Autor: Iñaki Fernández
Apenas unos días después de que la presidenta Claudia Sheinbaum inaugurara las obras de remodelación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una techumbre colapsó. Mi primera impresión fue de incredulidad y me llevó a hacerme una pregunta que aparece cada vez más en ciertos círculos políticos y mediáticos: ¿Así como la techumbre, es el comienzo de la caída del gobierno de Claudia Sheinbaum?
La respuesta no puede ser simplista. En México conviven dos narrativas completamente distintas sobre el estado que guarda el país y dependiendo del círculo social en el que uno se desenvuelva, pareciera que se habla de dos naciones diferentes.
Por un lado, existe un México que sigue respaldando de manera amplia a la presidenta. Los niveles de aprobación presidencial continúan rondando el 70 por ciento según las distintas mediciones.
Morena gobierna la mayoría de las entidades federativas y varios de sus gobernadores mantienen niveles importantes de aceptación ciudadana.
La economía, pese a la incertidumbre internacional, no ha sufrido el colapso que muchos anticipaban. Marcelo Ebrard presume nuevas inversiones, el fortalecimiento de la relación económica con Estados Unidos y una posición favorable para México en la revisión del T-MEC.
En materia de seguridad, Omar García Harfuch reporta reducciones significativas en diversos indicadores delictivos y una disminución importante en los homicidios dolosos respecto a los niveles registrados al inicio del sexenio.
Si uno observa exclusivamente estos datos, resulta difícil sostener que México se encuentra al borde del abismo o que el gobierno federal comienza su declive. Sin embargo, existe otra narrativa igual de poderosa, una en la que el país está peor que nunca. En esta se observa con preocupación las acusaciones de presuntos vínculos entre actores políticos y grupos criminales.
Las recientes acciones judiciales y señalamientos provenientes de Estados Unidos son para muchos evidencia de una infiltración cada vez más profunda del narcotráfico en las estructuras del poder. Es la narrativa que ve una infraestructura pública que falla, una violencia que sigue presente en amplias regiones del país, servicios públicos insuficientes y una sensación de desorden institucional.
Para quienes habitan esta visión de México, cada incidente parece confirmar que algo se está rompiendo. La techumbre que cae en el aeropuerto es solo la punta del iceberg de todos los problemas que aquejan a los mexicanos: las carreteras inseguras, las extorsiones, los bloqueos y las cada vez mayores protestas que desquician la CDMX, acusaciones de corrupción y muchos más.
Y es precisamente ahí donde surge una de las preguntas más delicadas del momento: ¿vivimos en un narcogobierno?
La infiltración criminal es un problema real. Combatirla exige instituciones fuertes, investigaciones rigurosas y sanciones ejemplares. Pero convertir cada caso particular en prueba irrefutable de un colapso total del Estado también constituye una simplificación que poco ayuda a entender la complejidad del país.
Quizá el fenómeno más interesante sea otro. Tal vez México no está viviendo una crisis de realidad, sino una crisis de percepción. Vivimos en la era de las cámaras de eco. El círculo rojo consume escándalos, filtraciones, trascendidos, denuncias y conflictos las 24 horas del día. En ese ecosistema, la sensación de crisis permanente parece inevitable.
Por otro lado, millones de ciudadanos que no participan cotidianamente en la conversación política observan una realidad distinta. Ven programas sociales funcionando, obras públicas en marcha, estabilidad económica relativa y una presidenta que mantiene una presencia constante en la agenda pública.
Ambos observan el México real. Porque mientras una parte del país percibe avances, otra experimenta problemas cotidianos que no aparecen en los informes gubernamentales. Mientras unos ven resultados, otros observan pendientes. Mientras unos hablan de transformación, otros hablan de deterioro.
La reciente crisis provocada por la CNTE ilustra perfectamente esta contradicción. Miles de capitalinos observan una ciudad paralizada por bloqueos, afectaciones económicas y trastornos a la vida cotidiana. Desde esa perspectiva, el gobierno parece rebasado. Otros, en cambio, interpretan la decisión presidencial de evitar la confrontación como una expresión de tolerancia democrática y respeto a los movimientos sociales.
Más allá de afirmar una u otra cosa, tal vez debamos preguntarnos: ¿por qué, si el país estuviera efectivamente al borde del colapso, siete de cada diez mexicanos siguen aprobando a su presidenta? O caso contrario: ¿por qué, si los indicadores gubernamentales muestran avances en diversos rubros, existe un sector importante de la sociedad que percibe exactamente lo contrario?
La respuesta probablemente incomode tanto a oficialistas como a opositores.
México es mucho más complejo que cualquiera de las narrativas que intentan explicarlo.
Mientras unos anuncian todos los días el inminente derrumbe de la Cuarta Transformación y otros celebran la consolidación del proyecto de la presidenta Sheinbaum, la mayoría de los mexicanos sigue habitando una zona gris donde conviven avances reales, problemas estructurales, pendientes históricos y una disputa permanente por definir qué país estamos viendo. Y quizás esa disputa, más que cualquier techumbre, sea lo que más vale la pena no dejar caer.
Autor: Iñaki Fernández
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