que estos hacen alusión a un ser que tiene o siente algo, por ejemplo: inteligente ser con inteligencia, valiente ser con valor, prudente ser con prudencia, doliente ser con dolor, amante ser con amor, paciente ser con paz, por otra parte, los sustantivos terminados en ente: la mente, el colgante, el recipiente, la gente, la serpiente, tampoco tienen nada que ver con el ser.

Lo correcto para el idioma español independientemente de la ideología es decir “la señora presidenta”, si hablamos del cargo siempre se mantiene en su forma masculina, pero en cuanto a la persona que ejerce ese cargo, grado o facultad se debe aplicar el género. Recodemos que cuando se construyó la estructura de la lengua castellana muchas de las funciones estaban reservadas sólo para hombres, pero ahora tenemos contadoras, astronautas, ministras, diputadas, senadoras, alcaldesas, etc. Afortunadamente son casi nulas las actividades que son exclusivas para los hombres. Así que no reparen en decir a una mujer en ejercicio de cualquier cargo: diputada, concejala, ministra, senadora, regidora, o presidenta, porque es absolutamente correcto según la Real Academia Española (RAE), así que no es un acto revolucionario autonombrase presidenta, y sí es un acto de estupidez o ignorancia nombrarlas presidentes. Porque “Aunque «presidente» puede usarse como común en cuanto al género («el/la presidente»), es preferible hoy usar el femenino «presidenta», documentado en español desde el siglo XV y registrado en el diccionario académico desde 1803”. (RAE). Ya vemos que llamar a una mujer que preside presidenta, no es una acción feminista revolucionaria, es sólo la aplicación propia del lenguaje, pero llamar una mujer que preside presidente si es un acto de brutal insensibilidad e ignorancia de una norma que existe por lo menos hace 200 años.

Así como este ejemplo, son miles las posibilidades de un lenguaje inclusivo de género sin modificar un ápice de los “permitidos” por la academia.

Es prioritario que se emita una Guía de Lenguaje Inclusivo de Género efectiva, que norme las expresiones escritas y verbales de los funcionarios públicos y maestros, que sirva de referente para los debates políticos y públicos. El gobierno de Peña en México en 2016 publicó un “Manual para el uso de un lenguaje incluyente y con perspectiva de género” muy deficiente.

Un lenguaje inclusivo de género, además de tener fundamentos lingüísticos, tiene objetivos sociales como el de democratizar el lenguaje y dar visibilidad social a los géneros femenino y masculino, logrando de esta manera una sociedad más igualitaria y trasparente desde el punto de vista del género lingüístico.

A través del lenguaje se establece una estrecha relación con el pensamiento, interpretando la realidad en que vivimos, reflejando lo que la sociedad es en cada momento y creando nuevas formas de expresión, según cual sea la sociedad en la que los hablantes desean vivir.

El sexismo lingüístico es el uso discriminatorio del lenguaje en razón del sexo, cada concepto tiene una definición y una historia propia en un mundo y una historia dominada por los hombres, por lo que etimológicamente la raíz de cada palabra inevitablemente (hasta hoy).

Es por ello que el lenguaje inclusivo hace referencia a toda expresión verbal o escrita que utiliza preferiblemente vocabulario neutro, o bien hace evidente el masculino y el femenino, evitando generalizaciones del masculino para situaciones o actividades donde aparecen mujeres y hombres.

El sistema lingüístico del español ofrece posibilidades para que no haya discriminación sexual en su uso.

Existen múltiples recursos lingüísticos que no requieren un desdoblamiento continuo como la única solución al sexismo en el lenguaje, como agregar “os/as” en las palabras; por el contrario, eludir esta discriminación implica buscar términos y conceptos neutros que “incluyan” a mujeres y hombres.

De esta manera se evita cualquier situación que reproduzca la idea de que hay comportamientos, valores, trabajos, actitudes, espacios u otros, propios de mujeres o de hombres, ya sea por su “naturaleza”, o bien porque la “costumbre social” así lo tiene establecido.

Esta es la razón de la necesidad de difundir estrategias y recursos que ya posee nuestra lengua, que no contravienen la gramática ni el principio de la economía del lenguaje, ya que se caracterizan por su brevedad.

Una de las expresiones fundamentales de la cultura es el lenguaje y es obvio para la ciencia que vivimos en el marco de la cultura patriarcal, la única que conocemos y que nos ha estructurado desde hace miles de años. Esta cultura se amolda y adquiere características específicas en cada región del mundo, en cada grupo social y hasta en cada familia y persona.

Sin embargo, la cultura patriarcal también nos ha dado los recursos para decodificarla; desde la teoría de género y el feminismo, ha sido posible comprender que esta larga tradición de dominación masculina, apoyada en diferencias, no es natural y ha construido desigualdades que podemos ir cambiando a favor de una vida justa y armoniosa para todas las personas.

La importancia de comprender la relación entre el lenguaje y la cultura patriarcal es crucial para el avance de la sociedad, debido a que los conceptos implicados responden a fenómenos profundamente representativos de nuestra condición humana. Porque creamos cultura, nos convertimos en personas. Y fue ahí mismo que inventamos el lenguaje que, a su vez, es expresión de esa cultura.

Los límites del lenguaje son los límites del pensamiento. Si bien existen críticas a las posiciones más extremas, es innegable que hay una relación del lenguaje con la mentalidad colectiva y la conducta individual y social que hacen y transforman la realidad en el marco de la cultura.

De modo que lenguaje y cultura patriarcal son dos conceptos que debemos considerar en conjunto si queremos acercarnos a un contexto real.

Partimos de que el lenguaje expresa la cultura patriarcal/androcéntrica/albocrática en la que se ha gestado y desarrollado; comparte ese sistema de valores donde el hombre es la única medida de todas las cosas y el punto de vista del blanco masculino prevale sobre cualquier otra visión de la realidad. Lo que se plasma en una convivencia social que supone la invisibilización, minimización, subordinación e inferiorización de todas las posibilidades de ser personas que impliquen rupturas en la cosmovisión androcéntrica, como son las personas menos blancas y con identidad de género distinta a la masculina, entre ellas las mujeres.

Las mujeres estaban excluidas de hablar el lenguaje que los sacerdotes utilizaban en actos rituales (por lo tanto estaban excluidas del conocimiento de lo sacro), o cómo el lenguaje del grupo originario se dejaba únicamente a las mujeres cuando emergía en la comunidad la nueva lengua del grupo conquistador, al tiempo que se describían, los impedimentos lingüísticos que tenían las mujeres, como el de pronunciar los nombres de todos los varones pertenecientes a la familia de sus esposos, en grupos particulares.

Debemos entender que el lenguaje no es neutro, no solo porque quien habla deja en su discurso huellas de su propia enunciación, revelando así su presencia subjetiva, sino también porque la lengua inscribe y simboliza en el interior de su misma estructura la diferencia sexual, de forma ya jerarquizada y orientada.

El lenguaje es una práctica social variable y compleja, el sesgo machista se ve inscrito profundamente en la manera en que lo utilizamos y en algunas normas que se establecen con respecto a su uso, especialmente desde actores políticos que lo regulan. Dicho sesgo se encuentra tanto en el lenguaje oral, académico o coloquial, como en el lenguaje escrito institucional en las diferentes instancias. El lenguaje inclusivo no es usar, ellos ellas, muchachas y muchachos y poner arrobas. Eso es una búsqueda, que es muy válida como toda búsqueda de equidad, para atenuar el sexismo que tiene el idioma, pero es la forma equivocada. Hay que conocer un poco más el idioma para hacerlo de forma real, profunda, no para eliminarlo, pero si es necesario expropiarlo, re-evolucionarlo con conceptos nuevos incorporados por esta nueva sociedad incluyente y diversa, que es mucho mejor que usar abstractos como decir niñez, cuando hablamos de nuestros hijos e hijas porque nos y los despersonaliza.

En México si alguna vez queremos ser una verdadera nación, debemos de dejar de hablar español, para comenzar a hablar mexicano y no me refiero al náhuatl, debemos de reconocer, dignificar y significar el español que hablamos incorporando el espíritu en nuestros 62 idiomas vivos para darle una significación viva a nuestras culturas, manteniendo vivas cada una de estas lenguas por ley, con programas específicos para cada una e incorporando conceptos al mexicano que hablaríamos todos. Porque el lenguaje inclusivo no deber ser sólo cuestión de género.

El principal problema que veo es que escribir cuesta y requiere un esfuerzo mental, eso va a requerir más esfuerzo mental. Como esta sociedad de inmediatez no quiere hacer esfuerzo mental y no se construyen las herramientas necesarias para ponerlo en práctica, pues recurren a “los las’’ y a la arroba, pero eso no es lenguaje inclusivo.

En lo personal amo a las palabras todas, oír, hablar, leer, escribir, es como vestir a las palabras para cada ocasión, uno no va vestido de la misma forma a cualquier lado, a veces se necesita vestir de lino y a veces sólo se necesita vestir el viento o un rayo de luna, pero eso dependerá de las nuevas generaciones, yo prefiero escribir poemas para declarar mi deseo, pero hay quien prefiere enviar un emoticón de una berenjena con una dona. ¿Qué mensaje más patriarcal/androcéntrica habría? Y eso es lingüística, aunque no es español, y no veo a ningún grupo feminista protestando contra el patriarcado en los emoticones.

La vida es una construcción consciente.

A la otra madre de Jesús se entregaron después del martirio, a Doña Rosario no… En memoria.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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